jueves, 31 de julio de 2014

A veces...Gaza


A veces es mejor no pensar. Dejarse llevar por el devenir de los acontecimientos diarios sin pararse a reflexionar hacia dónde nos están llevando.

"Todo llega, y lo más importante nunca se remedia", nos decimos.

A veces "es mejor hacerse el muerto en el mar que nadar contra corriente", y así, mirando al cielo, con la brisa dándonos en la cara, esperamos el momento adecuado para zambullirnos hasta al fondo y agarrar con fuerza aquello que nos haga salir a flote, nos autoconvencemos.

A veces sufrimos por nosotros mismos y otras por los demás. Por aquellos que nos rodean y se empeñan en sufrir. Por aquellos que no podemos ayudar o no se dejan. 

A veces nos sentimos presos de nosotros mismos, de nuestras circunstancias y decisiones, y otras veces nos vemos atrapados en situaciones que nos tocan, nos ahogan, nos matan incluso el alma, pero a las que debemos ser ajenos, nos replicamos una vez más.

A veces nos despertamos y nos damos cuenta que debemos quedarnos ahí, en ese segundo plano egoísta que nos ayuda a olvidarnos del mundo que nos rodea y a seguir así, sin pensar, sin sufrir, sin padecer.



A veces nos gustaría gritar y sólo alcanzamos a gesticular el sonido, pero la mayoría de las veces no queremos saber nada. Ni hoy ni mañana y quizás tampoco queramos saberlo nunca. Nos sentimos atados de pies y manos, nos volvemos a repetir, y no queremos sentirnos culpables de nuestra inactividad. Cerramos los ojos y, aunque la brisa del Levante nos está azotando la cara queriendo despertarnos, seguimos ahí, en el mar, haciéndonos los muertos.


¿Nos despertarnos? ¿O continuamos mirando muertos?
#PAZ #Gaza

sábado, 5 de abril de 2014

Adiós

Me gusta escribir de lo que he vivido, de lo que he rumiado y de lo que queda después en mi estómago. A veces son sólo las vísceras y la hiel, y otras la esperanza y el sosiego.

La música inunda mi corazón hoy y le da alas a mis manos para verter lo tragado casi sin masticar. Suena una melodía cualquiera al piano, bendito instrumento...fiel amigo que me ayuda a centrar mis pensamientos, a digerir mis sentimientos y a escribir de aquello que creo haber rumiado...

Hoy hace un día espléndido, es un día primaveral exquisito, de esos que apetece pasar en la calle con la rebequita cerca por si refresca; pero estoy en casa, con las ventanas abiertas, dejando sonar la música y mirando al horizonte que me da mi piso en una primera planta.
Bajo algo el estor de la habitación que me sirve hoy de urna, necesito intimidad, y me dejo llevar por unos violines que me envuelven y me transportan a unos recuerdos tiernos, aún frescos.

Bendita terapia...

He perdido tanto sin apenas dejarlo sentir...
He querido tanto sin apenas decirlo...

Que ahora, que parece que todo está rumiado, estas líneas me parecen cortas, insuficientes y torpes para expresar lo sentido y callado, lo amado y perdido.

Seguiré buscando el lado positivo de las cosas y mantendré la esperanza que nos da la vida, la que seguiré viviendo intensamente, pero hoy sólo quiero recordar, sentir y ....

Cuesta tanto decir adiós.

Adiós, abuelo.
Adiós, mi cielo.
Adiós.




viernes, 16 de agosto de 2013

Destino... vacaciones

Las vacaciones son un momento ideal para reencontrarnos... con los amigos, con la familia y con las viejas maletas que, llenas de recuerdos de viajes anteriores, nos incitan a sumergirnos de nuevo en la red para buscar la mejor oferta online, cosa que nos desquicia, nos vuelve locos y nos deja mil dudas, al menos a mí.


Y es que cuando clico en "reservar" siempre me queda la duda de si estoy contratando un viaje de ensueño o una futura tortura. Llámenme cateta, que lo puedo ser en este sentido (a mí me gusta más considerarme prudente y precavida, en exceso quizás), pero cada vez que arrojo por la red cientos de euros para contratar las vacaciones no estoy tranquila hasta que no vuelvo y piso tierra firme, sobre todo si viajo con Ryanair, pero ése es otro tema.

Este año he ido a Estocolmo, como ya les digo, "a la aventura"; tanto, que el hotel al que iba no tenía ni recepcionista. Saludos y despedidas en sueco que me he ahorrado gracias al sistema de códigos y autocheck-in, cierto es, pero no se crean que no iba yo temerosa de Dios, aún siendo atea. Y es que, aunque sea en otro idioma, siempre gusta tener a alguien si la cosa se tuerce para poder chapurrearle espanglish o, en caso de falta de entendimiento total, como suele ser mi caso usar la mímica, depurada con los años gracias a jugar cada Navidad a Adivinar películas. A eso no me gana nadie.


 El caso es que lo hago todo por Internet porque es más barato y porque la falta de tiempo para acercarme a la agencia de viajes supera el canguelo que me produce la transacción económica. Si mi amiga Marta lee esto dirá que soy gilipollas, que por qué no recurro a ella, que es agente comercial en una agencia de viajes, y razón no le faltaría, que para eso están los amigos, pero ya les digo que al final lo que prima sobre todo lo demás es la guita.

Los más clásicos en esta materia, llegado el periodo estival, vuelven a su agencia de viajes de cabecera (si es que aún sigue abierta) y saludan a Carlos, su agente de viajes de las pasadas vacaciones que tan bien les asesoró. ¡Ah, no!, que ya no está, este verano saludan a Patri, la becaria de turno que lo sustituye, cosas de la crisis, y de los internautas, para que negarlo. Ahora mismo estoy entonando el mea culpa, no les digo más. Mil perdones para los cientos de agentes de viajes, el primero para mi amiga, por mi falta de compromiso con su trabajo.

Y es que, como leí en un tuit de Alberto Almansa hace nada, "nos están acostumbrando al paro tipo IKEA". Vamos a McDonald's o BurgerKing (por citar algunos), hacemos cola y recogemos nuestra mesa porque somos civilizados, cosmopolitas y nos gusta todo sistema extranjero de organización. Perdonen, pero NO, lo que somos es gilipollas, porque con nuestro civilizado ejemplo urbanita de dejar la mesa limpia para el siguiente le ahorramos al magnate de turno el sueldo del chic@ español (o no) que la iba a recoger, al hacer cola para pedir la comida hacemos lo mismo con el camarer@ y como éste decenas de ejemplos, que los empresarios españoles tampoco son tontos y copian este sistema a la misma velocidad que asciende el paro. O, ¿es que no lo ven?

Pero bueno, yo me iba de viaje, no a cambiar el mundo. 

Estocolmo es muy bonito, todos muy altos, muy rubios, muy cosmopolitas... pero todo muy caro, para mí al menos, que sólo me he dedicado a pasear, comer y beber (ser cultureta o como dice mi cuñada "sesudo" creo que está sobrevalorado, sobre todo a 100 sek la visita más tonta); luego parece que en Suecia tienen una magnífica política en vivienda y en educación, pero eso no lo he disfrutado, claro. Y supongo que era caro para una currante española, que para los suecos... los bares y restaurantes estaban llenos, no les digo más. Y borrachos, los que quieran. Bueno, tampoco era para tanto, había muchos... bueno, bastantes..., está bien, algunos, que por lo visto la tasa de alcohólicos ha descendido bastante en las últimas décadas (para una tara que tenían...). 

Y ¡qué bien viven en Suecia!, le decía el otro día a una amiga , ¡y cómo no, continué, si son los creadores del modelo IKEA! Está claro que les ha servido y de mucho exportar el sistema de laberinto ratonero para las tiendas, los muebles tipo kit y el autoservicio.

Pero voy a lo que voy... a las vacaciones. Qué bonito es viajar y ver lo bien que viven en otros sitios, el fresquito que les hace en pleno agosto, las islas (en lugar de parcelas) que disfrutan, los veleros y buenos coches que tienen  (sólo al alcance de los escayolistas españoles en pleno boom inmobiliario). Qué bonito es viajar... 

Pero más bonito es volver, y reencontrarte con tu calor asfixiante, que habías olvidado ya; con tu hipotecón, que revisas y comparas con los alquileres estatales de Estocolmo; con tu síndrome postvacacional, que nadie entiende; con tu pareja, que al regresar de los días de asueto parece que le ocurre lo mismo que a la carroza de Cenicienta al dar las doce (sobre esto ahondaré en otro post, no se me inquieten); pero sobre todo es bonito volver por esa rutina diaria establecida en cada hogar y qué tanta seguridad nos da. Esa rutina, que organizada al milímetro para poder encajar todas las piezas posibles, te deja tiempo para ir el trabajo, a la compra, para atender a los niños, a la pareja, al sexo, a la propia familia y a la política, para salir con tus amigos, con los de tu pareja, con los de tus hijos y sus papás... esa rutina, ya saben.

Y es que aunque al volver de las vacaciones siempre digo "hogar dulce hogar", y es de verdad, lo siento así (ya les digo que el "ir a la aventura" me acojona un poco); pasadas 24 horas..., ¡qué de anhelos me dejan los viajes! Siempre digo:  "Me voy a ir a vivir fuera de España, total...", y acto seguido: "Tengo que aprender inglés", y así todos los años. Como cuando cruzamos el umbral del año nuevo, ya saben, todos dejaremos de fumar, haremos dieta e iremos al gimnasio el mismo día 1, bueno el 1 no, que es festivo...el 2, tampoco, que cae en sábado este año...

Decirles que el viaje ha ido estupendamente, incluso con Ryanair. La experiencia de no tener recepcionista... magnífica, igual que la de recoger la mesa en Burguer King. 



jueves, 15 de agosto de 2013

Nunca más, bueno casi nunca...

Estoy revisando las entradas de mi blog y de verdad, qué melancólica me pongo a veces! Está claro que reaccionamos siempre de una manera más profunda ante hechos que nos hieren, pero ya está bien, que me voy a encasillar :-)


viernes, 28 de junio de 2013

Hojarascas

A veces el destino es caprichoso e insolente y nos vuelve la cara cuando intentamos sonreírle, como una veinteañera orgullosa conocedora de su poder hipnótico. A veces parece empeñado en no darnos tregua, y por mucho que nos empeñemos no encontramos en el paso del tiempo la respuesta que buscamos. 

Llevo tanto tiempo sin dedicarle aquí unas líneas a mi destino que pensé que hoy, tras un año sin hacerlo, podría escribir algo que no estuviera impregnado de una tintura de nostalgia, de deseos no cumplidos o de sueños deshechos. 

Pensé que sería posible, pero con un año más cumplido, vuelvo a estas líneas a desahogarme. A desahogarme porque uno de mis sueños parece que ha dejado de ser una quimera para convertirse en una realidad tangible y en suma dolorosa. Mis ilusiones ya no tienen cabida ni tan siquiera en mi imaginación, en la que en todo este tiempo han podido jugar libremente, haciéndome creer que todo es posible. 

Sin embargo, hoy no escribo para lamerme mis heridas. Hoy abro la mente, la ordeno y me doy cuenta que a veces las cosas simplemente no son posible, al menos en tiempo presente; que a veces el destino es caprichoso e insolente y no da tregua; que esa veinteañera estirada parte de nuestra vida sin ni siquiera escuchar lo que tenemos que decirle, que ofrecerle; se marcha sin mirar atrás, sin miedo, sin remordimientos, se aleja poco a poco y ahora sólo nos queda dejar se ausente por completo en nuestros corazones, volvernos con dignidad, levantar la cabeza y mirar al frente para volver a descubrir cómo la vida sigue sin ella.

No nos queda la pesadumbre del que no lo ha intentado, ni del que se rinde; peleamos duramente a lo largo de las batallas, haciendo todo lo que estaba a nuestros alcance y ahora es tiempo de reconocer que la guerra ha terminado, que es necesario descansar, tomar distancia y olvidar a esa veinteañera caprichosa. Es tiempo de quitarnos las ataduras que nos unían a ella a través de quimeras y de sueños por ahora imposibles, y comenzar a caminar sin miedo a la pérdida, mirando al destino cara a cara y descubriendo que la vida, a pesar de todo, tiene tanto que ofrecernos que no merece la pena gastar ni un sólo día lamentando la pérdida de aquello que nunca tuvimos.


Es tiempo de recoger las hojarascas, de plantar nuevas flores en el jardín y esperar a que crezcan. Ya llegarán otras primaveras que nos devolverán estas ilusiones ahora perdidas, o veranos que nos descubran otras metas, tengo claro que el camino será largo y habrá otros otoños e inviernos, pero nunca serán lo suficientemente grises y fríos para no descubrir en el paisaje algo que merezca la pena.

Por eso hoy también escribo para señalar que, a pesar de todo lo vivido este año, el balance puede ser positivo si uno lo quiere así. Y yo lo quiero. Dejemos de centrarnos siempre en lo malo que nos sucede y divulguemos lo bueno. He vivido experiencias inolvidables en estos últimos 12 meses. Experiencias que llevo en el corazón y que me han enseñando cómo la vida depende sólo de cómo nos la tomemos, de nuestra actitud. No podemos elegir las cartas que nos tocan en el reparto que hace la vida cada día, pero sí cómo jugarlas. Y yo decidí hace mucho tiempo que jugaría todas las manos, sin renunciar a ninguna, sin dejarme llevar por faroles o por la falta de posibilidades, con la certeza de que a pesar de las posibles pérdidas que tuviera en el camino siempre, siempre, iba a merecer la pena jugar cualquier mano que me diera la vida. Cada día iniciamos mil partidas en todo aquello que emprendemos, disfrutemos del juego.

jueves, 9 de agosto de 2012

Las despedidas de mi futuro

Cumplí 35 años y decidí comenzar un diario. No sé si por recordar la adolescencia, por dedicar unos minutos al día a escribir sobre lo que realmente me rodea o simplemente porque intuía la necesidad de rumiar cada día para poder tragarlo. Sea cual fuere la razón desde entonces no he escrito sobre ningún acontecimiento que esboce mi sonrisa. Ortega y Gasset dijo aquello de que "yo soy yo y mis circunstancias", pues bien, mis circunstancias parece que se empeñan en obligarme a dedicar unos reglones cada día al recuerdo, la nostalgia y la añoranza de alguien que no llega o que se marcha. 

A unos les escribo porque se despiden de mi poco a poco, en silencio; otros porque lo hacen de repente sin llegar a conocerlos. A otros les dedico unas líneas porque nos abandonan después de luchar y a otros porque de repente les cuentan un día cuál es su fecha de caducidad en este mundo en el que para vivir hay que morir. 

Hace unos días despedimos al padre de un amigo, tras un año de lucha ahora descansa en paz. Y en su despedida volví a recordar todo lo que no me gusta. 

He asistido a demasiados entierros y de una vez por todas os cuento aquí y ahora que yo así no quiero morir. No quiero. No quiero que al despedirme de una vida que espero vivir intensamente el negro sea el color que me venere, no quiero.
No quiero que nadie cante con pena cánticos en mi memoria, ni campanas que tiñan a muerto, no quiero. No quiero que los que me recuerden den el pésame a mi familia ahondando en su dolor, no quiero. No quiero que un cura que no me conoce de nada hable de mi, ni de lo que me espera, ni de lo que viví, no quiero.
Sé que cuando uno ya no está en este mundo poco poder de decisión tiene, pero me gustaría dejar estas letras como testamento vital porque me gustaría que mi despedida fuera cómo a mi me gustaría despedir a los que se marchan de mi lado y que por la cultura que envuelve a la muerte hoy por hoy me resulta imposible.



 

A mí me gustaría a ir a un sepelio vestida como si fuera un día especial, me gustaría llevar fotos y recuerdos del homenajeado en la cartera para recordar su vida, sus aficiones, su mal carácter o aquella vez que nos hizo reír a todos al caerse. Me gustaría relatar mientras brindamos lo bonito que fue compartir nuestra vida con esa persona, lo mucho que nos aportó y las veces que nos peleamos. Me gustaría preparar su plato favorito y brindar con su vino, bailar su música y caer derrotados pasada la madrugada por su recuerdo, por su vida y no por su muerte y su adiós. 

Me gustaría poder soñar a cada poco con el que se marcha y vivir en ese limbo los mejores momentos compartidos. Me gustaría tanto no despedirme de una caja de pino y sí del pariente, del amigo, de la persona. Y me gustaría que una gran foto suya sonriendo presidiera ese homenaje, y que en lugar de pésame diéramos palabras llenas de vida a los que se quedan.

Odio esa costumbre nuestra de despedirnos entre llantos y sólo llantos fomentados por el circo en el que a veces se convierte la muerte. Sé que hay costumbres tan arraigadas que cumplir este deseo es muy complicado, pero creo que si despidiéramos al ser querido de esta forma el día de su despedida sólo sería el primer paso para seguir viviendo con él pero de otro modo. 

Al final el dolor pasa, y lo hace porque debemos continuar con nuestra vida, hay que tirar para adelante, por este motivo me pregunto por qué sembramos más pena en la despedida con el luto y pésames vacíos. Además, el rito religioso de los creyentes es el que menos entiendo, si nos despedimos de alguien que se va a la derecha de Dios padre por qué lloramos o por quién lo hacemos realmente, por él que se va al paraíso o por nosotros que nos quedamos. Nunca lo he entendido. Jamás me he despedido ni he permitido que nadie se despida de mi entre lágrimas cuando me voy de viaje a un lugar mejor, por qué he de soportarlo en mi fallecimiento. 

Sé que sentir dolor es irremediable. Los que nos quedamos aquí solos somos los que padecemos ausencias, y con ellas el dolor, a veces algo egoísta, de no poder contar con el apoyo, el cariño, la sonrisa y los consejos de la persona que despedimos. Me gustaría pensar que el día de la despedida hacemos un homenaje al que se marcha y como tal a mi me gustaría que fuese un día de fiesta. 

Así que si os despedís de mi alguna vez llevad la prensa del día por si hay algo más interesante de lo que hablar; para comer os propongo jamón 5J, carabineros y vino blanco verdejo DO Rueda, me encanta; y si os vais a poner nostálgicos... que suene alguna melodía al piano mientras relatáis mis hazañas. Eso sí, mantened una sonrisa, poneros guapetes y bailad hasta el amanecer pop de los 90, quizás de un entierro salga una boda y el mundo al final se pliegue sobre si mismo para volver a empezar. Gracias, yo os devolveré el favor preparando todo allí donde uno vaya para recibiros también con otra fiesta. Salud.

martes, 13 de marzo de 2012

Vivir para luego olvidarlo


Mi abuela se olvida de su vida poco a poco. Se olvida de lo inmediato y de lo lejano. Se olvida a ratos, pero se olvida. Poco a poco le da la bienvenida a esa enfermedad que te convierte en un niño al que cada día hay que enseñar algo. Mi abuela aún me recuerda, aún me besa y saluda con afecto e interés, pero sé que algún día la besaré sin que sepa que soy su nieta mayor. Seré una desconocida. Temo ese momento, sobre todo por ella, porque no recordará la gran mujer que fue, que es y será a pesar de todo. Tampoco recordará que me encantaba ir a su casa cuando tenía seis o siete años y ver como preparaba los mejores filetes con patatas que jamás he probado, ni cómo me gustaba quitarle su sitio cuando se levantaba de su mecedora. No lo sabrá por su enfermedad, pero también porque nunca se lo dije. Esto me hace reflexionar sobre todas las cosas que nos callamos y no decimos a nuestros seres queridos. Pensamos que no hace falta o que siempre habrá tiempo para decírselas. Ahora, con mi abuela, me doy cuenta que no.

Hay momentos en los que mi abuela aún sigue siendo ella, y otros en los que se camufla como un mueble en una habitación. No mira, no habla. Está ausente. Se diluye y no participa en la tertulia familiar. Sin embargo, cuando mi abuela es mi abuela, ella recuerda anécdotas de su infancia que me llenan de alegría e ilusión. En esos momentos, mis tíos la interrogan intentando anclar sus recuerdos a esta vida que aún vive con nombres y apellidos. Pero es esa vida que aún disfruta la que se diluye como el azúcar en el café, sin que nadie puede hacer nada. No hay remedio para esta enfermedad, para este maldito mal, que nos arranca cuando llega nuestra esencia y nos deja como un trapo tirado en una cuneta, sin nombre, sin dueño, sin alma.

Siempre es grato escuchar la voz de la experiencia, escuchar vivencias de otras épocas, de guerras vividas y de regímenes extinguidos. Siempre es extraordinario, pero en los últimos meses me lo parece más, porque sé que esas vivencias y esa sabiduría se perderán con la memoria y los recuerdos de mi abuela, que quedarán recluidos en vida dentro celdas en las que no habrá cerraduras. Se extinguirán sin remedio como la conciencia de una gran mujer, la que ahora, en esos momentos que tiene de “me olvido de todo y luego lo recuerdo”, revive con extrañeza y entusiasmo cosas que, por elementales, yo ni siquiera veo.

 El otro día celebrábamos en casa el cumpleaños de mi abuelo. 85 años. Mi abuelo aún conserva todos sus recuerdos, pero desde hace unos meses su mirada parece triste, su caminar más lento y su ilusión sin aliento. Mi abuelo la mira con pena contenida, y eso me entristece. Ver cómo dos personas vitales van perdiendo sus energías poco a poco, y lo que es aún peor sus recuerdos, me llena de nostalgia. Entiendo lo que debe pasar mi abuelo, no debe ser plato de buen gusto ver como la persona que más has amado se disipa como una nube en una tarde de verano.

Ese día mi abuelo festejaba su cumpleaños con gastroenteritis. A esa altura de la vida es normal estar en el ambulatorio un día si y otro también, el cuerpo se resiente, así que mi abuelo no estaba para muchas fiestas. Su familia, sin embargo, nos resistimos a no celebrar con él y mi abuela cualquier fecha memorable, igual que yo revivo ahora en mi cabeza la madurez de mis abuelos y mi niñez intentando anclar también mis recuerdos.



Durante la celebración, mi abuela se volvió a convertir como otras veces en el centro de atención. Sin un anfitrión con ganas de fiesta, ella acaparó todas las preguntas. De este modo, mi abuela, con la inocencia que desde hace meses irradia, me abrió los ojos.
Alguien le preguntó tras soplar mi abuelo las velas:
- “Abuela, y tú ¿cuántos años tienes?”.
A lo que ella respondió: “No me acuerdo”.
- “Abuela, tienes 81 y el mes que viene cumples 82”.
- “¿Qué yo tengo 82 años? ¿Todo eso he vivido ya? ¡Qué barbaridad!, espetó. Yo hubiera dicho que tengo unos 60.
- Abuela, tu hija mayor tiene 60.

Mi abuela había perdido en el olvido y de un plumazo 22 años de su vida, o lo que es lo mismo toda su adolescencia y juventud. Me di cuenta en ese instante que la mayor parte del tiempo no somos conscientes de lo que vivimos, ni cómo lo vivimos, y que sólo cuando comenzamos a olvidar que hemos vivido descubrimos cuánto ha sido, y lo poco o mucho que lo hemos disfrutado. Mi abuela me abrió los ojos. No quiero vivir sin pena ni gloria, quiero pisar cada instante, como se pisan las uvas para exprimirles su zumo. Quiero anclar lo bueno y lo malo, señales de lo vivido, pero sobre todo quiero sacarle a la vida hasta la última gota que pueda darme. Quiero vivirla, por si luego toca olvidarla.

martes, 17 de enero de 2012

La magia de la música y el autismo

Dicen que la música amansa a las fieras, que estimula el desarrollo del feto y que proporciona bienestar. Dicen que buscamos músicas en sintonía con nuestro ánimo. Alegres cuando estamos contentos y tristes cuando la melancolía aparece en nuestra alma, y que tras su escucha siempre nos sentimos mejor, fuera cual fuera nuestro estado inicial. Se le da a la música infinidad de cualidades y a músicos como Mozart capacidades impensables al interpretar alguna de sus melodías. La música siempre me ha sorprendido. Es capaz de sacar lo mejor y lo peor de mi. Su estudio me ha proporcionado una gran sensibilidad, pero también una disciplina inquebrantable. 


He dedicado a la música la mayor parte de mi vida, empecé con 9 años y no la he dejado en el olvido nunca, a pesar del desamor que he tenido con ella en alguna ocasión. Estudiar música es un ejercicio de constancia, y eso en cualquier época de la vida es duro. Sin embargo, he aprendido a aprender cada día cosas de este arte, aunque fuera de un modo más relajado en algún tiempo. A pesar de los años en el conservatorio, en la facultad y en casa, la mayor lección que me ha podido dar a lo largo de estos 25 años, la más práctica e importante, me la ha dado de la mano de Pedro, mi alumno autista e hiperactivo. 


Antes de enfrentarme a esta clase “especial”, jamás había enseñado a un niño con este trastorno, me documenté. Leí artículos sobre los beneficios de la música para los menores autistas y consulté con varios especialistas en el tema que me pusieron varias cosas claras. “El primer día va a ser un caos. Pedro no va hacer nada de lo que prepares para la clase”. Su madre también me advirtió. “No lo fuerces, no le cojas la cara para que te mire, no le toques”. Me hablaron con términos técnicos que había escuchado, pero jamás estudiado, y de circunstancias y situaciones que tenía que ver en su consultorio psicológico semanal porque no podía imaginármelas, tenía que verlas para saber cómo reaccionar y como contactar con la mirada huidiza de Pedro. 

Todas estas indicaciones y requerimientos, tanto de los especialistas en autismo como de los padres, me acojonaron en un principio, la verdad, y me pusieron a la defensiva por si la reacción de Pedro hacia un entorno y persona extraños no era la más correcta políticamente hablando. Sin embargo, preferí enfrentarme sola, sin haber tomado nota de lo que otros profesionales hacen con Pedro y al preparar la clase intente olvidar todas esas pautas estrictas y adaptar la música a un niño de 8 años con un desfase curricular de dos años. Es decir, pensé en Pedro como si tuviera un desarrollo mental de 6 años y un desarrollo del lenguaje de 4 años. Adapté la música a su particular mundo y elaboré los recursos para introducirme en él de forma sigilosa, sin hacer ruido.


Cuando Pedro entró por mi portal, desde mi casa escuchaba sus peculiaridades y a su madre llamándolo al “orden”. Tampoco era muy complicado, solo vivo en la primera planta. Pero por un instante me acojoné. “¡Era cierto todo lo que me habían advertido!”. Respiré hondo, dejé que tocaran a la puerta, esperé unos segundos y abrí. En el instante en el que la puerta se abrió, un torbellino llamado Pedro entró en mi casa y recorrió e inspeccionó cada palmo de mi piso cuando apenas había podido saludar a su madre. “Ay, Dios”, pensé. Su madre lo llamó al "orden" y me dijo que era una reacción normal. Volví a respirar y visualicé que todo iba a ir bien. Pasar de la entrada al salón nos costó varios intentos. Hay que hacerlo de una forma determinada para que se establezca una rutina y con ella la normalidad cada vez que Pedro entre en mi casa para aprender música. 


Tras conseguir sentarnos, le expliqué a Pedro mediante pictogramas lo que íbamos hacer y comenzamos. En el momento en el que Pedro escuchó mi voz entonando las notas musicales se relajó. Fue como un milagro. Dejó de ser el torbellino de la entrada para convertirse en un niño capaz de estar sentado, escuchando e imitando lo que oía. Incluso nuestras miradas se cruzaron en más de una ocasión a lo largo de la clase. Con su buena reacción ante la música, a mí se me olvidaron las pautas y sin pensarlo le cogí las manos para comunicarme con él. En ese microsegundo que pasa entre que haces algo y se ejecuta la respuesta, pensé “mierda, le he tocado, a ver que pasa”. Lo mejor fue que no pasó nada y Pedro respondió como cualquier niño. Él también me cogió las manos para que dejara de ayudarle. Quería hacerlo solo, y lo hacía muy bien. La aprobación y el refuerzo positivo son fundamentales. Pedro los recibía de mi parte, pero no como al loco cuando se le da la razón, Pedro realmente lo merecía. 


Mediante distintos juegos, Pedro aprendió ese día 5 notas musicales, su colocación en el pentagrama y su entonación. No creáis que esto es fácil, ni siquiera para vosotros. ;-)   Tras estos ejercicios, llegó el turno de sentarse al piano e interpretar una melodía. Utilicé sólo dos de las cinco notas aprendidas y con ellas Pedro pudo interpretar “En el bosque sin cesar, se oye al Cuco así cantar. Cucú, Cucú, Cucú”. Y lo hizo bien, muy bien. Eso sí, Pedro investigó entre repetición y repetición las cualidades sonoras del piano, preguntó a su manera para que servían los pedales del piano y me invitó a que yo primero tocara con él y luego dejara de hacerlo. Incluso cuando rocé con el codo las notas más graves del piano, Pedro se sorprendió ante su sonoridad y luego me sugirió que me alejara del piano para no errar más. Me lo sugirió a su manera, claro, levantándose de la banqueta e intentando separar mi silla del instrumento, pero lo importante es que estableció una relación con el piano y conmigo.


Cuando terminó la clase, su madre, que había permanecido durante toda la hora en la habitación, sólo acertaba a elogiar mi trabajo con Pedro y a subrayar que estaba “alucinada”. Fue en ese momento cuando comprendí la importancia de lo que había pasado allí, para ella había sido mágico, y para mí desde ese instante también. “He tenido que comprobar que era Pedro y no tú quien estaba tocando el piano”, señaló su madre. Ambas estábamos sorprendidas por todo, por su pequeña hazaña al piano, por que hiciera caso a mis directrices y por cómo había respondido a la música y a la clase en general. Yo no me lo podía creer, aún me cuesta. Jamás me he sentido tan satisfecha en mi vida laboral como ese día. 

De esta forma, la intención inicial de su madre de que fuera a ver cómo Pedro trabajaba con su psicóloga para tomar nota se esfumó. Cuando esta mujer me dio su total confianza sentí orgullo y encontré sentido a esos 25 años de estudio y dedicación total y parcial a la música. Ver la reacción de esa madre y de ese niño no tiene precio. Cabe señalar, que una vez que Pedro se levantó de la banqueta, me ayudó a cerrar el piano y le dije que la clase había terminado volvió a ser ese niño hiperactivo y ausente que hacía una hora había traspasado mi puerta. Volvió, mientras su madre y yo nos despedíamos, a revisar cada habitación de mi casa. Menos mal que superé la prueba del algodón. “Está muy limpio”, dijo.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Mi autoayuda, tu autoayuda, nuestra autoayuda




Hace tiempo que no escribo, quizás no tenía nada que decir. No es que ahora lo tenga, ahora lo hago porque lo necesito. Me hice periodista por esta necesidad, la cual he olvidado en los últimos años más de lo que me gustaría, al igual que a mi primer amante, el piano. No voy hacer ahora una lista de propósitos para Año Nuevo, en la que incluya retomar mi relación con las teclas de un viejo amor ni con mi deseo de dedicarme a escribir relatos de la vida cotidiana. No lo voy hacer porque mi propósito para Año Nuevo está muy claro. Encontrar un trabajo. Ya no sugiero que sea bueno, ni siquiera que esté bien pagado, sólo digo que sea uno que dignifique, que me haga sentir que nadie tira de mí y que yo también aporto algo a este carro social lleno de bajas.

Por eso hoy no voy hacer esa lista, que ya en mis queridos medios de comunicación empiezan a anunciar mientras cinco minutos antes nos cuentan que el paro ha vuelto a crecer. Mis oídos chirrían al escuchar las noticias, pero comprendo que se mezclen en los informativos reportajes sobre el macropuente y los adornos navideños, que suenan a otra época, con  noticias sobre la realidad actual de la prima de riesgo y las colas del INEM. Las entiendo porque han sido muchos los años que estado detrás del telón ayudando a mover los hilos de una realidad casi siempre falseada y narrada para quien la quiere escuchar con poca o nula sensibilidad. Al menos hoy lo siento así.

Ahora sólo quiero recuperar el tacto de otras teclas, las de mi ordenador, y recordar que al acariciarlas encuentro el alivio que mi alma necesita, la tirita y el consuelo que me da saber que con un nuevo documento en blanco mi mundo se disfraza de lo que yo quiero. Puedo ser quien quiera ser, vivir lo que quiera vivir y encontrar la solución a una situación que, si no te pones las gafas de cristales rosas, ves abocada a otro corralito. Pero no es ésta la historia que os quiero contar, quizás ésa la vivamos y ya sabéis que la realidad supera siempre la ficción. La que os quiero narrar es ésa que, cuando uno siente que cae al vacío, te llena de fuerzas y logra que puedas agarrarte al más fino quicio, al clavo ardiendo.

Hay cosas que nunca van a depender de nosotros, y menos en la situación actual, pero otras muchas sí. La mayor parte de ellas dependen de nuestro estado emocional, de la fuerza interior que demostremos ante las adversidades. Os recomiendo ver la película 127 horas. El ser humano es capaz de todo, de to-do, de lo mejor y de lo peor, pero esto no lo descubro yo, esto ya lo sabéis. Sólo es cuestión de reconocer qué es lo mejor que podemos hacer para sobrevivir y luchar, luchar y luchar por conseguirlo, porque en esta vida hemos venido a eso, a luchar, y quien pensara lo contrario ya se habrá dado cuenta de su error. Es cierto que en ocasiones, muy contadas, encontramos la felicidad, pero siempre la hallamos tras esa pelea constante que mantenemos contra nosotros mismos para adaptarnos a una realidad cambiante.

Cuando nacemos en nuestra vida nada es imposible, todo está por hacer, sólo es cuestión de comenzar, de caminar, y lo hacemos. Pues cuando caemos al vacío es igual. En esta situación todo está por ganar y no hay nada o casi nada que perder. Lo que depende de nosotros es el tiempo que dediquemos a caernos y el que dediquemos a caminar. Por eso, deja el lamento, el llanto, la nostalgia y la desesperanza, deja todo lo que te hunde a un lado y visualiza la entrada de tu pozo; porque en un pozo, la entrada y la salida se encuentran en el mismo sitio. 

Cuando sepas por qué empezaste a caer sabrás como escapar; es así de sencillo y así de complicado. Es un proceso que te puede llevar sólo unas horas o unos días, o por el contrario prolongarse durante meses o años, eso depende de lo rápido que aprendas a reconocer las cosas que te hacen bajar o subir por esa cuerda que existe en todo pozo. Es normal caerse y hacerse daño, incluso mucho, si es el alma la herida, pero más normal debe ser levantarse. No mires hacia abajo, no camines cabizbajo, porque así no podrás ver el horizonte.

Yo, cada día aprendo a levantarme de una forma diferente, es lo que tiene tener todo el tiempo del mundo y, asimismo, tener menos que nadie. Sí, cuando estás en paro todo el mundo piensa que tienes mucho tiempo, dicen que libre, pero en realidad lo que tienes encima de tu cabeza es una cuenta atrás que parece correr más que para ninguna otra persona. Los días, las semanas, los meses pasan volados y no te da tiempo material a llevar a cabo todo lo que te propones hacer para salir de tu particular pozo. Las horas del día se quedan cortas para aprender todo aquello que necesitas saber. Y es que cada día que pasas en paro, la vida te examina de un modo u otro. Es el peor examen al que me he enfrentado, y ahora dejo de hacer demagogia.

A mi me ayuda escribir, narrar lo que pasa por mi cabeza, ésta es mi autoayuda. Cada uno tiene la suya, hay que saber reconocerla y sacarle el máximo jugo posible. No olvidemos que cuando uno está en caída libre, y ve la luz sólo cuando mira hacia arriba, lo mejor que le puede pasar es que esté bien preparado, tanto física como mental y emocionalmente. No hay que tenerle miedo al fondo del pozo, la oscuridad no hace daño, no mata, al igual que la lluvia, aunque reconozco que todavía hoy corro a refugiarme bajo un paraguas cuando me sorprende. Por eso debemos aprender a bailar bajo la lluvia, a sobrevivir con lo justo, y cuanto antes lo hagamos, antes encontraremos nuestra felicidad. Un día leí en algún sitio que la vida no trata de sobrevivir a una tormenta, sino de aprender a bailar bajo ella. Y es cierto.  
Aprendamos a ser felices con lo que poseemos, por que hay que tener muy clara una cosa: todos caemos. De un modo u otro, en algún momento de nuestra vida, por distintas y diversas circunstancias, caemos, y siempre nos hacemos daño, siempre. Pero también debemos tener cristalino que ese dolor, esa caída, ese padecimiento no dura eternamente, es física y humanamente imposible, y sabiendo esto podemos hablar ahora largo y tendido si queréis de la tan traída y llevada inteligencia emocional, pero para qué. La inteligencia emocional es una asignatura que los españoles, cuando acabe esta nueva crisis, habremos superado una vez más con cum laude. No ha sido de otra manera. No puede ser de otra manera. Y si en esta ocasión la hay, no quiero verla; hoy, no tengo a mano mis gafas.

Dejad los paraguas en casa y mirar al frente, el camino está ahí.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Consecuencias del 302


A veces te sientes perdida, agobiada, triste... y piensas en el futuro, creyendo que en él puedes encontrar la respuesta a esos problemas que te quitan hoy el sueño. El futuro, sin embargo, no se vislumbra más claro que el presente. Mi vida profesional está estancada, entre mis pies se desdibuja la línea pintada en el último año y no sé a dónde acudir. Me debato en hacer borrón y cuenta nueva, o coger el lápiz de nuevo y repintar esa misma línea desdibujada hacia el futuro. Se me plantean así serias dudas. ¿Podrá mi ánimo y mi familia soportar los vaivenes emocionales y económicos que suponen prepararme otras oposiciones? Justifico estas dudas en que, cuando no sólo dependes de tus conocimientos para sacar una plaza, si no de otras tantas argucias del destino traducidas en la competencia, las plazas por tribunal, las probabilidades de éxito según donde te examines y sobre todo de que los miembros del tribunal sean objetivos, resulta muy difícil no dudar.

Y ahora el D. 302 lo complica un poco más si cabe... no basta ya con meter cabeza, como se decía antes, ahora debes ser sobresaliente siempre, a pesar de no optar a plaza. Y esto, que puede parecer ideal para los alumnos, no lo es. ¡Los mejores de los mejores les darán clase!, dice el consejero de Educación. Pero esto no es cierto por varios motivos: el primero, que el interino que destina su tiempo a los libros para ser excepcional en un examen, no puede dedicar todo su tiempo a sus alumnos. Y en segundo lugar, a ser maestro se aprende en el aula y no en la biblioteca estudiando. La ordenación en la bolsa debe ser por tiempo de servicio por asegurar la calidad de la enseñanza, simplemente.

Cierto es que cuando terminas Magisterio y te presentas por primera vez a unas oposiciones ves imposible lograr una plaza, muchos de nosotros sentimos eso, otros la obtienen, pero creo que estar entrebastidores ayuda a ser mejor maestro y lo digo por experiencia, la primera vez que dí clase tenía 21 años y sentí que aquello me venía grande. Tanto es así que dejé de hacer sustituciones, hice otra carrera, trabajé en otro sector, y ahora a mis 34 años he vuelto. Me examiné en 2009, saque un 7 de media y entré en bolsa, no comencé a trabajar hasta septiembre de 2010 y esta vez, cuando entré en mi aula por primera vez sentí que ya estaba preparada, que esos niños eran mis alumnos y que tenía la madurez para enfrentarme a sus necesidades.

Lo ideal es trabajar cuanto antes, sobre todo en tiempos de crisis, pero si en lugar de ser interina a los 21, hubiera sido docente fija, jamás hubiera abandonado la educación, ¡es un trabajo para toda la vida, hubiera dicho mi familia, mi entorno, yo misma!, y hubiera aprendido a ser maestra a costa de alumnos que hubieran pagado mi falta de experiencia en la vida, en un trabajo, en la educación...Es como ser padre a los 20, ¿quién está preparado? Para ser un buen docente, hay que hacer un rodaje con interinidades, y éstas deben ser dadas según la experiencia docente. DEROGACIÓN DEL 302, YA!

¿Y cómo solucionamos las posibles injusticias que se derivan de mi plateamiento? Pues, muy fácil, haciendo un temario único, que los exámenes sean lo más objetivos posibles, que los centros hagan informes favorables o no del interino y que para permanecer en bolsa haya que aprobar, tengas o no tiempo de servicio. Los aspirantes pensarán que de este modo no trabajarán nunca, mi experiencia es que con una nota “normal”, un 7 de media, sólo tuve que esperar un año para que me llamasen, no sé si en todas las especialidades es así, la verdad, pero creo que es un tiempo de espera prudencial. Lo que no es justo, ni lógico, es que se trafique con la calidad de la enseñanza por intereses económicos, dando a la “formación permanente” un valor meritorio que no se merece.

El decreto 302 no vela por la calidad de enseñanza, pero tampoco por la estabilidad de las personas que quieren ejercer la docencia. Un organismo público se convierte así en la peor de las ETT, ya que no mira la experiencia, algo que no pasa en ninguna otra. Si un carnicero hace bien su trabajo en una tienda, suele ser al que mandan siempre que esta tienda lo necesita: conoce el sistema de trabajo, a los clientes... La CEJA, no.

Como decía al principio, no sé que hacer, no quiero tirar la toalla, pero es cierto que cuando tienes un hogar que mantener es muy difícil elegir la opción que supedita tu vida a que cada dos años ésta dependa del resultado de un examen y de los cambios legislativos que casi a hurtadillas se hagan, como ha sido el caso del decreto 302.

Para terminar, el colmo, los cambios en el acceso al cuerpo de maestros. Nuevos temarios, pruebas, directrices... y así, los perjudicados por el Decreto 302 también pagaremos en 2013 la novatada de este nuevo acceso, siendo los conejillos de indias de una administración que planifica siempre mirando por los intereses de un solo sector de la población y no por la globalidad. Yo pagué el pato cuando los interinos entraban al examen, firmaban y se iban, (otro de los motivos por los que dejé las oposiciones cuando era “joven”); pagué con el modelo transitorio, viendo pasar a plaza a todos los interinos, a los que se les daba un 10 en uno de los exámenes; pago ahora por el 302, al ver como 70 personas me han adelantado en las listas por tener cursos en lugar de experiencia; y mucho me temo que pagaré con el nuevo acceso que están negociando los que dicen llamarse sindicatos y el Gobierno.
POR UN SISTEMA JUSTO, POR LA CALIDAD DE LA ENSEÑANZA, DEROGACIÓN DEL 302, YA!!

Por todo esto mis dudas, por todo esto mi desazón, por todo esto os pregunto, ¿qué hago?

lunes, 1 de agosto de 2011

Reflexiones para el futuro

El futuro se nos plantea a veces como una verdadera incógnita, y digo a veces porque normalmente sabemos, a grandes rasgos, lo que vamos a estar haciendo el mes próximo. Yo no sé que voy a estar haciendo el 1 de septiembre, y eso me angustia un poco, la verdad.
Seguramente esté pendiente de una lista que me posicione bien y quepa la posibilidad de trabajar en la enseñanza el año que viene, el factor suerte se antoja en este tema demasiado dominante, lo que me provoca mayor desazón. También estaré pendiente de las oposiciones en Madrid, estudiaré algo y a probar suerte. A parte de esto poco más.
Y como estar pendiente no ha llenado nunca mi espíritu me planteo ya otras alternativas. La primera, reforzar mis conocimientos de cara a las oposiciones de 2013; la segunda, mejorar mi inglés y la tercera, buscar otra salida laboral que no sea ni el periodismo, ni la enseñanza... en este sentido he pensado en hacer Psicología por la UNED, siempre me ha llamado la atención esta ciencia, y me gusta ayudar a la gente a resolver sus procesos mentales, así que...
La solución llegará en septiembre, ahora, después de la nada, prefiero celebrar el presente y disfrutar del viaje a New York y de las merecidas vacaciones.

domingo, 3 de julio de 2011

Antes de nada o de todo

Cuando queda una semana para que este preciso momento sea el antes de la nada o del todo quiero reflexionar, y quiero hacerlo porque viene bien tener las cosas claras para que luego no haya traumas. Si esto es el antes de la nada, tengo que llamar a la calma, a la mía, claro, porque la nada es una jodienda, sí, pero trivial. No se ha muerto nadie. Pierde quien juega, y en los juegos de azar como éste, una oposición, porque lo es, lo normal es perder. Esto es típico tópico, pero real como la vida misma, es así.
En ese instante, en el que se me estruje el corazón al ver los números salientes, tendré que reflexionar, desde la madurez que me caracteriza (esto me lo escribo para que no se me olvide), que no pasa nada y que la lucha debe continuar. Y es que, sin querer hacer demagogia, a diario nos acercamos a verdaderos horrores que son televisados y que cada vez menos nos hacen levantarnos del sillón o cambiar de canal. Yo tampoco lo haré en esta ocasión.
Otra reflexión típica, pero no por ello con menor efecto placebo, es la siguiente: "Algunas cosas llegan cuando tienen que llegar y poco se puede hacer por cambiar esto". Hay que mirar al futuro, sí al futuro, con el mismo optimismo con el que me embarqué en un proyecto encajonado desde hace una década. La ilusión y ese optimismo hacen posible sacar de cualquier situación o circunstancia lo mejor. Ésa será mi prioridad. El presente se arreglará con unas cervezas de más y alguna que otra palabrota.

Si esto es el antes del todo...no hace falta reflexionar sobre nada, sólo dejarse llevar porque la emoción será tal que sólo quedará el goce y la celebración. Menuda fiesta voy a montar (esto lo escribo para que no se os olvide).

Pero, ¿qué es el todo o la nada?, ¿qué distancia hay entre uno u otro concepto? El camino que une ambos valores es el de la satisfacción por el trabajo realizado, la compensación por el esfuerzo; cosas que dependen del nivel de exigencia de cada persona. Yo soy exigente, pero también comprensiva, sólo deberé aplicarme más de la segunda que de la primera y esperar que el resto de este año, que nacía prometedor, termine por cumplir de un modo u otro las expectativas.

Ah, y recordar que pase lo que pase me esperan en Lyon y New York!!!

sábado, 22 de enero de 2011

Solamente tú




Hay canciones que tienen un "pellizco" especial, que te encogen el corazón por los recuerdos que te traen a la memoria, porque evocan futuros prometedores o porque narran tu presente convirtiéndose en su banda sonora. Para mí, ésta es una de esas canciones. Cada vez que la escucho, recuerdo lo infinitamente feliz que me siento cada día a tu lado y revivo mi amor hacia ti desde sus inicios, sin poder imaginar un mañana en el que no estés. Solamente tú, sólo tú eres capaz de regalarme una sonrisa que me haga soñar cada mañana. Tú y tú y tú y solamente tú eres mi vida. Porque sólo una caricia tuya hace que me pierda en un mar de sentimientos, me entregue a ti y se ilumine mi alma. Tú y tú y tú y solamente tú eres mi principio y mi fin. Eres mi paz, mi alma, mi locura...

Te quiero, amor.

domingo, 2 de enero de 2011

2011

FOTO: ROLDÁN SERRANO
Hay días y días, en unos piensas que todo lo que te traes entremanos va a ir bien y otros, en los que va a ir mal. De una u otra cosa depende nuestro estado de ánimo, nuestras esperanzas y nuestras energías para seguir en esa empresa. Y entras en una espiral en la que ya no sabes si tu estado de ánimo es fruto de esa intuición diaria o viceversa.
Cuando comienza un nuevo año se nos presenta la oportunidad ideal para soñar y, mientras intentamos no atragantarnos con las 12 uvas, nos imaginamos un año perfecto en el que todo sale a las mil maravillas. Pero la magia de las campanadas apenas dura 12 segundos y tras la embriaguez de optimismo llega la resaca de la realidad y de las dudas, que nos hacen aterrizar de un plumazo. Tras revolcarnos en las miserias que llevamos dentro durante algún tiempo, resurgimos como el Ave Fénix de nuestras propias cenizas y miramos al futuro. No podemos mantenernos mucho en esa actitud, al menos yo no. No es sano.
Hay otros días, como el 31 de diciembre de cada año, en los que llenos de energías y positivismo nos sentimos capaces de todo, dueños de nuestro destino y capaces de cambiar el futuro con sólo pensarlo. Esos días son maravillosos porque aunque sabes que son sólo sueños, que difícilmente se cumplirán, la sensación que eres capaz de transmitir con tu mirada, con la sonrisa que se produce en tu rostro al recrearte en esos deseos hechos realidad, basta para entender que vale la pena soñar, creer y luchar por hacer realidad esos pensamientos.
Hoy, sin embargo, es uno de esos días a los que yo llamo de tránsito, en los que te debates entre lo bueno y lo malo. Sirven para ir de la euforia a la tristeza o al revés, pasando por un estadio intermedio en el que te preparas para una cosa u otra. Estos días son muy importantes porque nos dan la oporturnidad, como en fin de año, de poder cambiar lo malo por lo bueno e intentar mantener, el máximo tiempo posible, la felicidad en nuestro rostro.
No hay que dejarse vencer por los malos pensamientos, por la negatividad o el pesimismo, porque hoy puede ser un gran día. Éste puede ser un gran año. Sólo tenemos que soñarlo y hacerlo realidad viviéndolo. Si nos encontramos en un momento de flaqueza, fáciles de vencer por el desánimo o la tristeza, debemos pararnos un instante, cerrar los ojos e imaginar que si algo falla hoy, mañana será otro día, igual de bueno que éste, para convertir en realidad nuestros anhelos. Paciencia y esperanza son las palabras claves.
Cuando comienza un año nuevo nos hacemos mil propósitos, que si dejar de fumar, hacer algo de ejercicio, acabar la carrera, adelgazar, lograr un empleo, tener un hijo..., este año sólo me he propuesto uno, ser feliz, o al menos intertarlo. Lo lograré poniendo en ello toda mi energía y ánimo, sin olvidar mantener la esperanza, fuente de renovación de ilusiones y capaz de todo. 

lunes, 20 de diciembre de 2010

Instantes después

Hay circunstancias en la vida que te ponen a prueba y descubres en tí emociones, valores y energías desconocidas hasta ese momento. Desde hace unos meses, vivo diversas situaciones que me recuerdan que al nacer te reparten unas cartas y que depende de tu inteligencia, creo que emocional más que intelectual, el ir cambiándolas en cada mano para lograr acercarte, al final de la partida, al póker de ases. Depende de nosotros saber jugarlas de la mejor manera e intentar que los faroles que nos tiremos a lo largo de nuestra vida sean los mínimos. La confianza de que la siguiente será una buena mano es lo que nos ayuda a vestir de optimismo cada momento delicado que vivimos, el cual se convierte, desde ese instante, en el punto de inflexión desde el que saltamos hacia adelante, hacia el futuro.
Ahora estoy en pleno salto, volando, con la mirada fija en el centro de la diana en la que debo aterrizar. No sé si el vuelo será largo o corto, sólo deseo no marearme mientras surque el cielo. No le tengo miedo a las alturas ni al aterrizaje, sé que será bueno. Y es que si hay algo que tengo claro es que el 2011 nos traerá a todos cosas buenas. No podemos ir a peor, no? Fuera de bromas, dicen que las mujeres tenemos un sexto sentido, yo lo afirmo, al menos yo sí que "presiento" cosas, por decirlo de alguna manera. No sé si serán deseos disfrazados de premoniciones o no, pero sea como fuere el año que entra será mi año. Ya lo veréis!!!! Lo he visto y me gusta. Las rodilleras las tengo preparadas para el aterrizaje, por si acaso, pero creo que será sufuciente con el optimismo.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

El optimismo por bandera

Es complicado no sentirse en algún momento fracasad@, derrotad@ o agotad@ por el devenir de  acontecimientos que diariamente invaden nuestras vidas, pero, como al mal tiempo, hay que plantarle buena cara  a esos inconvenientes. Entre otras cosas porque si hacemos frente a eso que nos puede, que nos agota, que nos derrota y nos hace sufrir de algún modo nos ahorramos tener que tomarnos un almax cada dos por tres y el doble trabajo que supone mosquearse para después desmosquearse. 
Cuando nos enfadamos por algo hay que saber reaccionar y cambiar el chip que nos lleva a malhumorarnos, porque perdemos el tiempo si nos enfrascamos en ese círculo vicioso que hace que tras el cabreo tengamos que descabrearnos porque, al fin al cabo, no se puede estar toda la vida enfadado con alguien o con la propia vida por algo, aunque algunos lo consiguen y parece que están todo el día oliendo a cagajones.  A estos te los encuentras en la calle, en el trabajo, en el transporte público, en el supermercado... y hacen la vida insoportable a todos los que tienen alrededor. Basta ya! 
Por eso, propongo para esta Navidad, época de amor y concordia, que intentemos sonreír un poquito cada día, que demos lo mejor de nosotros para recibir lo mismo de los que nos rodean, que cenemos Albran si lo creéis oportuno, pero sobre todo que intentemos mirar el vaso medio lleno de cara a 2011. La crisis, la lluvia y el euribor ya se encargarán de ponernos a prueba.
Creo que mirar las cosas que nos ocurren, la vida en general, con un cristal distinto, más amable, más optimista, ayuda a sentirnos mejor, a encontrar en lo bueno lo excepcional, en lo regular lo bueno y en lo malo lo regular. De otro modo, el árbol jamás nos dejará ver el bosque.
Con esta actitud nueva dejaremos de llorar por no ver el sol y, al final, avistaremos las estrellas o esa ventana que se abre tras cerrarse la puerta.  Y creeremos que el futuro, que se fabrica segundo a segundo, puede ser mejor que el presente, que se diluye en el pasado, también instante a instante.
Felices Fiestas a todos!!! 

P.D. No soy creyente, pero considero que debe haber al menos un momento en el año en el que  nos detengamos a reflexionar sobre nosotros mismos, nuestros seres queridos, nuestro entorno e intentemos ser mejores personas, mejores padres, madres, hij@s, herman@s... mejores amig@s y, sobre todo, logremos ser mejores amantes de la vida. De este modo seremos más felices y contribuiremos a la felicidad del resto.

domingo, 17 de octubre de 2010

Cuando dejé de ser periodista

Hay pocas vocaciones que se echen tanto de menos como la de ser periodista. Y es que no hay acontecimiento social o informativo que no te recuerde que tú podías haberlo vivido en primera línea, con grabadora, libreta o cámara en mano. Una deja la profesión por intentar prosperar, por lograr estabilidad económica y laboral, pero sobre todo porque no es profesión para desmotivados ni para “viejos”. No es que me sienta “vieja” o desmotivada cuando opto por cambiar de actividad, pero sí tengo ya la certeza que el transcurrir de los hechos me llevarán, en algún momento, a ese punto en el que estar en primera línea de fuego no suple trabajar por un sueldo irrisorio fines de semana y festivos, intentando no ver día tras día que el periodismo es un negocio en horas bajas.
Atrás dejo compañeros y amigos, pero también una pasión, la de narrar cosas para los demás, un vacío que tendré que mitigar escribiendo en foros o blogs como éste. Y lo hago por agarrarme a un tren que dejé pasar hace una década y que ha vuelto para pararse en mi puerta y recordarme que enseñar es otra manera de contar cosas. He cambiado a políticos, concejales, alcaldes, representantes, asesores y demás fauna social... por niñ@s de entre 6 y 12 años, los cuales me demuestran cada día que lo que hacía antes sólo era un juego de infantes.
El país va como va por la educación que les damos a nuestros hijos, futuros políticos de una sociedad que se resquebraja hoy como una hojarasca y donde los valores sólo se intuyen; una sociedad donde la educación se da en un centro saturado y con unos maestros que carecen de las herramientas necesarias para trabajar según las reglas actuales. Los padres se han convertido en abuelos, plenos consentidores de los deseos de su prole, y los abuelos en unos padres con las pilas muy gastadas. Entre tanto, el/la maest@, sin autoridad legal para casi nada, debe enseñar y educar.
 El docente, además de ser el/la que transmite los conocimientos que los menores deben adquirir, es padre/madre de sus alumnos durante el horario lectivo, psicólog@, amig@, especialista en los distintos trastornos evolutivos y de maduración, detector de maltratos y un sinfín de cosas más que, por no aburrir, no relataré aquí. Y si todo eso fuera poco, el/la maestr@ tiene que responder ante la administración y los padres, cuya mayor preocupación son los resultados, sin importarles las circunstancias que a diario debe hacer frente el docente para, a veces, sólo educar.
Se ha avanzado mucho y en el aula se detectan más anomalías en el desarrollo físico, psíquico y mental que hace dos décadas, pero estamos a años luz de poder responder a las necesidades de una clase con 25 alumnos distintos, con necesidades educativas dispares y con una falta de autoridad por parte del docente que en los niveles de Secundaria incluso acojona. Debemos reflexionar todos, administración, docentes, padres, sociedad..., para lograr un cambio metodológico sino queremos criar entre todos a la tercera generación NINI.
Lo bueno de cambiar de profesión pasados los 30 es que sé a lo que me enfrento, no parto de esa utopía que un día me llevó a estudiar y trabajar en el periodismo pensando que los medios de comunicación son libres y que el lector, el oyente o el espectador realmente está siendo informado de la verdad con objetividad en todo momento. Espero saber enfrentarme en este nuevo reto que inicio al sistema educativo, a los padres y a los alumnos y hacer un buen trabajo, algo que en los apenas 20 días que llevo como maestra sé que nada tiene que ver con objetivos o contenidos conceptuales. Por desgracia, hay que partir de donde los padres lo dejan, un lugar cercano a lo que significa educación y distante del trabajo propio de la enseñanza.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Instantes antes

La vida te puede cambiar en un instante y es en los momentos previos, conscientes o inconscientes, cuando todo es posible. Hoy estoy en uno de esos momentos, quizás mañana también, porque cada día tiene ese instante, ese momento en el que nuestra vida puede dar un giro. Y éste puede ser para bien o para emprender una lucha, ya que, sea cual sea el motivo por el que nuestra vida cambie, siempre conllevará una lucha, siempre, incluso cuando conseguimos el mayor de nuestros anhelos, incluso entonces hay que luchar para mantenerlo.

Hoy escribo esto por que, pase lo que pase en ese instante que espero, quiero poder releer estas letras y saber que estoy preparada para afrontar cualquier cosa que me depare mi destino. Es emoción, nervios, miedo e ilusión lo que embarga mi corazón, pero sobre todo optimismo, porque sólo con este sentir se puede asumir el paso de este instante a otro de lucha.
Me preparo para lo peor y espero lo mejor. Es esa ilusión la que mantiene viva el alma y por la que somos capaces de seguir caminado a pesar de todo lo que nos sucede.
Momentos antes de ese instante en el que sabemos que todo puede cambiar, la calma es la mejor de las consejeras. Gracias a ella podemos ver más allá de lo malo, incluso de lo bueno, que nos traiga ese instante.
Y ese instante puede ser tan vulgar como una llamada de teléfono, una consulta al médico o tan corriente como cruzar una calle sin mirar. La vida es una carrera de fondo y no siempre tenemos el avituallamiento apropiado, por eso sólo dependemos de nosotros y de nuestra capacidad para ver de lo bueno lo mejor y de lo malo el futuro, siempre prometedor.

Así ando yo hoy, esperando ese instante que me vuelva la vida del revés, y lo espero para sacar de las costuras de mi vida dada la vuelta lo mejor. Hay instantes que llegan sin esperar y otros que se hacen de rogar, de ambos espero que haya en mi vida, señal de que la vivo con emoción e intensidad. Pido fuerzas para emprender cualquier lucha. Y ahora, respiro hondo y preparo mi cuerpo, mi mente y mi corazón para encajar ese instante con la mejor de las sonrisas. Ahora, sólo puedo hacer eso. Luego, luchar.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Cosas del desamor

La línea que separa el amor del desamor es tan delgada como la que a veces divide la vida de la muerte. Quizás por eso nos sentimos vivos cuando amamos y muertos cuando Cupido nos deja tirados en la cuneta. Hay miles de libros escritos gracias al desamor, igual que telenovelas y culebrones, y es que cuando alguien al que amas te dice que ya no siente lo mismo que al principio, que la relación no es posible por una u otra cuestión y que te desea lo mejor en el futuro porque te lo mereces se convierte en uno de los mejores argumentos para rellenar páginas de libros de autoayuda y minutos de televisión o cine.

Y todo porque cuando el ser amado se pone frente a ti y te cuenta su visión de la relación es como si en ese instante alguien te arrancara el corazón de un mordisco y lo arrojara a una hoguera, una en la que se queman, además, los cientos de recuerdos que en ese momento llegan a tu mente intentando encontrar el por qué, la explicación que resuelva la ecuación que se te ha impuesto y de la que ni siquiera encuentras la equis a despejar. El problema es que esa operación no tiene solución, al menos no la que en un principio quieres hallar, pero de eso te das cuenta meses después.

Hasta que llega ese día, se pasa por distintas fases: incredulidad, negación, alegría desmesurada, odio y, finalmente, aceptación. Hay que pasar por todas y cada una de ellas para superar esta crisis, aunque hay quien desarrolla alguna más. El caso es que sólo cuando aceptas que no has tenido la culpa de ese desamor, que no es un fracaso que añadir a tu vida y que veces las cosas terminan sin que se sepa muy bien el por qué puedes avanzar y mirar al futuro. Al fin y al cabo es en él donde tienes que pasar el resto de tu vida.

Para ir en busca de ese futuro, siempre prometedor, sólo hay que andar y no perder un segundo en mirar atrás, fijarte como meta la propia felicidad, la cual está, gracias a Dios, en muchos más lugares que en el corazón de una sola persona. Búscala y disfrútala. Del desamor se sale, como de una gripe de invierno, sólo hay que tomar los medicamentos adecuados para curarse por completo y prepararse para la primavera, que cada año llega inexorablemente.

La medicación no es otra que una dosis de paciencia, calma y sosiego para aguantar la llegada del cambio de estación, mezclada con otra de optimismo, ilusión y esperanza para vislumbrar mejor el futuro, porque cualquier cosa llega a ser mejor que continuar al lado de alguien que no te quiere ni te respeta. Para endulzar esta píldora contra el desamor los amigos son el mejor azúcar, así que abusa de ellos lo que quieras porque no engordan.

Sobre el dicho de agarrarse a un clavo ardiendo, olvídalo, no sirve de nada, y de aquel de que una mancha de mora con otra se borra asegurarte desde aquí que sólo alivia, pero no cura. Contra la flaqueza, el desánimo y la desesperanza que te invadirán a diario sólo te tienes a ti mism@ y a la firmeza con la que creas en tu futuro. Vive y no te dejes matar por alguien que no te merece.

P.D. Para los que un día sintieron que su corazón se partía en dos.

martes, 24 de agosto de 2010

La diferencia entre parcela y chalet

Para mi un bolso nunca será un Gucci ni unos vaqueros unos Levi's. Esto es algo que recordé hace unos días gracias a la visita que unos amigos hicieron a la parcela de mis padres. Ellos se empeñaban en llamarla chalet y yo parcela. Y es que tras cada ladrillo, baldosa, maceta, mueble, pared, reja, jardín, piscina, barbacoa o seto que tiene la mencionada parcela están mis padres, trabajando de sol a sol en sus días de descanso para convertir un terreno baldío en una segunda residencia. Mi padre es un manitas, un hombre del renacimiento, todo lo sabe y encima, lo sabe bien. Mi madre, impasible al tiempo y a la desesperanza, es lealtad, ánimo y sacrificio personificado.

Por otro lado, todos sus ahorros están ahí, en ese terreno, al igual que sus vacaciones, sus sueños y sus esperanzas, por esta razón pregunto ¿cómo puede ser un chalet algo que ha costado tanto sudor y sacrificio? Los chalet son de aquellos que se encaprichan de un terreno y pagan porque les hagan una casa con piscina o de aquellos que directamente se van al Brillante y adquieren una segunda residencia. No sudan, no trabajan, no se sacrifican, no fabrican su sueño, mis padres sí.

Recordé entonces lo que me cuesta llamar a algunas cosas por su nombre, aunque lo merezcan, y me detuve a reflexionar el por qué. La respuesta está en la educación. La mía, ésa que me lleva a ser en ocasiones demasiado humilde (cosa que no es del todo buena), se la debo a mis padres, a los que, por otro lado, les debo la mayor de las admiraciones. Creo que no podría lograr lo mismo que ellos, porque, entre otras cosas, no tengo la entereza para perseguir un sueño durante 30 años. Eso sí, gracias a ellos hoy sé lo que cuestan las cosas, y que unos Levi's soló son unos vaqueros y que un Gucci es sólo un bolso con una etiqueta.

Todo en esta vida tiene un precio. El coste puede ser económico, que es medida que utilizan muchos para todas y cada una de sus cosas, o sacrificio y esfuerzo, que es la que usan otros. Para algunos, lo de trabajarse un sueño supone un precio demasiado alto. Para otros, como mis padres, es ley de vida: "Si quieres algo en la vida y no puedes comprarlo con dinero, vas a tener que ponerle ingenio y sudar para conseguirlo". Y eso es lo que han hecho mis padres desde que yo tengo uso de razón, sudar y sacrificarse por una idea, un sueño. La pena es que a veces, desde fuera, pienso que lo disfrutan menos de lo que deberían una vez que está "casi" conseguido.

Y digo "casi" porque hay cosas que parecen no tener fin. Entre otros motivos porque llega un momento en el que te acostumbras a perseguir tu sueño y crees que perderá interés cuando no te quede nada por lograr. A mis padres les ocurre esto, por eso nunca terminan de ponerle la guinda al pastel, vamos a la parcela, aunque siendo justos tendría que decir chalet. Quizás nunca sale de mi boca esta palabra para nombrar la segunda residencia de mis padres porque de ellos tampoco sale. Mi madre en alguna ocasión la ha llamado "Villa Berrinches", pero nunca chalet, quizás ellos también pequen de humildes.

El caso es que puede parecer que llamando parcela a la parcela de mis padres le quito importancia, que ellos mismos se la quitan, pero en realidad es todo lo contrario. Si te pones a pensarlo durante un segundo te das cuenta que muchos tienen un chalet maravilloso a golpe de talonario, pero pocos poseen una parcela que parece un chalet, sobre todo si el coste son 30 años de entrega.

Dicen que las cosas se valoran cuando ha costado conseguirlas, creo que 30 años es tiempo suficiente para afirmar que es cierto. Sé que esa parcela significa mucho para mis padres, pero también para mi hermano y para mi, porque gracias a ella, hemos aprendido, crecido como personas. Grandes momentos de nuestra infancia, adolescencia y juventud los hemos vivido allí; espero que también de nuestra madurez y vejez. Ojalá la historia de "Villa Berrinches" y de los tatarabuelos Rafa y Rosa se cuente a la luz de la chimenea algún día.