lunes, 5 de agosto de 2024

Duques y duquesas. Año I

Este curso se han cerrado las puertas de uno de los colegios referentes en Andalucía, uno de los colegios que ha marcado la diferencia en todos aquellos maestros que han pasado por sus aulas, ha cerrado una institución en muchos aspectos de la educación. Ha cerrado el colegio público Duque de Rivas, asentado en una de las barriadas de Córdoba capital más problemáticas a nivel sociocultural. Ha estado muriendo poco a poco durante la última década, delante de la administración, que lo ha dejado morir sin evitarlo, para no hacer ruido. De hecho el cierre de este colegio público apenas ha cosechado unos pocos titulares en los medios locales, no se han investigado las causas, ni el origen, ni el futuro de esos alumnos, tampoco se han esforzado los medios en hacer un reportaje, por ejemplo, en boca de los que realmente saben del tema, se han dejado llevar por la fuente oficial, se ha cubierto el expediente y listo, y es que el periodismo últimamente está, digamos, regular, pero eso da para otra historia. Falta de ratio, han esbozado desde la Consejería y unas pocas frases más que quedarán por demostrar en un futuro próximo.

En estas líneas pretendo resumir mi paso por este centro, en el que he estado cuatro cursos postpandemia. Recalco lo de mi paso y experiencia, porque el Duque ha dejado una huella distinta a cada uno de los docentes que como yo nos hemos dejado la piel para intentar insertar en las cabecitas de nuestros alumnos algunos de los valores y conocimientos, llamémosles universales, que deben darse en la sociedad de hoy día y que nada tienen que ver con la cultura que se tenga, la etnia ni demás historias que nos venden. Es una visión ésta personal e intransferible, vuelvo a repetirlo, porque no quiero herir ni menoscabar sentimientos ajenos.

Curso 19/20. Año I. Para mi traspasar las puertas del Duque de Rivas fue entrar en territorio comanche, y creo que no me equivoco si digo que como para todos los maestros, personal de administración, monitores y demás voluntarios que han tenido el gusto de elegir este centro de trabajo. Y es que por mucho que los docentes "decoren" el interior del centro, tú sabes antes de entrar en él que aquel colegio es distinto a todos los demás porque cuando conduces el coche por las calles del barrio de Las Palmeras en busca del Duque te das de bruces con una realidad de la que la mayoría de los cordobeses no saben nada, creo que se desconoce por una ignorancia escogida. Coches abandonados, basura acumulada por los rincones, enseres por todos lados, corrillos de vecinos entorno a una hoguera si hace frío o cantando bingo si hace buen tiempo. Aparcas tu coche al lado de contenedores quemados o de un carro que parece abandonado y te diriges a la entrada del centro a través de un camino de tierra, que a duras penas encuentras porque parece que a este centro se accede por la puerta de atrás. Este año aún tenía timbre, así que pude llamar. Apareció una mujer, que se me presenta como la portera, me abre con una sonrisa y me dice que es María Jesús, un encanto de compañera que casa poco con el armario empotrado que yo hubiera colocado en este centro cuando empecé a leer sobre el mismo.

Colegio Duque de Rivas. FOTO Patricia Cachinero.
















El hall está "decorado" con trabajos de los "niños", pero a poco que sepas de niños y trabajos manuales te das cuenta que detrás de esos posters está la mano de docentes voluntariosos. Pregunté por la directora y aparece María Auxiliadora Blasco, una mujer menuda, rubia, con ojos azules y cara de ángel, que para nada te cuadra tampoco con lo que se supone que debe ser la dirección de un centro de difícil desempeño. Entré en su despacho y estando allí me relaje con ella, con su voz dulce y su amor a sus niños y a su centro, en esos momentos sí que me pareció que estaba en un despacho de dirección de un centro "normalizado". Su entusiasmo por la educación te embriaga y por un momento olvidas aquella etiqueta de difícil desempeño. 

Tras esa charla informal, en la que me dice que seré especialista de música y maestra de apoyo en la ESO, me señala que le pida a la portera las llaves y que me enseñe el centro. Es un colegio mastodóntico para la ratio que tiene. Es en este instante cuando la realidad del centro te golpea. María Jesús, antes de comenzar el paseo por el centro, busca en el cajón de su garita las llaves de la maestra a la que sustituyo, llevaba allí una década, y me suelta encima de la mesa un manojo de llaves que me pesa como sus indicaciones al darlas. "Aquí todas las puertas tienen llave y el maestro las abre y las cierra cada vez que entra en un aula, sala de profesores, fotocopiadora, biblioteca, baño, aula de informática, de música...todas", inmediatamente al ver el peso del manojo pensé "se ve que cuanto más años pasas en el centro más llaves vas recolectando porque cada vez debes de tener acceso a más sitios", erré, todo el mundo lleva el mismo peso en sus bolsillos. Me dediqué una mañana entera a ver qué puertas abrían las llaves de mi manojo, descarté al final la mitad, nunca supe que abrían. 

Por los pasillos me fui encontrando compañeros, todos con sus manojos de llaves colgadas al cuello como un yugo. Entendí entonces que debía comprarme un colgante para las llaves, donde fueres haz lo que vieres. Parecían amables, contentos, se respiraba buen ambiente. Después de la pandemia se notaba que tenían ganas de verse en directo, de trabajar codo con codo. Me paré en uno de esos corrillos, me presenté y pregunté aquello de ¿qué tal en este cole? Todos se miraron, esbozaron una sonrisa y contestaron como si hubieran "olvidado" lo que supone trabajar en el Duque. Y de esto me doy cuenta ahora, que llevo apenas un mes fuera del Duque y que casi tengo olvidado lo malo. En mi memoria quedan los buenos momentos entre compañeros, con los niños cuando estaban de buenas porque habían dormido, comido y no habían vivido ninguna redada, ni reyerta, ni problema el día anterior en sus casas. Cuando hemos ido de excursión, en las fiestas y convivencias. Entiendo que en aquel momento mis nuevos compañeros no me alertaran como debían, no podían, estaban disfrutando de un reseteo total en sus memorias. Solo mi querida Aurora, que he visto jubilarse por la puerta de atrás, me dio varios detalles sobre esa realidad, me tranquilizó y me mostró el apoyo de todos si lo necesitaba. 

Este primer año no fue el más duro a pesar de que enseguida me pusieran un mote, me empujaran por las escaleras, se cagaran en mis muertos, me llamaran puta, me amenazaran o se encararan conmigo día si y día también como si les fuera la vida en ello. Di lo mejor de mí ese primer año, tras la pandemia aún existía el miedo entre los vecinos de Las Palmeras al virus y ponerse mascarilla no era muy de su agrado, así que las aulas estaban al cincuenta por ciento de la ratio normal, que ya de por sí es baja. Eso me ayudó seguramente a pasar un año decente, teniendo en cuenta el entorno. También me ayudo tener al lado a compañeros veteranos como Antonio, tutor de la ESO, que me guio en esa jungla difícil de entender tanto en los estamentos que rigen el colegio por arriba como por abajo. Y es que en la vida la diferencia la marca el cómo tú te tomes las cosas y yo allí he aprendido a tomarme la vida en su justa medida.

Mi mejor magisterio se lo entregué al Duque ese primer curso, estaba llena de proyectos, de ideas, para hacer frente al terreno hostil que diariamente ofrecían los alumnos. Estoy orgullosa de ese primer año, por cómo lo llevé, emocional y anímicamente, por cómo me enfrenté a la adversidad diaria, y por lo que creo trasmití y enseñé, que nada tiene que ver con currículo dicho sea de paso. Empecé sabiendo dónde iba, me informé, me mentalicé, pero sobre todo creo que me salvó la ignorancia del que no sabe que haga lo que haga no obtendrá los resultados esperados. Aposté con todo. Sin miedo, con ilusión y motivada. Ésa fue mi suerte.

Continuará...


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