martes, 6 de agosto de 2024

Duques y duquesas II

Tras ese primer año en el colegio Duque de Rivas, he de decir que creo que todos los que hemos pasado por allí nos hemos sentido como, en mi caso, una mujer maltratada, en mayor o menor grado y si nos vale esta comparación, si no perdonen la ofensa si la hubiera o el error en la misma, pero mi entendimiento no alcanza a comparar la vida en el Duque en esos primeros años de aterrizaje con otra situación cualquiera. Una mujer maltratada que ha ido gestando poco a poco un síndrome de Estocolmo. Y es que como tal hemos comprendido y disculpado a nuestros agresores verbales diarios, que no dejaban de ser niños, con unas circunstancias particulares, no deseables a ningún menor en algunos de los casos, pero cuestiones, aunque reseñables y atenuantes, que no quitan para que sus acciones se reciban de este modo por los que nos hemos puesto enfrente de ellos cada día. El maltrato a los maestros ha existido tanto psicológicamente, como físicamente, puesto que también hemos sufrido empujones y manotazos, y esto es una realidad, mi realidad, mi paso por el Duque de Rivas. Con atenuantes, con excusas, con síndromes y con mucho amor y comprensión por parte de los docentes a esa realidad y entorno, pero con esa vivencia palpable cada día también. No todos los que conocí pasando por estas aulas estuvieron a la altura, no por debilidad si no por falta de fortaleza, que es algo muy distinto. Y es que para soportar todo eso hay que estar hecho de otra pasta.

Como ya esbocé en el primer capítulo de esta historia, depende de ti que las cosas te sucedan como quieres que te pasen, y yo no quería que mi paso por el Duque me pasara factura. En este tipo de centros de difícil desempeño es primordial entender esto en las primeras semanas. Yo creo que lo comprendí muy pronto y que por eso, y con la ayuda de mis compañeros y la baja ratio por el COVID, recuerdo aquel primer curso con momentos puntuales desagradables, más de lo que suele ser normal en cualquier colegio de la ciudad, pero que no lograron enturbiar mi visión global del mismo, ni de lo que sería mi paso por él, ni de mi situación actual o estatus futuro en el centro. Como me dijo mi compañero Bartolomé al conocernos: "cada año que superas en el Duque de Rivas es un rango que te cuelgas", él en aquel entonces ya era teniente y yo solo alférez. Ambos nos despedimos del Duque juntos, con la batalla ganada, él como teniente coronel y yo comandante, ahí es nada.

Curso 20/21. Año II. En mi segundo curso en este centro de difícil desempeño, ubicado en una de las barriadas de Córdoba más conflictivas para los cuerpos de seguridad del estado, continué siendo especialista de artística y maestra de apoyo en la ESO. La secundaria ha sido mi casa en el Duque, me he sentido cómoda, a pesar de todo, pero reconozco que siendo especialista tu supervivencia en estas aulas depende mucho de qué tutor estuviera al frente de esa clase, tuve la gran suerte en este año también de seguir contando con Antonio y Mª Carmen, dos tutores veteranos en la ESO que a pasear de llevar las clases y a sus alumnos de forma muy distinta, yo pude lograr, gracias en parte a ellos, enseñar mis materias en la medida de lo posible allí y ayudarlos en las suyas.

Mis ideas y proyectos seguían vivos, mi motivación intacta. En este año las clases eran más numerosas, el COVID ya había pasado a la historia y aunque los vecinos de este barrio seguían usándolo como excusa para dejar unos días a sus hijos en casa, nada tenía que ver con el curso anterior. A pesar de tener el mismo impulso que el año anterior, reconozco que ya partía del conocimiento de los resultados obtenidos el curso anterior. Esto puede parecer una ventaja, y lo es, ya no te das de bruces con realidades que allí no tienen cabida, ya sabes qué funciona y qué no, pero al mismo tiempo que no hay errores, tampoco hay nuevos aciertos. Este año fue muy cómodo para mi en este sentido, todo lo que llevaba a clase salía adelante (teniendo en cuenta el entorno, claro). Los proyectos y las ideas estaban recortados a medida de cada clase de la ESO, a cada uno de los alumnos que ese día aparecían por la aula. Había menos errores, lo que suponía clases más tranquilas. Y eso allí es lo que más se valora.

Sin embargo, aunque el magisterio que desarrollé ese curso podía tener casi un 90% de aciertos, porque conocía el nivel y los perfiles/caracteres de los alumnos y trabajaba partiendo de eso y no del nivel que se supone debe tener una clase de ESO, ese curso me di de bruces con otra realidad. Con Elena, mi querida Elena.

Elena era una niña con una gran proyección en sus primeros cursos de Primaria, de hecho el periodista cordobés José Juan Luque, obtuvo el II Premio Andaluz de Periodismo Social Alberto Almansa, en su categoría de medios convencionales, por su reportaje “El giro de Enma”. Un trabajo que ahondaba a través de la historia de esta niña de étnica gitana el fracaso de la sociedad y de las instituciones en su intervención social y educativa en el barrio de Las Palmeras.

 Y es que se escogió a Elena por parte de su tutor y de la dirección del centro porque cumplía los requisitos para lograr un futuro "normalizado", no quiero decir mejor, porque espero que para ella, el futuro que finalmente eligió o le dieron es el que realmente la está haciendo feliz. Era inteligente, líder, independiente, con ganas de hacer cosas fuera de su barrio, de descubrir el mundo exterior y con unos padres que dieron su beneplácito a que ese reportaje se fuera cosechando a los largo de los años, algo que ya dice mucho de ellos.

Yo la conocí en mi primer curso en el Duque, ella estaba en primero de ESO y fue la que me puso el mote "pelos gamba", me imagino que fue porque entonces tenía el pelo cobrizo y rizado y no se le ocurrió nada mejor en ese momento. No fue un mote cruel, con el tiempo y escuchando otros, lo vi hasta cariñoso. Era líder natural en la clase, de ahí que parte de mis esfuerzos durante las clases fueran ganarme su confianza. Creo que en ese primer año lo logré, hasta donde ellos ofrecen, por supuesto.


En el segundo año, a los pocas semanas de comenzar el curso, empezó a estar distinta. Más pensativa, cabizbaja, algo le estaba pasando porque al preguntarle solo encontrabas a una fiera defendiéndose. Un lunes, nos enteramos de lo que quizás le había estado rondando la cabeza, se había escapado con su novio, del que ninguno sabíamos nada, porque para ella en aquel primer curso de la ESO los chicos no eran su prioridad, ni las relaciones, incluso esbozó alguna vez el asco de practicar ciertas cosas. Los maestros, en general, y yo en particular, la animábamos a seguir pensando así, a centrarse en lo importante, a ella y al resto de chicas. Ya sabemos que las mujeres de etnia gitana se casan muy pronto, lo veíamos allí todos los días como antiguas alumnas dejaban  a sus hijos en Infantil. Y todos intentamos cambiar eso. Pero se ve que a ella ese verano hacia el segundo de la ESO le cambió las tornas.

Tras escaparse con el novio y pasar una noche fuera, las leyes gitanas marcan que ya ha habido un "arrejuntamiento", que la mujer no es pura y eso sirve ya como un casamiento, aunque por la puerta de atrás, algo que ella me había dicho mil veces que no quería, que era una deshonra para su familia y que ella quería una boda por todo lo alto. Pero no casarse así tenía peores consecuencias. Tras esto empezó a venir menos, ya no era su madre la que la custodiaba sino su suegra, una mujer también prudente y responsable con el tema del colegio (todo al nivel de allí, claro), pero se ve que cuando una mujer se "casa" el rango de prioridades para la familia cambia. Vino unas cuantas semanas más, en las que me dijo a su manera que se arrepentía de lo sucedido, al menos del cómo, pero ya era tarde para ella, había caído en la espiral de las leyes y normas de la cultura gitana, y de ahí hay que ser muy valiente y contar con mucha ayuda para salir. Yo entiendo que ella no habló y que la familia ajena a ese sentimiento tampoco ayudó, y quiero creerlo así porque me duele menos.  

Dejó de venir a clase y a las pocas semanas, aún en el primer trimestre, apareció con su madre. Estaba embarazada. Su cara expresaba todo lo que puede expresar una niña de 14 años en esa situación, leí entre líneas ese día tantas cosas en sus ojos. Me sentí tan poca cosa para ayudarla, solo era una maestra, ni siquiera su tutora. "Yo no quiero esto maestra", me dijo mientras su madre hablaba con la directora para dejarle un parte médico que justificaría las faltas futuras que iba a tener por su embarazo. "Díselo a tu madre, hay solución", alcancé a decirle mientras se iba. Insuficiente. 

En el despacho su madre y la directora estuvieron un rato hablando, no mucho, pero la cara de mi compañera era como la de todos en aquel instante, "no podemos hacer nada. Ella es su madre. Ésa es su cultura".

La noticia del nacimiento llegó al cole, la tía de la niña que nació, compañera de Elena asistía todavía al centro. Su propia hermana también. Nos enseñaron fotos orgullosas de su sobrina y vimos lo preciosa que era. Sin embargo, al preguntar por ella, por la madre, por nuestra Elena, las palabras no salían de sus bocas, ni ahora tras el nacimiento, ni durante los meses de embarazo. Nunca más supimos de ella, desapareció del mapa, ni su hermana ni su amiga, ahora cuñada, nos contaron jamás realmente cómo le iba la vida, solo acertaban a decir "bien" al preguntarles. A veces entre los cuchicheos del resto de compañeras salía a relucir su nombre en voz baja, señalando algo de su vida marital y de su nueva familia, los comentarios no eran buenos, y lo entiendo porque Elena tenía carácter, se debió sentir en muchas ocasiones en su nueva vida como una animal enjaulado y entiendo que cuando pudiera mordiera. Quiero pensar que su "sacrificio", su ejemplo, pudo servirle a otras compañeras que como ella ese año lo acabaron prometiéndose, pero ya lo hicieron como se debe según cánones, con su pedida, su boda y todas sus peladillas. Quizás Elena se sintió atrapada, sin otra posibilidad para estar con el chico que quería, al menos todo lo que a esa edad se puede querer, quizás la engañaron o se dejó llevar por las bajas e inexpertas pasiones, propias y ajenas. Las normas gitanas son muy claras y restrictivas en este respecto y lo pagó con su libertada y sus sueños por cumplir.

Cuando su recuerdo me viene a la memoria, como ahora con estas líneas, intento imaginarla feliz, a su manera de entender la felicidad, colmada por el amor hacia su hija y con un marido que la respete. Intento no culparme demasiado por no haber hecho más, si es que se podía, porque las palabras, el espíritu crítico, los valores, la independencia de la mujer y todas las parrafadas que hemos intentado  hilvanar con los años en aquellas cabecitas se desmoronan cuando chocan de frente con la cultura y costumbres heredados y repetidos de generación en generación, sintiendo, sobre todo ellas, que aquello que viven o esperan vivir no está mal, sino bien, porque su madre y su abuela ya hicieron lo mismo.

Me di de bruces con esta realidad, que puso lo blanco sobre negro, que me abrió los ojos de lo yermo que iba a ser mi trabajo allí, y ya no es que tuviera poco que ver con el currículo marcado por la administración, sino que ni siquiera saltándonos eso éramos capaces de hacer germinar ni una sola semilla. Y es que Elena era esa semilla llamada a prosperar, a ser generadora del cambio y, finalmente, como todas las demás se dejó polinizar por el entorno. En mis dos años en el Duque solo la conocí un poco, lo suficiente para apostar por ella, pero me imagino las tristeza interior de todos mis compañeros que crecieron junto a ella desde Infantil y que llevaban años esperando ver algún fruto. Me imagino la impotencia de no ver solo sucumbir a una Elena, si no a todas las que han pasado por ese centro y que como ella cumplieron finalmente con los cánones marcados desde su nacimiento. 

Espero y confío en que Elena, nuestra Elena, consiga salir de esa jaula algún día, vea las cosas tan claras como cuando la conocí, logre apostar por su hija y cumpla, a través de ella, sus sueños perdidos. Espero que por ella sea más fuerte de lo que pudo ser que para sí misma y que al final consiga provocar el cambio generacional necesario en este barrio.

Este final de curso fue duro y muy desmotivador.

Continuará...




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