Ayer salí a andar con mis vecinas y al concluir la hora nos sentamos en una terracita a refrescarnos. Pero la idea en realidad era darnos un premio por el esfuerzo mantenido que llevamos haciendo durante el último mes, en la que hemos salido a andar un par de días a la semana, a más o menos buen ritmo, según nos comentan los chicos del residencial donde vivimos. "No está mal", esbozan pensando seguramente "eso no les sirve para nada". Y nosotras lo sabemos también, ninguna de las "taras físicas" que salieron a relucir mientras degustábamos nuestra cervecita se arregla con salir a andar una hora escasa un par de días a la semana. Pero bueno, he de destacar que todas hemos cumplido la cuarentena en años, hemos sido madres y la vida no nos da para más, tampoco el dinero, que si no otro gallo nos cantaría a todas, que nos hubiéramos librado a mano de bisturí y tratamientos de papadas, bolsas de canguro, celulitis, párpados caídos y demás miserias que todas tenemos en un abrir y cerrar de ojos, o eso decimos, que luego en realidad a todas nos da canguelo pasar por quirófano.
Este tema suele ser recurrente en las mujeres de nuestra edad, al igual que terminar la conversación reseñando que "para la edad que tenemos estamos divinas", y es cierto. Tengo 47 años y no puedo estar como una de 37, eso es físicamente imposible, a no ser que sacrifique parte de mi vida en correr por delante de mi edad para que ésta no me alcance, y eso es complicado cuando me paso el día corriendo para llegar a donde debo.
El cambio físico en las mujeres después de los cuarenta es normal, está en la hoja de ruta de todas nosotras, hay que aceptarlo y combatirlo, por qué no, si una quiere, pero sobre todo para que no ocurra lo contario, y es parecer más mayor de lo que realidad se es. Sin embargo, ayer lo que nos afectaba de verdad, aunque tiene remedio como todo lo anterior, es la presbicia, porque ésta no se puede disimular con ropita mona holgada donde debe de serlo. La presbicia no se arregla como las canas, pasando una vez al mes por la peluquería y luego ya te olvidas, la presbicia te delata en el supermercado cuando no puedes leer los ingredientes de algún producto, en la calle cuando no aciertas a leer con claridad los WhatsApp que te llegan, en casa cuando lees un libro. La presbicia es el punto de inflexión hacia la caída, llega sobre los 45 años y no deja a títere con cabeza. Con ella no ocurre como por ejemplo con la miopía, que se disimula muy bien y además no la tiene todo el mundo, de la presbicia ni se libra nadie ni se puede disimular. Es entonces, con la presbicia, cuando te das cuenta que te has hecho mayor, o al menos, más mayor de lo que te creías eras.
Llegados a los 45 te presentas ante el espejo con la mitad de tu vida vivida y miras hacia el futuro con lo cosechado en esos años, tanto física, económica como emocionalmente. Y ahí en cuando le vienen los traumas a muchos. A nosotras no, que conste. Esos a los que sí, se vuelven vigoréxicos, cambian de pareja o se plantean su futuro laboral. Esto último como es más complicado en España no se suele cambiar, casi nadie tiene el coraje de dejar su trabajo a esta edad porque no se sienta valorado, pero darse un garbeo por el mercado, mirar el menú aunque se esté a dieta y apuntarse al gimnasio para perder unos kilitos...eso sí, eso lo hacemos todos. Reconocedlo. Que será porque ya te duele la espalda y tienes que cuidarte, que será porque hay chicos y chicas muy monos por las calles y no pasa nada por mirar, que sí, pero que con 30 años no lo hacías o lo hacías menos. Al menos la gente de mi generación. Lo haces ahora con 45 porque ya no te queda otra, porque necesitas reafirmarte en tu relación contigo mismo, con tu pareja, y con tu trabajo. A esta edad te tiene que gustar lo que tienes porque si no es así, vas a pasar el resto de tu vida en un trabajo que no te gusta, con una pareja que no entiende y con unos kilos que no soportas ni emocional ni físicamente.
Y dicho esto, para arreglar el mundo y a nosotras mismas, al menos sobre el papel, mis vecinas y yo nos tomamos un par de cervezas y un trío de pinchos, no hubo miedo a las calorías porque, al final, para la edad que tenemos "estamos divinas".
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