jueves, 8 de agosto de 2024

Duques y duquesas IV

Este será el último capítulo de esta serie en la que he narrado apenas un uno por ciento de mi paso por el Colegio Público Duque de Rivas. Han sido cuatro cursos apasionantes, en los que nunca he sentido que llevaba las riendas, en el que cada día era distinto, bello en ese sentido, aunque lo que lo hiciera así fuera ver explotar a veces a niñ@s llenos de rabia, rencor, frustrados, desmotivados y faltos de algo que no llegué nunca a descubrir. Esas cabecitas, esos corazones, necesitaban tanto de algo, que los docentes creo que nunca lo llegamos a descubrir por mucho que lo hayamos intentado, sobreponiéndonos al entorno,  empatizando, entendiendo y comprendiendo la mayoría de los hechos que sucedían en nuestras aulas. Siempre he pensado que todos hemos necesitado un psicólogo en el centro de forma perenne, pero tanto para los menores como para los adultos; unos para soltar ese lastre que a diario llevaban consigo y los maestros para entender y dirigir esa energía mal entendida por parte de nuestros niños. Pero ¿quién a esa edad ha entendido el mundo o ha comprendido su lugar en el mismo? Sin duda era pedirles demasiado a unos niños. Y quizás también a los maestros, que hemos sentido que caminábamos solos. Nadie te enseña en ningún sitio cómo se debe ser en Duque.

Las Palmeras es un barrio que necesita una intervención social global por parte de todos los agentes implicados en este cambio, coordinados y con un objetivo claro. Necesita darle la vuelta a todo como un calcetín. Yo, como creo que todos los que hemos pasado por allí tenemos en mente un proyecto, ajenos a los intereses políticos, a intereses propios y demás "mierdas" que a veces rigen una realidad; y es que a todas luces parece que mantener el gueto interesa a mucha gente. Levantar Las Palmeras como es necesario hacer implica molestar a los que ya se han acostumbrado a tener una paga por no hacer nada, por estar fuera de la sociedad sin apenas molestar, por ni siquiera cumplir con las obligaciones que se les exigen supuestamente para cobrarlas, y allí cuando se levantan ampollas se explotan a tiros.

Curso 23/24. Año IV. Este curso lo comencé con la incertidumbre de hacerme con una clase mixta de primero y segundo de ESO. La administración comenzó recordando recursos personales a este centro por la escasa ratio, así que como la única tutora de ESO me tuve que hacer cargo de esa miscelánea de niños. Mi compañera Mª Carmen, la otra tutora de ESO, había logrado después de una década en este centro plaza en uno instituto "normalizado", nos alegramos muchísimo por ella, pero yo al menos lamenté su marcha porque se iba una de las instituciones de este centro, y de las buenas.

Mi clase acogería a once alumnos, un número irrisorio para otro centro, pero no para éste. Sobre todo porque coincidían en el aula  hermanos, primas, varios trastornos graves de conducta, un absentista crónico...un cóctel difícil de digerir. Mi Estrella a las pocas semanas decidió cambiar de cole, me alegré mucho por ella aunque perdí el aire fresco que suponía, pero si quería prosperar era lo más sensato. Allí el que aspira a algo más de lo establecido por ellos mismos se le pega un cogotazo. Espero que le vaya bien y lo haya logrado.

Mi suerte vino con mi compañera Concha, una mujer que a las puertas de jubilarse colocó este cole en su lista del concursillo y a mi me dio la vida. Congeniamos enseguida y juntas nos hicimos fuertes en las trincheras. Ella entendió lo que se "cocía" en el centro y se adaptó rápidamente por su dilatada experiencia, pero a lo largo del curso se fue convirtiendo además en mi secretaria, y es que desde enero mi cabeza no fue la misma. Llegaron también Marta, de Inglés, y Teresa, de apoyo Proa, que sin duda sumaron como jabatas, día tras día. El año anterior como tutora reconozco que no valoré tanto la presencia de mis compañeros en el aula, pero este curso ha sido muy distinto.

Con la perspectiva de tres cursos vividos, a todo aquel que llegaba nuevo y me preguntaba aquello de ¿qué tal este cole?, le hacía una radiografía clara y objetiva de lo que es dar clase en este centro. No esbocé una sonrisa como mis compañeros el día que yo lo pregunté, no tenía el reseteo de meses y creo que es legítimo advertir a las claras de lo que vas a vivir. Siempre he dicho que para estar en el Duque de Rivas no debes traer ninguna "tara" de fábrica, es decir, ningún complejo, no debes de traer mochilas emocionales, debes saber desconectar, recargar pilas y no tomarte nada como algo personal. A Gema, mi alumna de prácticas, se lo dije el primer día que entró por la puerta, y con su juventud, de apenas 20 años, se adaptó a aquella realidad. Espero que mi ejemplo en el aula le valiera de algo, que aprendiera y se llevara la vivencia de Duque en positivo para crecer profesionalmente.

En estos años he visto a compañeros sufrir más de lo debido porque tenían alguno de esos ítems sin cubrir, a mi me pasó también este curso. A partir de enero, y por cuestiones familiares, el ítem "recargar pilas" no tenía lugar en mi casa, mi oasis. Llevaba y traía problemas de la familia al cole y viceversa. Y así no puedes estar. Por primera vez en cuatro años me vi sobrepasada un día por completo, me derrumbé, me vi incapaz de gestionar una batalla como tantas otras vividas, no fue con mi tutoría, que ya la tenía encarrilada, pero igualmente me menoscabó, porque me sentí indefensa, sin recursos y sin ganas.

Así que además de dejar el café por el descafeinado y tomar una infusión para dormir por la noche, incorporé a mi rutina diaria una pastillita tipo valeriana por las mañanas. Me ayudó muchísimo, me sentía más calmada en el cole y en casa, que era donde realmente necesitaba estarlo, porque al final pagaba mis daños con quien no debía. Nunca he perdido las ganas de volver al trabajo, creo que eso es fundamental para continuar o para hacer un parón. Mi querida Concha tuvo que hacerlo tras una contienda que le supuso la gota que colmó su vaso. Y es que a partir de enero, además de las cuestiones familiares a resolver, el centro entró en un estado catatónico. A mediados de febrero se confirma la noticia que durante años había planeado sobre este centro, la consejera de Educación confirmaba en los medios de comunicación el cierre del colegio. 

Tanto mis compañeros y yo nos sentimos ninguneados de algún modo, no fue hasta finales de marzo cuando tuvimos noticias de forma directa, se dio como un hecho consumado, se habló de dónde irían los alumnos y que era lo mejor para ellos. Los docentes tuvimos que esperar bastante más para saber qué iba a pasar con nosotros.

En este punto el colegio empezó a morir en vida, nuestros niños y sus familias no querían el cierre del centro, los docentes, que luchábamos por un futuro mejor para nuestro cole dejamos de tener un objetivo a la vista, y esto sin duda nos hizo mella a todos. 

Ese último trimestre ha sido el peor de todos para mi en este colegio. La falta de proyectos, de metas, mis cuestiones familiares, mi futuro laboral, iban llenando sin quererlo esa mochila emocional que no puedes traerte al Duque. Por otro lado, mis niñ@s de tutoría se enfrentaban la mitad de ellos, los de primero de ESO, a tener que ir a un instituto al otro lado de esa calle imaginaria que rodea a Las Palmeras y que es tan complicad de cruzar. Y los de segundo, con un pie fuera del sistema, con unas familias que lo ven también así, pocos rellenaron sus matrículas para 3º de ESO o para una FPB. Ninguno teníamos el espíritu que debíamos tener en este punto. Ni docentes, ni padres, ni alumnos.

Dicen que cuando se cierra una puerta se abre una ventana, y esa ventana fue el sustituto de Concha, José María, que venía todos los días al Duque de Rivas desde Marchena. Desde aquí le doy las gracias a Sipri por mandarlo y como no, a él, por estar presente cada día, cada hora, en esa aula. Yo no estaba para cuidar a nadie en esos meses, y José María supo hacerse con su clase de Matemáticas y Ciencias sin mi ayuda; además de que tener su apoyo en mis clases, la presencia de un hombre en el aula en una sociedad tan machista como la gitana siempre viene bien.


A pesar de los malos momentos anímicos propios, viví grandes días que recordaré con cariño, pero también con pena, con cariño por ejemplo la excursión a Hornachuelos, donde lo pasamos muy bien; tanto que nos olvidamos del centro en el que trabajábamos y disfrutamos todos, niños y mayores, sin que nadie tuviera que demostrar nada, ni autoridad, ni rango, ni desobediencia por que sí. Fuimos un equipo, ése por el que estuve luchando ser desde que cogí la tutoría en primero de ESO. Lo recuerdo también con pena porque, como a todas las excursiones que organizaba, apenas asistió la mitad de mis alumnos. 

La despedida de este curso fue como la del anterior, sin pena ni gloria, sin entregar regalos preparados, sin dedicarles unas palabras. Se fueron yendo poco a poco del aula sin apenas darme cuenta, sin poder despedirme como me hubiera gustado. Y reconozco ahora que eso me dolió. No quiero pensar que no dejé huella en ellos, no quiero pensar que no me apreciaron ni tan siquiera para decirme adiós, porque eso son cosas de mayores, de "payos". Ellos, como adolescentes de Las Palmeras, tienen sus propios sentimientos, su propia forma de amar, de actuar y en ninguno de los casos te van a reconocer a la cara lo que significas para ellos, ni darte un abrazo, ni dedicarte una frase amable. Es en su falta de insultos, de disputas y de batallas donde debes ver reflejado su respeto, y con él su estima hacia ti. Y en este sentido me sentí colmada.

El Duque de Rivas quedó atrás, podré decir siempre aquello de "yo estuve allí" y seguro que entonces, como mis compañeros, esbozaré una sonrisa y recordaré todo lo bueno que fue trabajar en este centro, las personas que conocí, lo que aprendí y todos los amigos que me llevé, porque el espíritu de Duque lo llevamos ya insertado todos en nuestro ADN de maestros, no morirá porque una puerta se cierre. Lamento que solo unos pocos docentes hayamos podido vivir lo que se vivía allí, porque a pesar de lo malo, el centro respiraba amor por los cuatro costados. Era imposible hacerlo de otro.

A todos nos espera otro futuro, mejor sin duda en muchos aspectos educativos, pero todos sabemos que lo respirado en el Duque, el compañerismo, la piña que formamos todo el claustro, el personal de servicio, los monitores, cocineras, voluntarios...eso, va a ser muy complicado de repetir. Allí fuimos duques y duquesas.

Hasta siempre Duque de Rivas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario