Tras el final del segundo curso en el Duque de Rivas, donde descubrí realmente en que iba a consistir mi trabajo en este centro, comencé el tercer año sin embargo muy motivada, con muchas ideas. Tras el varapalo emocional de Elena, durante el verano cargué mis pilas, ya sabía al despedirme en junio que el próximo curso iba a estar al frente de la clase de primero de ESO. Antonio bajaba a Primaria y se quedaba libre ese puesto que asumí con energía, con ideas, con ilusión. La directora decía que estaba preparada para dar ese paso y yo me lo creí. "Quizás en esta posición, con este rango, las cosas se vean distintas, sean realmente distintas", pensé durante los meses de verano. Y así inicié el mes de septiembre, que dediqué hasta que llegaron mis alumnos a crear de la clase un hogar, la decoré con mimo, con ganas de que al abrir la puerta encontraran un oasis en el desierto, un refugio. Así debió parecerles porque los dos años que pasamos en esas cuatro paredes mantuvieron ese hogar, con sus cuadros, con sus póster y entre todos y a lo largo de los cursos fuimos rellenando los huecos que quedaban con "nuestras cosas". Ahora sé que este simple detalle tenía un gran valor en realidad.
Curso 21/22. Año III. En este tercer año en el Duque de Rivas me vi al frente de una clase de ocho niños y niñas, la mayoría desconocidos para mí porque venían de un colegio cercano que al no tener ESO sus alumnos acababan en el Duque por ese miedo que paraliza a los padres y madres de Las Palmeras a alejarse de su gueto, a cruzar la calle a sus hijos y que descubran un mundo al otro lado. Eran todo chicas, las nuevas, con las que creo que conecté, a su manera, ese curso. Una ratio que dará la risa a los compañeros que acierten a leer estas líneas, ¿ocho alumnos?, ¿en serio?, podréis pensar, pero no vi haciendo cola a las puertas de este centro de difícil de desempeño a ninguno de vosotros, ni siquiera a voluntarios. Y es que quién esboza eso con esta ingenuidad me apena, no sabe qué significa, al igual que en un centro normal saber que es tener 25 alumnos; es como todos aquellos que sacan a la luz cada dos por tres las vacaciones de los maestros, cuando ni siquiera saben que cobramos menos que otros funcionarios con el mismo rango para estar supuestamente de vacaciones "cada dos por tres". Pero esto es otra lucha.
El caso es que esos ocho alumnos con sus mochilas suponían para todos los que nos poníamos enfrente de ellos una veintena. Cuando bajabas la mirada para ojear el libro y la levantabas para dar alguna explicación, no veías nunca a ocho personas, cada uno de ellos se multiplicaba, con su manera de ser, de entender la educación, la vida, con sus problemas y con su adolescencia encima, por tres.
De este año me gustaría recordar a Estrella, una niña que a pesar de sus problemas diagnosticados, parecía haber salido de otro mundo. Su ganas de aprender, de hacer las cosas bien, de sacarse la ESO, sus cuidados cuadernos, que parecían los de cualquier otra chica de primero de ESO, era aire fresco que respirar, era sentir que algo valía la pena y tenía sentido estar allí. Cierto es que luego, cuando no le cuadraba algo, se transformaba en una fiera difícil de domar, en un caballo desbocado que había que encauzar y dependiendo de quién se estrellaba o no. De ella guardé sus cuadernos al acabar el curso, como diciéndome a mi misma que algo había conseguido, que algo podía germinar. Estrella supuso un soplo de esperanza durante ese curso.
Este año lo recuerdo con cariño como tutora, creo que estuve a la altura, que allí significa nada más (y nada menos) que estar presente para sus necesidades, intentar enseñarle algo de la sociedad real, de los valores y conocimientos básicos que deberían tener, marcar unas normas básicas de convivencia, controlar las salidas de tono hacia el resto de docentes, entre ellos mismos o hacia mi, cuidar a los especialistas que entraban en mi aula, neutralizar las broncas entre familias que traspasaban las calles del barrio y se colaban en el aula y manejar a los padres. Mi coche no ha sufrido ningún destrozo durante mis años allí, creo por eso que lo he hecho bien.
La tutoría me tenía abrumada, y como especialista apenas me doy un aprobado, no empecé dando música a segundo de ESO en el primer trimestre, por lo que cuando retomé las clases había perdido el vínculo creado el año anterior con ellos, ellos mismos habían perdido parte de su esencia. Es llegar a segundo de ESO allí y al verse con un pie fuera del sistema les cambia el chip y ya poco se puede hacer. Pero con Primaria también me resultaba complicado ejercer de especialista, llegaba agotada a las clases, sin apenas ideas porque todas las consumía la tutoría, así que como autocrítica he de decir que no estuve a la altura, al menos a la que yo me exigía. También es cierto que tampoco ayudaba a sobreponerse los pocos resultados cosechados en los cursos anteriores en esta especialidad, pero eso son meras excusas.
A lo largo del curso perdí a varios alumnos por problemas familiares, tuvieron que irse del barrio. En los periódicos salió la noticia con la historia de alguno de ellos. Y es que cuando un hecho copa un titular en la prensa detrás hay personas, niños y niñas, que lo viven, lo sufren y padecen sus consecuencias. Otra realidad con la que me tuve que acostumbrar, al igual que a los protocolos de absentismo y los pocos recursos que existen para ponerle ese cascabel, como tantos otros allí, al gato.
Quiero creer que tanto ellos como yo pasamos un buen curso, que fui una buena referencia para ellos, a mi apenas me dejaron demostrárselo nunca porque en esos días en los que en cualquier colegio son días de fiesta, de convivencia entre maestros, alumnos y padres, me encontraba el aula de secundaria vacía, sola, sin nadie a quien demostrarle que todo esfuerzo tiene su recompensa. Y en el día a día no podía bajar la guardia. Así que me quedé con regalos sin entregar, con medallas sin dar y con palabras de aliento que dedicar.
Este año el mote "pelos gambas" desapareció de los pasillos, no solo porque Elena ya no estaba en el centro para recordarlo, sino porque llegaron otros compañeros nuevos que fueron la diana de otros motes. Yo por aquel entonces era capitán y encima tutora de los mayores, y eso se nota. Mi clase me respetaba, a pesar de ser "pesada y cansina" como ellos me decían cada vez que intentaba apurar su esfuerzo un poco más. Mis normas eran claras y se cumplían así me costase a mi quedarme con ellos castigada en el recreo o hasta las tres, a pesar de que había días muy duros que apenas tenía ganas de comer cuando llegaba a casa y solo quería dormir la siesta. Sabía que aquellas batallas diarias con ellos para que trabajasen, para que cumplieran las normas, para que hubiera respeto y convivencia en el aula, esas las ganaba quien no cedía, quien no dejaba un resquicio por el que colarse, siendo justos con todos y tratando a todos con el mismo rasero, a pesar de que lo queramos o no los docentes hay alumnos y alumnos para nosotros. Allí deben ser a todas luces todos iguales, y es complicado porque cada uno tiene una historia.
Hasta el momento parece quizás que mi paso por el Duque de Rivas no fue malo, y no lo siento así, pero porque me adapté a lo que había, a lo que se podía esperar y transformé mis sueños y anhelos de docente en trabajadora social. Sin embargo, en mi primer año allí yo tomaba café por las mañanas para subir de revoluciones y enfrentarme a esas clases de la ESO, en mi segundo curso seguía con el café pero por las noches me tomaba una infusión para conciliar el sueño, en este tercer año dejé el café por el descafeinado y continué con la infusión para dormir por la noche. Creo que esto puede dar una idea de que a veces no todo parece lo que es. Mi casa y mi familia eran la batería que me cargaba cada tarde, el gimnasio la válvula de escape donde explotaba esos días malos, porque los ha habido, más de los deseados, porque a veces sufrías por ti, que lo vivías en primera persona y otros días por los compañeros a los que les tocaba enfrentarse. Como tutora he vivido más lo segundo, no sé si por la experiencia y la manera de saber llevarlos o por el respeto, pero lo cierto es que lo he sufrido con mis compañeros como si fuera para mi. He intentado siempre darle su sitio a los especialistas que entraban, que se hicieran un hueco en mi clase, no sé si acertadamente o no creo que les estaba haciendo un favor no interviniendo a la primera ni a la segunda, por mucho que sufriera con ellos los desplantes que sufrían.
Y aquí recuerdo a mi querida Sheila con la que estuve de apoyo en Geografía e Historia, una chica que no llegaba a la treintena pero que supo encajar los golpes y hacerse con la clase perfectamente, quiero creer que mi no acción a veces la ayudó en esta ardua tarea. Como también recuerdo a otras especialistas a las que apoyé en clase, no como tutora, sino como docente rasa, mi querida Ester y Pilar, especialistas de inglés, que supieron aguantar también los envites del Duque. ¡Chicas, sobrevivimos en aquellos primeros años como especialistas!
Ha habido otros maestros que dieron la talla en el Duque también en estos mis primeros tres años, y no nombro a los veteranos de la ESO como Auxi, Antonio, Mª Carmen, Mª Jesús, Sara y Aurora, si no también a aquellos que lucharon desde hace lustros en Primaria e Infantil como Ana, Carmen y Bartolomé, que todos ellos merecerían un capítulo aparte solitos, aquí quiero nombrar a los que pasaron durante un curso o dos por las aulas del Duque de Rivas y que a pesar de eso me consta, aunque no haya estado a su lado durante las batallas libradas, que hicieron todo lo mejor que supieron, que no es poco, como Miguel, Ana, Gema, Vanesa, Fran, Tania, Estefanía, Gloria, Inma, Belén, Ana (francés), a los compañeros de Religión y al PAS, como María Jesús, las cocineras y monitores del comedor, Jose "El Tomate", Mª Paz, o Pilar, y a todos aquellos que seguro me olvido ahora. Enhorabuena a todos, y disculpad desde aquí si no os leéis.
El cierre de este tercer curso no fue malo, cumplí con mis expectativas y salvé el tipo como tutora, mis ganas seguían estando.
Continuará...



No hay comentarios:
Publicar un comentario