martes, 6 de agosto de 2024

Duques y duquesas II

Tras ese primer año en el colegio Duque de Rivas, he de decir que creo que todos los que hemos pasado por allí nos hemos sentido como, en mi caso, una mujer maltratada, en mayor o menor grado y si nos vale esta comparación, si no perdonen la ofensa si la hubiera o el error en la misma, pero mi entendimiento no alcanza a comparar la vida en el Duque en esos primeros años de aterrizaje con otra situación cualquiera. Una mujer maltratada que ha ido gestando poco a poco un síndrome de Estocolmo. Y es que como tal hemos comprendido y disculpado a nuestros agresores verbales diarios, que no dejaban de ser niños, con unas circunstancias particulares, no deseables a ningún menor en algunos de los casos, pero cuestiones, aunque reseñables y atenuantes, que no quitan para que sus acciones se reciban de este modo por los que nos hemos puesto enfrente de ellos cada día. El maltrato a los maestros ha existido tanto psicológicamente, como físicamente, puesto que también hemos sufrido empujones y manotazos, y esto es una realidad, mi realidad, mi paso por el Duque de Rivas. Con atenuantes, con excusas, con síndromes y con mucho amor y comprensión por parte de los docentes a esa realidad y entorno, pero con esa vivencia palpable cada día también. No todos los que conocí pasando por estas aulas estuvieron a la altura, no por debilidad si no por falta de fortaleza, que es algo muy distinto. Y es que para soportar todo eso hay que estar hecho de otra pasta.

Como ya esbocé en el primer capítulo de esta historia, depende de ti que las cosas te sucedan como quieres que te pasen, y yo no quería que mi paso por el Duque me pasara factura. En este tipo de centros de difícil desempeño es primordial entender esto en las primeras semanas. Yo creo que lo comprendí muy pronto y que por eso, y con la ayuda de mis compañeros y la baja ratio por el COVID, recuerdo aquel primer curso con momentos puntuales desagradables, más de lo que suele ser normal en cualquier colegio de la ciudad, pero que no lograron enturbiar mi visión global del mismo, ni de lo que sería mi paso por él, ni de mi situación actual o estatus futuro en el centro. Como me dijo mi compañero Bartolomé al conocernos: "cada año que superas en el Duque de Rivas es un rango que te cuelgas", él en aquel entonces ya era teniente y yo solo alférez. Ambos nos despedimos del Duque juntos, con la batalla ganada, él como teniente coronel y yo comandante, ahí es nada.

Curso 20/21. Año II. En mi segundo curso en este centro de difícil desempeño, ubicado en una de las barriadas de Córdoba más conflictivas para los cuerpos de seguridad del estado, continué siendo especialista de artística y maestra de apoyo en la ESO. La secundaria ha sido mi casa en el Duque, me he sentido cómoda, a pesar de todo, pero reconozco que siendo especialista tu supervivencia en estas aulas depende mucho de qué tutor estuviera al frente de esa clase, tuve la gran suerte en este año también de seguir contando con Antonio y Mª Carmen, dos tutores veteranos en la ESO que a pasear de llevar las clases y a sus alumnos de forma muy distinta, yo pude lograr, gracias en parte a ellos, enseñar mis materias en la medida de lo posible allí y ayudarlos en las suyas.

Mis ideas y proyectos seguían vivos, mi motivación intacta. En este año las clases eran más numerosas, el COVID ya había pasado a la historia y aunque los vecinos de este barrio seguían usándolo como excusa para dejar unos días a sus hijos en casa, nada tenía que ver con el curso anterior. A pesar de tener el mismo impulso que el año anterior, reconozco que ya partía del conocimiento de los resultados obtenidos el curso anterior. Esto puede parecer una ventaja, y lo es, ya no te das de bruces con realidades que allí no tienen cabida, ya sabes qué funciona y qué no, pero al mismo tiempo que no hay errores, tampoco hay nuevos aciertos. Este año fue muy cómodo para mi en este sentido, todo lo que llevaba a clase salía adelante (teniendo en cuenta el entorno, claro). Los proyectos y las ideas estaban recortados a medida de cada clase de la ESO, a cada uno de los alumnos que ese día aparecían por la aula. Había menos errores, lo que suponía clases más tranquilas. Y eso allí es lo que más se valora.

Sin embargo, aunque el magisterio que desarrollé ese curso podía tener casi un 90% de aciertos, porque conocía el nivel y los perfiles/caracteres de los alumnos y trabajaba partiendo de eso y no del nivel que se supone debe tener una clase de ESO, ese curso me di de bruces con otra realidad. Con Elena, mi querida Elena.

Elena era una niña con una gran proyección en sus primeros cursos de Primaria, de hecho el periodista cordobés José Juan Luque, obtuvo el II Premio Andaluz de Periodismo Social Alberto Almansa, en su categoría de medios convencionales, por su reportaje “El giro de Enma”. Un trabajo que ahondaba a través de la historia de esta niña de étnica gitana el fracaso de la sociedad y de las instituciones en su intervención social y educativa en el barrio de Las Palmeras.

 Y es que se escogió a Elena por parte de su tutor y de la dirección del centro porque cumplía los requisitos para lograr un futuro "normalizado", no quiero decir mejor, porque espero que para ella, el futuro que finalmente eligió o le dieron es el que realmente la está haciendo feliz. Era inteligente, líder, independiente, con ganas de hacer cosas fuera de su barrio, de descubrir el mundo exterior y con unos padres que dieron su beneplácito a que ese reportaje se fuera cosechando a los largo de los años, algo que ya dice mucho de ellos.

Yo la conocí en mi primer curso en el Duque, ella estaba en primero de ESO y fue la que me puso el mote "pelos gamba", me imagino que fue porque entonces tenía el pelo cobrizo y rizado y no se le ocurrió nada mejor en ese momento. No fue un mote cruel, con el tiempo y escuchando otros, lo vi hasta cariñoso. Era líder natural en la clase, de ahí que parte de mis esfuerzos durante las clases fueran ganarme su confianza. Creo que en ese primer año lo logré, hasta donde ellos ofrecen, por supuesto.


En el segundo año, a los pocas semanas de comenzar el curso, empezó a estar distinta. Más pensativa, cabizbaja, algo le estaba pasando porque al preguntarle solo encontrabas a una fiera defendiéndose. Un lunes, nos enteramos de lo que quizás le había estado rondando la cabeza, se había escapado con su novio, del que ninguno sabíamos nada, porque para ella en aquel primer curso de la ESO los chicos no eran su prioridad, ni las relaciones, incluso esbozó alguna vez el asco de practicar ciertas cosas. Los maestros, en general, y yo en particular, la animábamos a seguir pensando así, a centrarse en lo importante, a ella y al resto de chicas. Ya sabemos que las mujeres de etnia gitana se casan muy pronto, lo veíamos allí todos los días como antiguas alumnas dejaban  a sus hijos en Infantil. Y todos intentamos cambiar eso. Pero se ve que a ella ese verano hacia el segundo de la ESO le cambió las tornas.

Tras escaparse con el novio y pasar una noche fuera, las leyes gitanas marcan que ya ha habido un "arrejuntamiento", que la mujer no es pura y eso sirve ya como un casamiento, aunque por la puerta de atrás, algo que ella me había dicho mil veces que no quería, que era una deshonra para su familia y que ella quería una boda por todo lo alto. Pero no casarse así tenía peores consecuencias. Tras esto empezó a venir menos, ya no era su madre la que la custodiaba sino su suegra, una mujer también prudente y responsable con el tema del colegio (todo al nivel de allí, claro), pero se ve que cuando una mujer se "casa" el rango de prioridades para la familia cambia. Vino unas cuantas semanas más, en las que me dijo a su manera que se arrepentía de lo sucedido, al menos del cómo, pero ya era tarde para ella, había caído en la espiral de las leyes y normas de la cultura gitana, y de ahí hay que ser muy valiente y contar con mucha ayuda para salir. Yo entiendo que ella no habló y que la familia ajena a ese sentimiento tampoco ayudó, y quiero creerlo así porque me duele menos.  

Dejó de venir a clase y a las pocas semanas, aún en el primer trimestre, apareció con su madre. Estaba embarazada. Su cara expresaba todo lo que puede expresar una niña de 14 años en esa situación, leí entre líneas ese día tantas cosas en sus ojos. Me sentí tan poca cosa para ayudarla, solo era una maestra, ni siquiera su tutora. "Yo no quiero esto maestra", me dijo mientras su madre hablaba con la directora para dejarle un parte médico que justificaría las faltas futuras que iba a tener por su embarazo. "Díselo a tu madre, hay solución", alcancé a decirle mientras se iba. Insuficiente. 

En el despacho su madre y la directora estuvieron un rato hablando, no mucho, pero la cara de mi compañera era como la de todos en aquel instante, "no podemos hacer nada. Ella es su madre. Ésa es su cultura".

La noticia del nacimiento llegó al cole, la tía de la niña que nació, compañera de Elena asistía todavía al centro. Su propia hermana también. Nos enseñaron fotos orgullosas de su sobrina y vimos lo preciosa que era. Sin embargo, al preguntar por ella, por la madre, por nuestra Elena, las palabras no salían de sus bocas, ni ahora tras el nacimiento, ni durante los meses de embarazo. Nunca más supimos de ella, desapareció del mapa, ni su hermana ni su amiga, ahora cuñada, nos contaron jamás realmente cómo le iba la vida, solo acertaban a decir "bien" al preguntarles. A veces entre los cuchicheos del resto de compañeras salía a relucir su nombre en voz baja, señalando algo de su vida marital y de su nueva familia, los comentarios no eran buenos, y lo entiendo porque Elena tenía carácter, se debió sentir en muchas ocasiones en su nueva vida como una animal enjaulado y entiendo que cuando pudiera mordiera. Quiero pensar que su "sacrificio", su ejemplo, pudo servirle a otras compañeras que como ella ese año lo acabaron prometiéndose, pero ya lo hicieron como se debe según cánones, con su pedida, su boda y todas sus peladillas. Quizás Elena se sintió atrapada, sin otra posibilidad para estar con el chico que quería, al menos todo lo que a esa edad se puede querer, quizás la engañaron o se dejó llevar por las bajas e inexpertas pasiones, propias y ajenas. Las normas gitanas son muy claras y restrictivas en este respecto y lo pagó con su libertada y sus sueños por cumplir.

Cuando su recuerdo me viene a la memoria, como ahora con estas líneas, intento imaginarla feliz, a su manera de entender la felicidad, colmada por el amor hacia su hija y con un marido que la respete. Intento no culparme demasiado por no haber hecho más, si es que se podía, porque las palabras, el espíritu crítico, los valores, la independencia de la mujer y todas las parrafadas que hemos intentado  hilvanar con los años en aquellas cabecitas se desmoronan cuando chocan de frente con la cultura y costumbres heredados y repetidos de generación en generación, sintiendo, sobre todo ellas, que aquello que viven o esperan vivir no está mal, sino bien, porque su madre y su abuela ya hicieron lo mismo.

Me di de bruces con esta realidad, que puso lo blanco sobre negro, que me abrió los ojos de lo yermo que iba a ser mi trabajo allí, y ya no es que tuviera poco que ver con el currículo marcado por la administración, sino que ni siquiera saltándonos eso éramos capaces de hacer germinar ni una sola semilla. Y es que Elena era esa semilla llamada a prosperar, a ser generadora del cambio y, finalmente, como todas las demás se dejó polinizar por el entorno. En mis dos años en el Duque solo la conocí un poco, lo suficiente para apostar por ella, pero me imagino las tristeza interior de todos mis compañeros que crecieron junto a ella desde Infantil y que llevaban años esperando ver algún fruto. Me imagino la impotencia de no ver solo sucumbir a una Elena, si no a todas las que han pasado por ese centro y que como ella cumplieron finalmente con los cánones marcados desde su nacimiento. 

Espero y confío en que Elena, nuestra Elena, consiga salir de esa jaula algún día, vea las cosas tan claras como cuando la conocí, logre apostar por su hija y cumpla, a través de ella, sus sueños perdidos. Espero que por ella sea más fuerte de lo que pudo ser que para sí misma y que al final consiga provocar el cambio generacional necesario en este barrio.

Este final de curso fue duro y muy desmotivador.

Continuará...




lunes, 5 de agosto de 2024

Duques y duquesas. Año I

Este curso se han cerrado las puertas de uno de los colegios referentes en Andalucía, uno de los colegios que ha marcado la diferencia en todos aquellos maestros que han pasado por sus aulas, ha cerrado una institución en muchos aspectos de la educación. Ha cerrado el colegio público Duque de Rivas, asentado en una de las barriadas de Córdoba capital más problemáticas a nivel sociocultural. Ha estado muriendo poco a poco durante la última década, delante de la administración, que lo ha dejado morir sin evitarlo, para no hacer ruido. De hecho el cierre de este colegio público apenas ha cosechado unos pocos titulares en los medios locales, no se han investigado las causas, ni el origen, ni el futuro de esos alumnos, tampoco se han esforzado los medios en hacer un reportaje, por ejemplo, en boca de los que realmente saben del tema, se han dejado llevar por la fuente oficial, se ha cubierto el expediente y listo, y es que el periodismo últimamente está, digamos, regular, pero eso da para otra historia. Falta de ratio, han esbozado desde la Consejería y unas pocas frases más que quedarán por demostrar en un futuro próximo.

En estas líneas pretendo resumir mi paso por este centro, en el que he estado cuatro cursos postpandemia. Recalco lo de mi paso y experiencia, porque el Duque ha dejado una huella distinta a cada uno de los docentes que como yo nos hemos dejado la piel para intentar insertar en las cabecitas de nuestros alumnos algunos de los valores y conocimientos, llamémosles universales, que deben darse en la sociedad de hoy día y que nada tienen que ver con la cultura que se tenga, la etnia ni demás historias que nos venden. Es una visión ésta personal e intransferible, vuelvo a repetirlo, porque no quiero herir ni menoscabar sentimientos ajenos.

Curso 19/20. Año I. Para mi traspasar las puertas del Duque de Rivas fue entrar en territorio comanche, y creo que no me equivoco si digo que como para todos los maestros, personal de administración, monitores y demás voluntarios que han tenido el gusto de elegir este centro de trabajo. Y es que por mucho que los docentes "decoren" el interior del centro, tú sabes antes de entrar en él que aquel colegio es distinto a todos los demás porque cuando conduces el coche por las calles del barrio de Las Palmeras en busca del Duque te das de bruces con una realidad de la que la mayoría de los cordobeses no saben nada, creo que se desconoce por una ignorancia escogida. Coches abandonados, basura acumulada por los rincones, enseres por todos lados, corrillos de vecinos entorno a una hoguera si hace frío o cantando bingo si hace buen tiempo. Aparcas tu coche al lado de contenedores quemados o de un carro que parece abandonado y te diriges a la entrada del centro a través de un camino de tierra, que a duras penas encuentras porque parece que a este centro se accede por la puerta de atrás. Este año aún tenía timbre, así que pude llamar. Apareció una mujer, que se me presenta como la portera, me abre con una sonrisa y me dice que es María Jesús, un encanto de compañera que casa poco con el armario empotrado que yo hubiera colocado en este centro cuando empecé a leer sobre el mismo.

Colegio Duque de Rivas. FOTO Patricia Cachinero.
















El hall está "decorado" con trabajos de los "niños", pero a poco que sepas de niños y trabajos manuales te das cuenta que detrás de esos posters está la mano de docentes voluntariosos. Pregunté por la directora y aparece María Auxiliadora Blasco, una mujer menuda, rubia, con ojos azules y cara de ángel, que para nada te cuadra tampoco con lo que se supone que debe ser la dirección de un centro de difícil desempeño. Entré en su despacho y estando allí me relaje con ella, con su voz dulce y su amor a sus niños y a su centro, en esos momentos sí que me pareció que estaba en un despacho de dirección de un centro "normalizado". Su entusiasmo por la educación te embriaga y por un momento olvidas aquella etiqueta de difícil desempeño. 

Tras esa charla informal, en la que me dice que seré especialista de música y maestra de apoyo en la ESO, me señala que le pida a la portera las llaves y que me enseñe el centro. Es un colegio mastodóntico para la ratio que tiene. Es en este instante cuando la realidad del centro te golpea. María Jesús, antes de comenzar el paseo por el centro, busca en el cajón de su garita las llaves de la maestra a la que sustituyo, llevaba allí una década, y me suelta encima de la mesa un manojo de llaves que me pesa como sus indicaciones al darlas. "Aquí todas las puertas tienen llave y el maestro las abre y las cierra cada vez que entra en un aula, sala de profesores, fotocopiadora, biblioteca, baño, aula de informática, de música...todas", inmediatamente al ver el peso del manojo pensé "se ve que cuanto más años pasas en el centro más llaves vas recolectando porque cada vez debes de tener acceso a más sitios", erré, todo el mundo lleva el mismo peso en sus bolsillos. Me dediqué una mañana entera a ver qué puertas abrían las llaves de mi manojo, descarté al final la mitad, nunca supe que abrían. 

Por los pasillos me fui encontrando compañeros, todos con sus manojos de llaves colgadas al cuello como un yugo. Entendí entonces que debía comprarme un colgante para las llaves, donde fueres haz lo que vieres. Parecían amables, contentos, se respiraba buen ambiente. Después de la pandemia se notaba que tenían ganas de verse en directo, de trabajar codo con codo. Me paré en uno de esos corrillos, me presenté y pregunté aquello de ¿qué tal en este cole? Todos se miraron, esbozaron una sonrisa y contestaron como si hubieran "olvidado" lo que supone trabajar en el Duque. Y de esto me doy cuenta ahora, que llevo apenas un mes fuera del Duque y que casi tengo olvidado lo malo. En mi memoria quedan los buenos momentos entre compañeros, con los niños cuando estaban de buenas porque habían dormido, comido y no habían vivido ninguna redada, ni reyerta, ni problema el día anterior en sus casas. Cuando hemos ido de excursión, en las fiestas y convivencias. Entiendo que en aquel momento mis nuevos compañeros no me alertaran como debían, no podían, estaban disfrutando de un reseteo total en sus memorias. Solo mi querida Aurora, que he visto jubilarse por la puerta de atrás, me dio varios detalles sobre esa realidad, me tranquilizó y me mostró el apoyo de todos si lo necesitaba. 

Este primer año no fue el más duro a pesar de que enseguida me pusieran un mote, me empujaran por las escaleras, se cagaran en mis muertos, me llamaran puta, me amenazaran o se encararan conmigo día si y día también como si les fuera la vida en ello. Di lo mejor de mí ese primer año, tras la pandemia aún existía el miedo entre los vecinos de Las Palmeras al virus y ponerse mascarilla no era muy de su agrado, así que las aulas estaban al cincuenta por ciento de la ratio normal, que ya de por sí es baja. Eso me ayudó seguramente a pasar un año decente, teniendo en cuenta el entorno. También me ayudo tener al lado a compañeros veteranos como Antonio, tutor de la ESO, que me guio en esa jungla difícil de entender tanto en los estamentos que rigen el colegio por arriba como por abajo. Y es que en la vida la diferencia la marca el cómo tú te tomes las cosas y yo allí he aprendido a tomarme la vida en su justa medida.

Mi mejor magisterio se lo entregué al Duque ese primer curso, estaba llena de proyectos, de ideas, para hacer frente al terreno hostil que diariamente ofrecían los alumnos. Estoy orgullosa de ese primer año, por cómo lo llevé, emocional y anímicamente, por cómo me enfrenté a la adversidad diaria, y por lo que creo trasmití y enseñé, que nada tiene que ver con currículo dicho sea de paso. Empecé sabiendo dónde iba, me informé, me mentalicé, pero sobre todo creo que me salvó la ignorancia del que no sabe que haga lo que haga no obtendrá los resultados esperados. Aposté con todo. Sin miedo, con ilusión y motivada. Ésa fue mi suerte.

Continuará...


viernes, 2 de agosto de 2024

Cuando la cuarentena te alcanza

 Ayer salí a andar con mis vecinas y al concluir la hora nos sentamos en una terracita a refrescarnos. Pero la idea en realidad era darnos un premio por el esfuerzo mantenido que llevamos haciendo durante el último mes, en la que hemos salido a andar un par de días a la semana, a más o menos buen ritmo, según nos comentan los chicos del residencial donde vivimos. "No está mal", esbozan pensando seguramente "eso no les sirve para nada". Y nosotras lo sabemos también, ninguna de las "taras físicas" que salieron a relucir mientras degustábamos nuestra cervecita se arregla con salir a andar una hora escasa un par de días a la semana. Pero bueno, he de destacar que todas hemos cumplido la cuarentena en años, hemos sido madres y la vida no nos da para más, tampoco el dinero, que si no otro gallo nos cantaría a todas, que nos hubiéramos librado a mano de bisturí y tratamientos de papadas, bolsas de canguro, celulitis, párpados caídos y demás miserias que todas tenemos en un abrir y cerrar de ojos, o eso decimos, que luego en realidad a todas nos da canguelo pasar por quirófano. 

Este tema suele ser recurrente en las mujeres de nuestra edad, al igual que terminar la conversación reseñando que "para la edad que tenemos estamos divinas", y es cierto. Tengo 47 años y no puedo estar como una de 37, eso es físicamente imposible, a no ser que sacrifique parte de mi vida en correr por delante de mi edad para que ésta no me alcance, y eso es complicado cuando me paso el día corriendo para llegar a donde debo.

El cambio físico en las mujeres después de los cuarenta es normal, está en la hoja de ruta de todas nosotras, hay que aceptarlo y combatirlo, por qué no, si una quiere, pero sobre todo para que no ocurra lo contario, y es parecer más mayor de lo que realidad se es. Sin embargo, ayer lo que nos afectaba de verdad, aunque tiene remedio como todo lo anterior, es la presbicia, porque ésta no se puede disimular con ropita mona holgada donde debe de serlo. La presbicia no se arregla como las canas, pasando una vez al mes por la peluquería y luego ya te olvidas, la presbicia te delata en el supermercado cuando no puedes leer los ingredientes de algún producto, en la calle cuando no aciertas a leer con claridad los WhatsApp que te llegan, en casa cuando lees un libro. La presbicia es el punto de inflexión hacia la caída, llega sobre los 45 años y no deja a títere con cabeza. Con ella no ocurre como por ejemplo con la miopía, que se disimula muy bien y además no la tiene todo el mundo, de la presbicia ni se libra nadie ni se puede disimular. Es entonces, con la presbicia, cuando te das cuenta que te has hecho mayor, o al menos, más mayor de lo que te creías eras.

Llegados a los 45 te presentas ante el espejo con la mitad de tu vida vivida y miras hacia el futuro con lo cosechado en esos años, tanto física, económica como emocionalmente. Y ahí en cuando le vienen los traumas a muchos. A nosotras no, que conste. Esos a los que sí, se vuelven vigoréxicos, cambian de pareja o se plantean su futuro laboral. Esto último como es más complicado en España no se suele cambiar, casi nadie tiene el coraje de dejar su trabajo a esta edad porque no se sienta valorado, pero darse un garbeo por el mercado, mirar el menú aunque se esté a dieta y apuntarse al gimnasio para perder unos kilitos...eso sí, eso lo hacemos todos. Reconocedlo. Que será porque ya te duele la espalda y tienes que cuidarte, que será porque hay chicos y chicas muy monos por las calles y no pasa nada por mirar, que sí, pero que con 30 años no lo hacías o lo hacías menos. Al menos la gente de mi generación. Lo haces ahora con 45 porque ya no te queda otra, porque necesitas reafirmarte en tu relación contigo mismo, con tu pareja, y con tu trabajo. A esta edad te tiene que gustar lo que tienes  porque si no es así, vas a pasar el resto de tu vida en un trabajo que no te gusta, con una pareja que no entiende y con unos kilos que no soportas ni emocional ni físicamente.

Y dicho esto, para arreglar el mundo y a nosotras mismas, al menos sobre el papel, mis vecinas y yo nos tomamos un par de cervezas y un trío de pinchos, no hubo miedo a las calorías porque, al final, para la edad que tenemos "estamos divinas".

lunes, 29 de julio de 2024

El divorcio y la falta de comunicación


Mis padres se han divorciado. No os preocupéis que por la custodia no ha habido problemas, en eso se han puesto enseguida de acuerdo. Algo que en el resto de divorcios es la piedra angular, en éste no ha tenido ni una línea en el acuerdo. Sin embargo, lo que a simple vista parece que ya no afecta a los hijos, por ser como dijo el notario "independientes", se vive en realidad de otra forma bien distinta. Y lo digo así porque no sé como calificar como me he sentido, me siento y me sentiré a partir de ahora tras verbalizar en voz alta: soy hija de padres divorciados. Y es que este hecho, normal ya en nuestra sociedad, no ha sido motivo para mi de debate ni reflexión nunca. He vivido ajena a que esto me salpicara alguna vez, y aunque he vivido divorcios de amigos, de familiares, de conocidos, con hijos más o menos mayores, nunca me paré a pensar en todo lo que supone para todas las partes implicadas.

Para mi este divorcio no es el fracaso de una pareja, es de mis padres, como equipo, como amantes, como amigos.., y me cuesta asimilar, que mi referente en esto del amor, de la familia, de formar equipo y demás se haya ido al traste. Quizás he vivido en los Mundo de Yupi y no me he enterado de lo mal que estaban las cosas, quizás mis padres han sido "unos magníficos actores, es fácil cuando ya los hijos somos independientes mantener el papel", me digo, por no culparme por no haber intercedido con tiempo para ayudarlos a reconducir su vida en común y nuestra vida en familia. Ya es tarde para eso, y de nada sirve lamentarse por el pasado.

Ahora o me he quedado huérfana de una historia de amor que me sirva de guía o tengo un ejemplo de errores que no se deben cometer en una relación. Ésa es la cuestión. ¿Cómo me lo quiero tomar? En cualquier caso tengo mucho que aprender.

Con el primer caso tengo que aprender a construir por mí misma ese referente de historia de amor que evoluciona y se fortalece con el paso de los años para que mi hijo vaya teniendo ese ejemplo, esa guía, a través de su vida, y en el segundo, he aprendido que tengo que estar atenta para no errar como ellos.

Mi reflexión en esta parte, por si alguien me lee en la vorágine de blogs que copan las redes y le sirve de algo, es que el fracaso viene la mayoría de las veces por la falta de comunicación entre la pareja y por el deseo de quedar bien.

Paso 1: Señores y señoras que viven en una relación, comuníquense, expresen sus sentimientos y sus pensamientos  a sus parejas, no se lo queden como su tesoro, porque al final o uno vive amargado en pareja o acaba rompiéndola en pro de buscar a solas lo que en pareja podría haber tenido. No quieran quedar bien, no eviten una discusión, no lo hagan ni por sus hijos. Vayan a terapia de pareja cuando aún están a tiempo, luchen por encontrarse de nuevo si sus caminos se han ido distanciando con los años, evolucionen juntos para seguir creando equipo, sean empáticos con sus parejas, pero también con ustedes mismos, cumplan sus sueños y fomenten los de su pareja. Partan cualquier conversación desde el respeto y mírense a los ojos, mírense mucho, de verdad, abrácense cada mañana, despídanse con un beso y saluden del mismo modo, cójanse de la mano al pasear si sus pequeños les dejan y denle a las relaciones íntimas el equilibrio que necesiten ambos.

Paso 2: Si después de todo esto siguen viendo que llegaron tarde o que lo que les unió se esfumó, antes de tirar la toalla visiten al psicólogo, quizás estén volcando sus inseguridades, sus anhelos, sus traumas... en su pareja, en su familia, como si fueran los culpables de que no están donde deberían estar. Es imposible sentirse bien en pareja si uno mismo no lo está consigo mismo. Arreglemos nuestra cabeza antes de buscar la tara en quien duerme a nuestro lado. 

Paso 3: Si todo esto ya lo hizo y no logró nada, no siga con su pareja por sus hijos. Puedo decir, ya como hija de padres divorciados, que lamento enormemente que no lo hicieran antes, porque para llegar al mismo punto, el divorcio, mis padres, han perdido unos años que no les va a devolver nadie, y eso también es injusto para ellos mismos. No se han querido ni como pareja ni individualmente en los últimos años. Si están pasando por ahí, piénsenlo. No dudo que a pesar de lo vivido, de los motivos que se exponen encima de la mesa para tomar la decisión no haya habido cariño uno por el otro todo este tiempo, quiero creer que lo sigue habiendo, a pesar de todo, y que ése sea el motor que los empuje a encontrarse en el futuro en nueva forma de relación, distinta, sin amor de por medio, pero si con el cariño necesario para poder seguir siendo una familia, aunque ésta tenga una estructura diferente. 

Paso 4: Si al final ustedes acaban firmando el acuerdo de divorcio como mis padres, les tocará aprender a vivir con esta nueva realidad, donde la soledad golpea fuerte y los remordimientos más, donde no todo es de color rosa y el futuro es incierto. Cuanto antes aprendan esto, antes dejarán de perder años, de perder momentos. Ahora toca también arreglarse la cabecita si no se quedó bien con todo el jaleo, es tiempo para hacerse a uno mismo como individuo, porque quizás en estos años de matrimonio olvidó quién era, y sobre todo es el momento de ser consecuente con lo que vendrá tras lo decidido. Pero es aplicable tanto los protagonistas, como a los hijos, los familiares, los amigos...porque cuando una pareja se rompe no solo ellos van a notar los cambios de realidad.

Paso 5: Lo importante, al final, es que ustedes sigan escribiendo su historia, una en la que solo se está mejor que mal acompañado, que de eso se trata al final todo esto. Les deseo, como a mis padres, que encuentren cuanto antes ese equilibrio consigo mismos, con su nueva realidad y su nuevo futuro. Solo entonces habrán sentido que todo esto les ha valido la pena. Y es que aquí no les he hablado de nada de lo que supone divorciarse, eso otro día y con otro ánimo.

Me prometo fidelidad

 Llevo tanto tiempo sin pasar por aquí que me da pudor machar el folio el blanco que ahora mismo se ha abierto al clicar  nueva entrada. Tengo tanto por lo que podría escribir, tanto, que me abruma pensar en una sola cosa. Ahora mismo no concibo el por qué me alejé de estas páginas, quiero pensar que no lo necesité, que estuve colmada con mi día a día, sin la necesitad de parame hacer una reflexión; no quiero pensar que fue abandono, ni desidia, ni falta de gusto. Escribir siempre ha sido mi pasión, mi forma de encajar lo que a mi alrededor sucedía y no quisiera dejar de hacerlo. 

Retomo este blog porque me encontré el enlace de casualidad, entré, como quien ajena a lo escrito por otro accede a su mundo, y me releí, como quien lee a un extraño, y sentí una sensación cuanto menos extraña. Fue como mirarme desde otro punto de vista, como toparte con recuerdos que sientes nuevos. 

La última entrada del blog se la dediqué a mi hijo Hugo con apenas unos meses, hoy tiene ya cumplidos los 8 años. Ha llovido, demasiado para no haber dejado reflejo alguno de lo vivido. Ahora siento pena, de no haber seguido escribiendo unas líneas que me hagan volver a tenerme, como cuando cambias de móvil y revisas las fotos de los últimos años antes de borrarle la memoria y guardas aquellas imprescindibles con cariño, con mimo, para que ningún error informático se lleve al traste parte de tu vida. Hoy me siento huérfana de letras, de historias, de reflexiones. Me siento como aquella abuela a la que los recuerdos se le han ido difuminando con la edad, por la demencia o por el Alzheimer. 

No puedo volver a sentir lo que he sentido para escribirlo de nuevo, es imposible, pero si puedo dejar unas letras con mi presente, para que sean pasado en unos meses, para reírme o llorar con lo que escriba, igual que he hecho esta mañana con las entradas anteriores.

Intentaré que el mundanal ruido, que la vida atropellada que vivo, no sea de nuevo un lastre en este gusto mío. Me prometo escribir las próximas entradas con los runrunes que me rondan en la cabeza hoy día, que son presente, y serán pasado y futuro. Me prometo ser fiel a mi misma en este pensamiento. Dedicarme un rato a exportar mis pensamientos a este blog y sentir la magia de la escritura, esa que a cada línea completa esfuma los malos rollos y saca brillo a los buenos.

Me prometo fidelidad.

jueves, 19 de enero de 2017

Su sonrisa es mi combustible, su risa mi motor

  

     Hay una manita pequeña y regordeta que impulsa mi vida desde hace unos meses. Es una manita que apenas logra sostenerse por ella misma y que, sin embargo, sujeta con tal fuerza mi existencia que a veces me resulta imposible imaginar que ha sido mi vida sin ella.

     Me gusta recostarme y sentirla en mi cara, en mi pecho, en mi alma. Y disfrutar de su calor y de ese olor que desprende tan reconfortante. Esa manita pertenece a la persona más importante de mi vida, por la que me siento capaz de todo y por la que los problemas mundanos han desaparecido. Hugo.

     Ahora más que nunca tengo la mente clara, despierta, y al mismo tiempo llena de interrogantes. El futuro sigue siendo incierto, como antes, pero ahora está lleno de una ilusión incontestable que supera cualquier miedo a esta vida desconocida que ahora vivo.

     En estos meses junto a Hugo he encontrado paz, una paz que nada tiene que ver con la contemplación o el sosiego; es una paz distinta, es esa paz en el alma que te da saber cuál es tu camino en la vida. Es una paz que sin embargo me mueve, me activa y que me empuja a ser mejor persona cada día.

     Y es que cuando sujeto esa manita y la ayudo a levantarse, a dar sus primeros pasos en esta vida, veo que me quedan tantas cosas que enseñar y de las que ser ejemplo, que dudo de todo lo que he hecho y todo lo que he sido hasta ahora. Espero estar a la altura y no defraudarme en este nuevo papel que ejerzo.

     Pero cualquier duda se convierte en certeza cuando me sonríe, entorna sus ojos y me charla en el idioma más claro que jamás he escuchado. Me dice que todo está bien, que es feliz y que en su corta vida no puede pedir más, sólo mi amor incondicional. Y lo tiene.

     Espero que Hugo siga toda su vida con esa sonrisa que me traspasa el alma, me la gira y me la devuelve reparada de cualquier daño. Su sonrisa es mi combustible y su risa mi motor. No hay día malo si al llegar a casa encuentro a ese pequeño personaje mirándome con sus ojillos entornados y su sonrisa seductora. Todo se repara, si encuentro unos brazos tendidos. Todo se embellece, si escucho una carcajada suya.

lunes, 9 de mayo de 2016

Esperando a Hugo

La espera más dulce. Más tierna. La más larga. La única.

Espero a Hugo como la quinceañera que espera al chico guapo de clase, al que invitó a su fiesta de cumpleaños rendida de amor. Y se pasa toda la fiesta mirando hacia la puerta por si aparece de una vez. Ha habido momentos en los que la esperanza de que llegara se esfumaba con cada portazo. La noche ha sido larga, demasiada, tanto como para perder la esperanza. Pero el destino es caprichoso y juega a su antojo. Así, que a eso del final de la velada, cuando la joven había dejado de mirar a la puerta en cada timbrazo, le llega una noticia que lo cambia todo.

Le anuncian que sí, que Hugo vendrá, que de hecho está de camino. Y como para esa quinceañera, cada portazo en falso dado en el camino hasta ese momento me vale la pena, porque solo queda que la puerta se abra por última vez y sea él. Hugo. Que aparezca por fin y de un plumazo cambie el horizonte de mi vida sin él tan siquiera saberlo. Como el chico guapo, que nunca será consciente del amor que esa chica le profesa en cada mirada, en cada gesto, en cada palabra, en cada silencio. Y es que como ese primer amor, sólo está éste. Incondicional, infatigable, perpetuo.


La impaciencia de ver convertido en realidad un sueño se hace palpable en el corazón de la quinceañera, en el mío, y resulta complicado gestionar ya las emociones. La ilusión, el miedo, el amor, la inquietud se entremezclan en un polvorín en el que cada minuto cuenta para ver nacer un sentimiento nuevo.

El final de la velada está muy cerca y la dulce, tierna y larga espera  habrá merecido sin duda la pena.

Estoy tan agradecida a la vida por darme esta oportunidad, que no tengo palabras para expresar lo que siento en estos momentos. Llevo un año en el que la existencia de mi ser en este mundo parece haber sido tocada con una varita mágica y la vida me está regalando tantos sueños cumplidos juntos que a veces el miedo a despertar me paraliza.  

Me imagino que a la quinceañera le ocurre lo mismo en su fiesta ahora mismo, que a todos nos pasa algo parecido cuando estamos a punto de rozar nuestro sueño con los dedos, creo que lo llaman miedo al éxito, no sé; sólo sé que en esta recta final la ilusión, el amor y las ganas de abrazar a Hugo le ganan la partida al resto de sentimientos que he acumulado a lo largo de estos nueve meses.

No cabe el miedo, no cabe un despertar, este sueño es real. No cabe nada en mi corazón que no sea amor eterno, incondicional e infatigable hacia una personita que está por llegar, que lo ha estado desde hace tanto tiempo que ahora, que es una realidad en proceso tangible, sólo merece ser recibido con la mejor de mis sonrisas y con un corazón colmado de ilusiones y felicidad.

Ya solo queda abrazarte, que nuestra piel se toque por fuera y vivamos juntos una vida de sueños cumplidos, sobre todo los tuyos, porque yo a la vida poco más puedo pedirle que tu felicidad.

Te quiero, Hugo.


PD: Ven ya, ¿no? 

jueves, 31 de julio de 2014

A veces...Gaza


A veces es mejor no pensar. Dejarse llevar por el devenir de los acontecimientos diarios sin pararse a reflexionar hacia dónde nos están llevando.

"Todo llega, y lo más importante nunca se remedia", nos decimos.

A veces "es mejor hacerse el muerto en el mar que nadar contra corriente", y así, mirando al cielo, con la brisa dándonos en la cara, esperamos el momento adecuado para zambullirnos hasta al fondo y agarrar con fuerza aquello que nos haga salir a flote, nos autoconvencemos.

A veces sufrimos por nosotros mismos y otras por los demás. Por aquellos que nos rodean y se empeñan en sufrir. Por aquellos que no podemos ayudar o no se dejan. 

A veces nos sentimos presos de nosotros mismos, de nuestras circunstancias y decisiones, y otras veces nos vemos atrapados en situaciones que nos tocan, nos ahogan, nos matan incluso el alma, pero a las que debemos ser ajenos, nos replicamos una vez más.

A veces nos despertamos y nos damos cuenta que debemos quedarnos ahí, en ese segundo plano egoísta que nos ayuda a olvidarnos del mundo que nos rodea y a seguir así, sin pensar, sin sufrir, sin padecer.



A veces nos gustaría gritar y sólo alcanzamos a gesticular el sonido, pero la mayoría de las veces no queremos saber nada. Ni hoy ni mañana y quizás tampoco queramos saberlo nunca. Nos sentimos atados de pies y manos, nos volvemos a repetir, y no queremos sentirnos culpables de nuestra inactividad. Cerramos los ojos y, aunque la brisa del Levante nos está azotando la cara queriendo despertarnos, seguimos ahí, en el mar, haciéndonos los muertos.


¿Nos despertarnos? ¿O continuamos mirando muertos?
#PAZ #Gaza

sábado, 5 de abril de 2014

Adiós

Me gusta escribir de lo que he vivido, de lo que he rumiado y de lo que queda después en mi estómago. A veces son sólo las vísceras y la hiel, y otras la esperanza y el sosiego.

La música inunda mi corazón hoy y le da alas a mis manos para verter lo tragado casi sin masticar. Suena una melodía cualquiera al piano, bendito instrumento...fiel amigo que me ayuda a centrar mis pensamientos, a digerir mis sentimientos y a escribir de aquello que creo haber rumiado...

Hoy hace un día espléndido, es un día primaveral exquisito, de esos que apetece pasar en la calle con la rebequita cerca por si refresca; pero estoy en casa, con las ventanas abiertas, dejando sonar la música y mirando al horizonte que me da mi piso en una primera planta.
Bajo algo el estor de la habitación que me sirve hoy de urna, necesito intimidad, y me dejo llevar por unos violines que me envuelven y me transportan a unos recuerdos tiernos, aún frescos.

Bendita terapia...

He perdido tanto sin apenas dejarlo sentir...
He querido tanto sin apenas decirlo...

Que ahora, que parece que todo está rumiado, estas líneas me parecen cortas, insuficientes y torpes para expresar lo sentido y callado, lo amado y perdido.

Seguiré buscando el lado positivo de las cosas y mantendré la esperanza que nos da la vida, la que seguiré viviendo intensamente, pero hoy sólo quiero recordar, sentir y ....

Cuesta tanto decir adiós.

Adiós, abuelo.
Adiós, mi cielo.
Adiós.




viernes, 16 de agosto de 2013

Destino... vacaciones

Las vacaciones son un momento ideal para reencontrarnos... con los amigos, con la familia y con las viejas maletas que, llenas de recuerdos de viajes anteriores, nos incitan a sumergirnos de nuevo en la red para buscar la mejor oferta online, cosa que nos desquicia, nos vuelve locos y nos deja mil dudas, al menos a mí.


Y es que cuando clico en "reservar" siempre me queda la duda de si estoy contratando un viaje de ensueño o una futura tortura. Llámenme cateta, que lo puedo ser en este sentido (a mí me gusta más considerarme prudente y precavida, en exceso quizás), pero cada vez que arrojo por la red cientos de euros para contratar las vacaciones no estoy tranquila hasta que no vuelvo y piso tierra firme, sobre todo si viajo con Ryanair, pero ése es otro tema.

Este año he ido a Estocolmo, como ya les digo, "a la aventura"; tanto, que el hotel al que iba no tenía ni recepcionista. Saludos y despedidas en sueco que me he ahorrado gracias al sistema de códigos y autocheck-in, cierto es, pero no se crean que no iba yo temerosa de Dios, aún siendo atea. Y es que, aunque sea en otro idioma, siempre gusta tener a alguien si la cosa se tuerce para poder chapurrearle espanglish o, en caso de falta de entendimiento total, como suele ser mi caso usar la mímica, depurada con los años gracias a jugar cada Navidad a Adivinar películas. A eso no me gana nadie.


 El caso es que lo hago todo por Internet porque es más barato y porque la falta de tiempo para acercarme a la agencia de viajes supera el canguelo que me produce la transacción económica. Si mi amiga Marta lee esto dirá que soy gilipollas, que por qué no recurro a ella, que es agente comercial en una agencia de viajes, y razón no le faltaría, que para eso están los amigos, pero ya les digo que al final lo que prima sobre todo lo demás es la guita.

Los más clásicos en esta materia, llegado el periodo estival, vuelven a su agencia de viajes de cabecera (si es que aún sigue abierta) y saludan a Carlos, su agente de viajes de las pasadas vacaciones que tan bien les asesoró. ¡Ah, no!, que ya no está, este verano saludan a Patri, la becaria de turno que lo sustituye, cosas de la crisis, y de los internautas, para que negarlo. Ahora mismo estoy entonando el mea culpa, no les digo más. Mil perdones para los cientos de agentes de viajes, el primero para mi amiga, por mi falta de compromiso con su trabajo.

Y es que, como leí en un tuit de Alberto Almansa hace nada, "nos están acostumbrando al paro tipo IKEA". Vamos a McDonald's o BurgerKing (por citar algunos), hacemos cola y recogemos nuestra mesa porque somos civilizados, cosmopolitas y nos gusta todo sistema extranjero de organización. Perdonen, pero NO, lo que somos es gilipollas, porque con nuestro civilizado ejemplo urbanita de dejar la mesa limpia para el siguiente le ahorramos al magnate de turno el sueldo del chic@ español (o no) que la iba a recoger, al hacer cola para pedir la comida hacemos lo mismo con el camarer@ y como éste decenas de ejemplos, que los empresarios españoles tampoco son tontos y copian este sistema a la misma velocidad que asciende el paro. O, ¿es que no lo ven?

Pero bueno, yo me iba de viaje, no a cambiar el mundo. 

Estocolmo es muy bonito, todos muy altos, muy rubios, muy cosmopolitas... pero todo muy caro, para mí al menos, que sólo me he dedicado a pasear, comer y beber (ser cultureta o como dice mi cuñada "sesudo" creo que está sobrevalorado, sobre todo a 100 sek la visita más tonta); luego parece que en Suecia tienen una magnífica política en vivienda y en educación, pero eso no lo he disfrutado, claro. Y supongo que era caro para una currante española, que para los suecos... los bares y restaurantes estaban llenos, no les digo más. Y borrachos, los que quieran. Bueno, tampoco era para tanto, había muchos... bueno, bastantes..., está bien, algunos, que por lo visto la tasa de alcohólicos ha descendido bastante en las últimas décadas (para una tara que tenían...). 

Y ¡qué bien viven en Suecia!, le decía el otro día a una amiga , ¡y cómo no, continué, si son los creadores del modelo IKEA! Está claro que les ha servido y de mucho exportar el sistema de laberinto ratonero para las tiendas, los muebles tipo kit y el autoservicio.

Pero voy a lo que voy... a las vacaciones. Qué bonito es viajar y ver lo bien que viven en otros sitios, el fresquito que les hace en pleno agosto, las islas (en lugar de parcelas) que disfrutan, los veleros y buenos coches que tienen  (sólo al alcance de los escayolistas españoles en pleno boom inmobiliario). Qué bonito es viajar... 

Pero más bonito es volver, y reencontrarte con tu calor asfixiante, que habías olvidado ya; con tu hipotecón, que revisas y comparas con los alquileres estatales de Estocolmo; con tu síndrome postvacacional, que nadie entiende; con tu pareja, que al regresar de los días de asueto parece que le ocurre lo mismo que a la carroza de Cenicienta al dar las doce (sobre esto ahondaré en otro post, no se me inquieten); pero sobre todo es bonito volver por esa rutina diaria establecida en cada hogar y qué tanta seguridad nos da. Esa rutina, que organizada al milímetro para poder encajar todas las piezas posibles, te deja tiempo para ir el trabajo, a la compra, para atender a los niños, a la pareja, al sexo, a la propia familia y a la política, para salir con tus amigos, con los de tu pareja, con los de tus hijos y sus papás... esa rutina, ya saben.

Y es que aunque al volver de las vacaciones siempre digo "hogar dulce hogar", y es de verdad, lo siento así (ya les digo que el "ir a la aventura" me acojona un poco); pasadas 24 horas..., ¡qué de anhelos me dejan los viajes! Siempre digo:  "Me voy a ir a vivir fuera de España, total...", y acto seguido: "Tengo que aprender inglés", y así todos los años. Como cuando cruzamos el umbral del año nuevo, ya saben, todos dejaremos de fumar, haremos dieta e iremos al gimnasio el mismo día 1, bueno el 1 no, que es festivo...el 2, tampoco, que cae en sábado este año...

Decirles que el viaje ha ido estupendamente, incluso con Ryanair. La experiencia de no tener recepcionista... magnífica, igual que la de recoger la mesa en Burguer King. 



jueves, 15 de agosto de 2013

Nunca más, bueno casi nunca...

Estoy revisando las entradas de mi blog y de verdad, qué melancólica me pongo a veces! Está claro que reaccionamos siempre de una manera más profunda ante hechos que nos hieren, pero ya está bien, que me voy a encasillar :-)


viernes, 28 de junio de 2013

Hojarascas

A veces el destino es caprichoso e insolente y nos vuelve la cara cuando intentamos sonreírle, como una veinteañera orgullosa conocedora de su poder hipnótico. A veces parece empeñado en no darnos tregua, y por mucho que nos empeñemos no encontramos en el paso del tiempo la respuesta que buscamos. 

Llevo tanto tiempo sin dedicarle aquí unas líneas a mi destino que pensé que hoy, tras un año sin hacerlo, podría escribir algo que no estuviera impregnado de una tintura de nostalgia, de deseos no cumplidos o de sueños deshechos. 

Pensé que sería posible, pero con un año más cumplido, vuelvo a estas líneas a desahogarme. A desahogarme porque uno de mis sueños parece que ha dejado de ser una quimera para convertirse en una realidad tangible y en suma dolorosa. Mis ilusiones ya no tienen cabida ni tan siquiera en mi imaginación, en la que en todo este tiempo han podido jugar libremente, haciéndome creer que todo es posible. 

Sin embargo, hoy no escribo para lamerme mis heridas. Hoy abro la mente, la ordeno y me doy cuenta que a veces las cosas simplemente no son posible, al menos en tiempo presente; que a veces el destino es caprichoso e insolente y no da tregua; que esa veinteañera estirada parte de nuestra vida sin ni siquiera escuchar lo que tenemos que decirle, que ofrecerle; se marcha sin mirar atrás, sin miedo, sin remordimientos, se aleja poco a poco y ahora sólo nos queda dejar se ausente por completo en nuestros corazones, volvernos con dignidad, levantar la cabeza y mirar al frente para volver a descubrir cómo la vida sigue sin ella.

No nos queda la pesadumbre del que no lo ha intentado, ni del que se rinde; peleamos duramente a lo largo de las batallas, haciendo todo lo que estaba a nuestros alcance y ahora es tiempo de reconocer que la guerra ha terminado, que es necesario descansar, tomar distancia y olvidar a esa veinteañera caprichosa. Es tiempo de quitarnos las ataduras que nos unían a ella a través de quimeras y de sueños por ahora imposibles, y comenzar a caminar sin miedo a la pérdida, mirando al destino cara a cara y descubriendo que la vida, a pesar de todo, tiene tanto que ofrecernos que no merece la pena gastar ni un sólo día lamentando la pérdida de aquello que nunca tuvimos.


Es tiempo de recoger las hojarascas, de plantar nuevas flores en el jardín y esperar a que crezcan. Ya llegarán otras primaveras que nos devolverán estas ilusiones ahora perdidas, o veranos que nos descubran otras metas, tengo claro que el camino será largo y habrá otros otoños e inviernos, pero nunca serán lo suficientemente grises y fríos para no descubrir en el paisaje algo que merezca la pena.

Por eso hoy también escribo para señalar que, a pesar de todo lo vivido este año, el balance puede ser positivo si uno lo quiere así. Y yo lo quiero. Dejemos de centrarnos siempre en lo malo que nos sucede y divulguemos lo bueno. He vivido experiencias inolvidables en estos últimos 12 meses. Experiencias que llevo en el corazón y que me han enseñando cómo la vida depende sólo de cómo nos la tomemos, de nuestra actitud. No podemos elegir las cartas que nos tocan en el reparto que hace la vida cada día, pero sí cómo jugarlas. Y yo decidí hace mucho tiempo que jugaría todas las manos, sin renunciar a ninguna, sin dejarme llevar por faroles o por la falta de posibilidades, con la certeza de que a pesar de las posibles pérdidas que tuviera en el camino siempre, siempre, iba a merecer la pena jugar cualquier mano que me diera la vida. Cada día iniciamos mil partidas en todo aquello que emprendemos, disfrutemos del juego.

jueves, 9 de agosto de 2012

Las despedidas de mi futuro

Cumplí 35 años y decidí comenzar un diario. No sé si por recordar la adolescencia, por dedicar unos minutos al día a escribir sobre lo que realmente me rodea o simplemente porque intuía la necesidad de rumiar cada día para poder tragarlo. Sea cual fuere la razón desde entonces no he escrito sobre ningún acontecimiento que esboce mi sonrisa. Ortega y Gasset dijo aquello de que "yo soy yo y mis circunstancias", pues bien, mis circunstancias parece que se empeñan en obligarme a dedicar unos reglones cada día al recuerdo, la nostalgia y la añoranza de alguien que no llega o que se marcha. 

A unos les escribo porque se despiden de mi poco a poco, en silencio; otros porque lo hacen de repente sin llegar a conocerlos. A otros les dedico unas líneas porque nos abandonan después de luchar y a otros porque de repente les cuentan un día cuál es su fecha de caducidad en este mundo en el que para vivir hay que morir. 

Hace unos días despedimos al padre de un amigo, tras un año de lucha ahora descansa en paz. Y en su despedida volví a recordar todo lo que no me gusta. 

He asistido a demasiados entierros y de una vez por todas os cuento aquí y ahora que yo así no quiero morir. No quiero. No quiero que al despedirme de una vida que espero vivir intensamente el negro sea el color que me venere, no quiero.
No quiero que nadie cante con pena cánticos en mi memoria, ni campanas que tiñan a muerto, no quiero. No quiero que los que me recuerden den el pésame a mi familia ahondando en su dolor, no quiero. No quiero que un cura que no me conoce de nada hable de mi, ni de lo que me espera, ni de lo que viví, no quiero.
Sé que cuando uno ya no está en este mundo poco poder de decisión tiene, pero me gustaría dejar estas letras como testamento vital porque me gustaría que mi despedida fuera cómo a mi me gustaría despedir a los que se marchan de mi lado y que por la cultura que envuelve a la muerte hoy por hoy me resulta imposible.



 

A mí me gustaría a ir a un sepelio vestida como si fuera un día especial, me gustaría llevar fotos y recuerdos del homenajeado en la cartera para recordar su vida, sus aficiones, su mal carácter o aquella vez que nos hizo reír a todos al caerse. Me gustaría relatar mientras brindamos lo bonito que fue compartir nuestra vida con esa persona, lo mucho que nos aportó y las veces que nos peleamos. Me gustaría preparar su plato favorito y brindar con su vino, bailar su música y caer derrotados pasada la madrugada por su recuerdo, por su vida y no por su muerte y su adiós. 

Me gustaría poder soñar a cada poco con el que se marcha y vivir en ese limbo los mejores momentos compartidos. Me gustaría tanto no despedirme de una caja de pino y sí del pariente, del amigo, de la persona. Y me gustaría que una gran foto suya sonriendo presidiera ese homenaje, y que en lugar de pésame diéramos palabras llenas de vida a los que se quedan.

Odio esa costumbre nuestra de despedirnos entre llantos y sólo llantos fomentados por el circo en el que a veces se convierte la muerte. Sé que hay costumbres tan arraigadas que cumplir este deseo es muy complicado, pero creo que si despidiéramos al ser querido de esta forma el día de su despedida sólo sería el primer paso para seguir viviendo con él pero de otro modo. 

Al final el dolor pasa, y lo hace porque debemos continuar con nuestra vida, hay que tirar para adelante, por este motivo me pregunto por qué sembramos más pena en la despedida con el luto y pésames vacíos. Además, el rito religioso de los creyentes es el que menos entiendo, si nos despedimos de alguien que se va a la derecha de Dios padre por qué lloramos o por quién lo hacemos realmente, por él que se va al paraíso o por nosotros que nos quedamos. Nunca lo he entendido. Jamás me he despedido ni he permitido que nadie se despida de mi entre lágrimas cuando me voy de viaje a un lugar mejor, por qué he de soportarlo en mi fallecimiento. 

Sé que sentir dolor es irremediable. Los que nos quedamos aquí solos somos los que padecemos ausencias, y con ellas el dolor, a veces algo egoísta, de no poder contar con el apoyo, el cariño, la sonrisa y los consejos de la persona que despedimos. Me gustaría pensar que el día de la despedida hacemos un homenaje al que se marcha y como tal a mi me gustaría que fuese un día de fiesta. 

Así que si os despedís de mi alguna vez llevad la prensa del día por si hay algo más interesante de lo que hablar; para comer os propongo jamón 5J, carabineros y vino blanco verdejo DO Rueda, me encanta; y si os vais a poner nostálgicos... que suene alguna melodía al piano mientras relatáis mis hazañas. Eso sí, mantened una sonrisa, poneros guapetes y bailad hasta el amanecer pop de los 90, quizás de un entierro salga una boda y el mundo al final se pliegue sobre si mismo para volver a empezar. Gracias, yo os devolveré el favor preparando todo allí donde uno vaya para recibiros también con otra fiesta. Salud.

martes, 13 de marzo de 2012

Vivir para luego olvidarlo


Mi abuela se olvida de su vida poco a poco. Se olvida de lo inmediato y de lo lejano. Se olvida a ratos, pero se olvida. Poco a poco le da la bienvenida a esa enfermedad que te convierte en un niño al que cada día hay que enseñar algo. Mi abuela aún me recuerda, aún me besa y saluda con afecto e interés, pero sé que algún día la besaré sin que sepa que soy su nieta mayor. Seré una desconocida. Temo ese momento, sobre todo por ella, porque no recordará la gran mujer que fue, que es y será a pesar de todo. Tampoco recordará que me encantaba ir a su casa cuando tenía seis o siete años y ver como preparaba los mejores filetes con patatas que jamás he probado, ni cómo me gustaba quitarle su sitio cuando se levantaba de su mecedora. No lo sabrá por su enfermedad, pero también porque nunca se lo dije. Esto me hace reflexionar sobre todas las cosas que nos callamos y no decimos a nuestros seres queridos. Pensamos que no hace falta o que siempre habrá tiempo para decírselas. Ahora, con mi abuela, me doy cuenta que no.

Hay momentos en los que mi abuela aún sigue siendo ella, y otros en los que se camufla como un mueble en una habitación. No mira, no habla. Está ausente. Se diluye y no participa en la tertulia familiar. Sin embargo, cuando mi abuela es mi abuela, ella recuerda anécdotas de su infancia que me llenan de alegría e ilusión. En esos momentos, mis tíos la interrogan intentando anclar sus recuerdos a esta vida que aún vive con nombres y apellidos. Pero es esa vida que aún disfruta la que se diluye como el azúcar en el café, sin que nadie puede hacer nada. No hay remedio para esta enfermedad, para este maldito mal, que nos arranca cuando llega nuestra esencia y nos deja como un trapo tirado en una cuneta, sin nombre, sin dueño, sin alma.

Siempre es grato escuchar la voz de la experiencia, escuchar vivencias de otras épocas, de guerras vividas y de regímenes extinguidos. Siempre es extraordinario, pero en los últimos meses me lo parece más, porque sé que esas vivencias y esa sabiduría se perderán con la memoria y los recuerdos de mi abuela, que quedarán recluidos en vida dentro celdas en las que no habrá cerraduras. Se extinguirán sin remedio como la conciencia de una gran mujer, la que ahora, en esos momentos que tiene de “me olvido de todo y luego lo recuerdo”, revive con extrañeza y entusiasmo cosas que, por elementales, yo ni siquiera veo.

 El otro día celebrábamos en casa el cumpleaños de mi abuelo. 85 años. Mi abuelo aún conserva todos sus recuerdos, pero desde hace unos meses su mirada parece triste, su caminar más lento y su ilusión sin aliento. Mi abuelo la mira con pena contenida, y eso me entristece. Ver cómo dos personas vitales van perdiendo sus energías poco a poco, y lo que es aún peor sus recuerdos, me llena de nostalgia. Entiendo lo que debe pasar mi abuelo, no debe ser plato de buen gusto ver como la persona que más has amado se disipa como una nube en una tarde de verano.

Ese día mi abuelo festejaba su cumpleaños con gastroenteritis. A esa altura de la vida es normal estar en el ambulatorio un día si y otro también, el cuerpo se resiente, así que mi abuelo no estaba para muchas fiestas. Su familia, sin embargo, nos resistimos a no celebrar con él y mi abuela cualquier fecha memorable, igual que yo revivo ahora en mi cabeza la madurez de mis abuelos y mi niñez intentando anclar también mis recuerdos.



Durante la celebración, mi abuela se volvió a convertir como otras veces en el centro de atención. Sin un anfitrión con ganas de fiesta, ella acaparó todas las preguntas. De este modo, mi abuela, con la inocencia que desde hace meses irradia, me abrió los ojos.
Alguien le preguntó tras soplar mi abuelo las velas:
- “Abuela, y tú ¿cuántos años tienes?”.
A lo que ella respondió: “No me acuerdo”.
- “Abuela, tienes 81 y el mes que viene cumples 82”.
- “¿Qué yo tengo 82 años? ¿Todo eso he vivido ya? ¡Qué barbaridad!, espetó. Yo hubiera dicho que tengo unos 60.
- Abuela, tu hija mayor tiene 60.

Mi abuela había perdido en el olvido y de un plumazo 22 años de su vida, o lo que es lo mismo toda su adolescencia y juventud. Me di cuenta en ese instante que la mayor parte del tiempo no somos conscientes de lo que vivimos, ni cómo lo vivimos, y que sólo cuando comenzamos a olvidar que hemos vivido descubrimos cuánto ha sido, y lo poco o mucho que lo hemos disfrutado. Mi abuela me abrió los ojos. No quiero vivir sin pena ni gloria, quiero pisar cada instante, como se pisan las uvas para exprimirles su zumo. Quiero anclar lo bueno y lo malo, señales de lo vivido, pero sobre todo quiero sacarle a la vida hasta la última gota que pueda darme. Quiero vivirla, por si luego toca olvidarla.

martes, 17 de enero de 2012

La magia de la música y el autismo

Dicen que la música amansa a las fieras, que estimula el desarrollo del feto y que proporciona bienestar. Dicen que buscamos músicas en sintonía con nuestro ánimo. Alegres cuando estamos contentos y tristes cuando la melancolía aparece en nuestra alma, y que tras su escucha siempre nos sentimos mejor, fuera cual fuera nuestro estado inicial. Se le da a la música infinidad de cualidades y a músicos como Mozart capacidades impensables al interpretar alguna de sus melodías. La música siempre me ha sorprendido. Es capaz de sacar lo mejor y lo peor de mi. Su estudio me ha proporcionado una gran sensibilidad, pero también una disciplina inquebrantable. 


He dedicado a la música la mayor parte de mi vida, empecé con 9 años y no la he dejado en el olvido nunca, a pesar del desamor que he tenido con ella en alguna ocasión. Estudiar música es un ejercicio de constancia, y eso en cualquier época de la vida es duro. Sin embargo, he aprendido a aprender cada día cosas de este arte, aunque fuera de un modo más relajado en algún tiempo. A pesar de los años en el conservatorio, en la facultad y en casa, la mayor lección que me ha podido dar a lo largo de estos 25 años, la más práctica e importante, me la ha dado de la mano de Pedro, mi alumno autista e hiperactivo. 


Antes de enfrentarme a esta clase “especial”, jamás había enseñado a un niño con este trastorno, me documenté. Leí artículos sobre los beneficios de la música para los menores autistas y consulté con varios especialistas en el tema que me pusieron varias cosas claras. “El primer día va a ser un caos. Pedro no va hacer nada de lo que prepares para la clase”. Su madre también me advirtió. “No lo fuerces, no le cojas la cara para que te mire, no le toques”. Me hablaron con términos técnicos que había escuchado, pero jamás estudiado, y de circunstancias y situaciones que tenía que ver en su consultorio psicológico semanal porque no podía imaginármelas, tenía que verlas para saber cómo reaccionar y como contactar con la mirada huidiza de Pedro. 

Todas estas indicaciones y requerimientos, tanto de los especialistas en autismo como de los padres, me acojonaron en un principio, la verdad, y me pusieron a la defensiva por si la reacción de Pedro hacia un entorno y persona extraños no era la más correcta políticamente hablando. Sin embargo, preferí enfrentarme sola, sin haber tomado nota de lo que otros profesionales hacen con Pedro y al preparar la clase intente olvidar todas esas pautas estrictas y adaptar la música a un niño de 8 años con un desfase curricular de dos años. Es decir, pensé en Pedro como si tuviera un desarrollo mental de 6 años y un desarrollo del lenguaje de 4 años. Adapté la música a su particular mundo y elaboré los recursos para introducirme en él de forma sigilosa, sin hacer ruido.


Cuando Pedro entró por mi portal, desde mi casa escuchaba sus peculiaridades y a su madre llamándolo al “orden”. Tampoco era muy complicado, solo vivo en la primera planta. Pero por un instante me acojoné. “¡Era cierto todo lo que me habían advertido!”. Respiré hondo, dejé que tocaran a la puerta, esperé unos segundos y abrí. En el instante en el que la puerta se abrió, un torbellino llamado Pedro entró en mi casa y recorrió e inspeccionó cada palmo de mi piso cuando apenas había podido saludar a su madre. “Ay, Dios”, pensé. Su madre lo llamó al "orden" y me dijo que era una reacción normal. Volví a respirar y visualicé que todo iba a ir bien. Pasar de la entrada al salón nos costó varios intentos. Hay que hacerlo de una forma determinada para que se establezca una rutina y con ella la normalidad cada vez que Pedro entre en mi casa para aprender música. 


Tras conseguir sentarnos, le expliqué a Pedro mediante pictogramas lo que íbamos hacer y comenzamos. En el momento en el que Pedro escuchó mi voz entonando las notas musicales se relajó. Fue como un milagro. Dejó de ser el torbellino de la entrada para convertirse en un niño capaz de estar sentado, escuchando e imitando lo que oía. Incluso nuestras miradas se cruzaron en más de una ocasión a lo largo de la clase. Con su buena reacción ante la música, a mí se me olvidaron las pautas y sin pensarlo le cogí las manos para comunicarme con él. En ese microsegundo que pasa entre que haces algo y se ejecuta la respuesta, pensé “mierda, le he tocado, a ver que pasa”. Lo mejor fue que no pasó nada y Pedro respondió como cualquier niño. Él también me cogió las manos para que dejara de ayudarle. Quería hacerlo solo, y lo hacía muy bien. La aprobación y el refuerzo positivo son fundamentales. Pedro los recibía de mi parte, pero no como al loco cuando se le da la razón, Pedro realmente lo merecía. 


Mediante distintos juegos, Pedro aprendió ese día 5 notas musicales, su colocación en el pentagrama y su entonación. No creáis que esto es fácil, ni siquiera para vosotros. ;-)   Tras estos ejercicios, llegó el turno de sentarse al piano e interpretar una melodía. Utilicé sólo dos de las cinco notas aprendidas y con ellas Pedro pudo interpretar “En el bosque sin cesar, se oye al Cuco así cantar. Cucú, Cucú, Cucú”. Y lo hizo bien, muy bien. Eso sí, Pedro investigó entre repetición y repetición las cualidades sonoras del piano, preguntó a su manera para que servían los pedales del piano y me invitó a que yo primero tocara con él y luego dejara de hacerlo. Incluso cuando rocé con el codo las notas más graves del piano, Pedro se sorprendió ante su sonoridad y luego me sugirió que me alejara del piano para no errar más. Me lo sugirió a su manera, claro, levantándose de la banqueta e intentando separar mi silla del instrumento, pero lo importante es que estableció una relación con el piano y conmigo.


Cuando terminó la clase, su madre, que había permanecido durante toda la hora en la habitación, sólo acertaba a elogiar mi trabajo con Pedro y a subrayar que estaba “alucinada”. Fue en ese momento cuando comprendí la importancia de lo que había pasado allí, para ella había sido mágico, y para mí desde ese instante también. “He tenido que comprobar que era Pedro y no tú quien estaba tocando el piano”, señaló su madre. Ambas estábamos sorprendidas por todo, por su pequeña hazaña al piano, por que hiciera caso a mis directrices y por cómo había respondido a la música y a la clase en general. Yo no me lo podía creer, aún me cuesta. Jamás me he sentido tan satisfecha en mi vida laboral como ese día. 

De esta forma, la intención inicial de su madre de que fuera a ver cómo Pedro trabajaba con su psicóloga para tomar nota se esfumó. Cuando esta mujer me dio su total confianza sentí orgullo y encontré sentido a esos 25 años de estudio y dedicación total y parcial a la música. Ver la reacción de esa madre y de ese niño no tiene precio. Cabe señalar, que una vez que Pedro se levantó de la banqueta, me ayudó a cerrar el piano y le dije que la clase había terminado volvió a ser ese niño hiperactivo y ausente que hacía una hora había traspasado mi puerta. Volvió, mientras su madre y yo nos despedíamos, a revisar cada habitación de mi casa. Menos mal que superé la prueba del algodón. “Está muy limpio”, dijo.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Mi autoayuda, tu autoayuda, nuestra autoayuda




Hace tiempo que no escribo, quizás no tenía nada que decir. No es que ahora lo tenga, ahora lo hago porque lo necesito. Me hice periodista por esta necesidad, la cual he olvidado en los últimos años más de lo que me gustaría, al igual que a mi primer amante, el piano. No voy hacer ahora una lista de propósitos para Año Nuevo, en la que incluya retomar mi relación con las teclas de un viejo amor ni con mi deseo de dedicarme a escribir relatos de la vida cotidiana. No lo voy hacer porque mi propósito para Año Nuevo está muy claro. Encontrar un trabajo. Ya no sugiero que sea bueno, ni siquiera que esté bien pagado, sólo digo que sea uno que dignifique, que me haga sentir que nadie tira de mí y que yo también aporto algo a este carro social lleno de bajas.

Por eso hoy no voy hacer esa lista, que ya en mis queridos medios de comunicación empiezan a anunciar mientras cinco minutos antes nos cuentan que el paro ha vuelto a crecer. Mis oídos chirrían al escuchar las noticias, pero comprendo que se mezclen en los informativos reportajes sobre el macropuente y los adornos navideños, que suenan a otra época, con  noticias sobre la realidad actual de la prima de riesgo y las colas del INEM. Las entiendo porque han sido muchos los años que estado detrás del telón ayudando a mover los hilos de una realidad casi siempre falseada y narrada para quien la quiere escuchar con poca o nula sensibilidad. Al menos hoy lo siento así.

Ahora sólo quiero recuperar el tacto de otras teclas, las de mi ordenador, y recordar que al acariciarlas encuentro el alivio que mi alma necesita, la tirita y el consuelo que me da saber que con un nuevo documento en blanco mi mundo se disfraza de lo que yo quiero. Puedo ser quien quiera ser, vivir lo que quiera vivir y encontrar la solución a una situación que, si no te pones las gafas de cristales rosas, ves abocada a otro corralito. Pero no es ésta la historia que os quiero contar, quizás ésa la vivamos y ya sabéis que la realidad supera siempre la ficción. La que os quiero narrar es ésa que, cuando uno siente que cae al vacío, te llena de fuerzas y logra que puedas agarrarte al más fino quicio, al clavo ardiendo.

Hay cosas que nunca van a depender de nosotros, y menos en la situación actual, pero otras muchas sí. La mayor parte de ellas dependen de nuestro estado emocional, de la fuerza interior que demostremos ante las adversidades. Os recomiendo ver la película 127 horas. El ser humano es capaz de todo, de to-do, de lo mejor y de lo peor, pero esto no lo descubro yo, esto ya lo sabéis. Sólo es cuestión de reconocer qué es lo mejor que podemos hacer para sobrevivir y luchar, luchar y luchar por conseguirlo, porque en esta vida hemos venido a eso, a luchar, y quien pensara lo contrario ya se habrá dado cuenta de su error. Es cierto que en ocasiones, muy contadas, encontramos la felicidad, pero siempre la hallamos tras esa pelea constante que mantenemos contra nosotros mismos para adaptarnos a una realidad cambiante.

Cuando nacemos en nuestra vida nada es imposible, todo está por hacer, sólo es cuestión de comenzar, de caminar, y lo hacemos. Pues cuando caemos al vacío es igual. En esta situación todo está por ganar y no hay nada o casi nada que perder. Lo que depende de nosotros es el tiempo que dediquemos a caernos y el que dediquemos a caminar. Por eso, deja el lamento, el llanto, la nostalgia y la desesperanza, deja todo lo que te hunde a un lado y visualiza la entrada de tu pozo; porque en un pozo, la entrada y la salida se encuentran en el mismo sitio. 

Cuando sepas por qué empezaste a caer sabrás como escapar; es así de sencillo y así de complicado. Es un proceso que te puede llevar sólo unas horas o unos días, o por el contrario prolongarse durante meses o años, eso depende de lo rápido que aprendas a reconocer las cosas que te hacen bajar o subir por esa cuerda que existe en todo pozo. Es normal caerse y hacerse daño, incluso mucho, si es el alma la herida, pero más normal debe ser levantarse. No mires hacia abajo, no camines cabizbajo, porque así no podrás ver el horizonte.

Yo, cada día aprendo a levantarme de una forma diferente, es lo que tiene tener todo el tiempo del mundo y, asimismo, tener menos que nadie. Sí, cuando estás en paro todo el mundo piensa que tienes mucho tiempo, dicen que libre, pero en realidad lo que tienes encima de tu cabeza es una cuenta atrás que parece correr más que para ninguna otra persona. Los días, las semanas, los meses pasan volados y no te da tiempo material a llevar a cabo todo lo que te propones hacer para salir de tu particular pozo. Las horas del día se quedan cortas para aprender todo aquello que necesitas saber. Y es que cada día que pasas en paro, la vida te examina de un modo u otro. Es el peor examen al que me he enfrentado, y ahora dejo de hacer demagogia.

A mi me ayuda escribir, narrar lo que pasa por mi cabeza, ésta es mi autoayuda. Cada uno tiene la suya, hay que saber reconocerla y sacarle el máximo jugo posible. No olvidemos que cuando uno está en caída libre, y ve la luz sólo cuando mira hacia arriba, lo mejor que le puede pasar es que esté bien preparado, tanto física como mental y emocionalmente. No hay que tenerle miedo al fondo del pozo, la oscuridad no hace daño, no mata, al igual que la lluvia, aunque reconozco que todavía hoy corro a refugiarme bajo un paraguas cuando me sorprende. Por eso debemos aprender a bailar bajo la lluvia, a sobrevivir con lo justo, y cuanto antes lo hagamos, antes encontraremos nuestra felicidad. Un día leí en algún sitio que la vida no trata de sobrevivir a una tormenta, sino de aprender a bailar bajo ella. Y es cierto.  
Aprendamos a ser felices con lo que poseemos, por que hay que tener muy clara una cosa: todos caemos. De un modo u otro, en algún momento de nuestra vida, por distintas y diversas circunstancias, caemos, y siempre nos hacemos daño, siempre. Pero también debemos tener cristalino que ese dolor, esa caída, ese padecimiento no dura eternamente, es física y humanamente imposible, y sabiendo esto podemos hablar ahora largo y tendido si queréis de la tan traída y llevada inteligencia emocional, pero para qué. La inteligencia emocional es una asignatura que los españoles, cuando acabe esta nueva crisis, habremos superado una vez más con cum laude. No ha sido de otra manera. No puede ser de otra manera. Y si en esta ocasión la hay, no quiero verla; hoy, no tengo a mano mis gafas.

Dejad los paraguas en casa y mirar al frente, el camino está ahí.