martes, 20 de agosto de 2024

Mujeres, maternidad y matrimonio

Cuando retomé este blog la última entrada que leí fue la de mi reciente maternidad, fue ésa la que hizo darme cuenta lo mucho que había dejado atrás no escribiendo en este espacio virtual durante tanto tiempo. Mi hijo tiene cumplidos los 8 años y en todos estos años hemos evolucionado tanto juntos, hemos crecido tanto ambos, que es una pena no poder releer la emoción que sentí cuando dijo MAMÁ por primera vez, o cuando dio sus primeros pasos, le salió el primer diente o se le cayó. O cuando fue su primer día de guardería o de cole...son tantas las cosas perdidas. Las tengo en mi recuerdo, en fotos, en vídeos, pero en ninguna se plasma la emoción, los miedos, la alegría, la entrega, de ahí que vuelva a prometerme serme fiel en este pequeño espacio personal de reflexión.

Mi hijo es especial, un ser de luz, mucho mejor que su padre y que yo. Y esto lo diremos todas las madres, o no, pero yo os explico por qué mi hijo sí lo es, de verdad. 

No sé cómo a su corta edad ha aprendido a querer como quiere, nos quiere. Es la única persona que conozco en el mundo que es capaz de decirnos cada día, en el momento justo, cuando más lo necesitas un TE QUIERO, ERES LA MEJOR MAMÁ DEL MUNDO. Es la única que me afirma no estar haciéndolo del todo mal, es la única de la que se lo escucho y me lo creo, sin sonar a nada más que agradecimiento, orgullo y amor. De su padre y de mí no lo ha aprendido, o puede que sí. Ninguno de los dos somos personas cariñosas con nadie, salvo con nosotros dos. Aprendimos a serlo juntos y entre nosotros, y con nuestro hijo, pero nunca tenemos esas muestras de afecto que Hugo nos dedica a base de besos, abrazos y te quieros con nuestros padres o hermanos. Él sí es capaz, lo ha aprendido hacer mucho antes que nosotros, por lo que tiene ganado un largo camino, porque saber decir TE QUIERO a quien quieres a veces no resulta fácil, a mi no me lo resulta y nunca he sabido por qué, porque mi madres es otro ser de luz capaz de amar, a veces hasta demasiado y quizás por eso sea yo todo lo contrario. No sé, pero avalo y valoro a aquellos que son capaces de sentirlo y demostrarlo sin pudor. 

Espero que Hugo no cambie, que siga así en sus años de adolescencia, que no se aleje tanto como para sentirlo lejos, porque será duro, como lo debe ser para mi madre aunque yo nunca haya sido de esa forma y ya esté más que acostumbrada.

Dicen que a veces damos lo que necesitamos recibir y por eso yo le brindo a Hugo la seguridad plena de mi amor cada día, aunque a veces se vuelva un poco pesado y yo no esté en mi mejor momento del día, siempre intento estar presente y devolverle lo mucho que me da.



La maternidad es muy complicada. Las mujeres de mi quinta llegaron a ella o por devoción, o por el reloj biológico ese que dicen que tenemos y que creo que es solo la sociedad que nos señala de un modo u otro que eso es lo que toca, o por un error de cálculo. Hoy día el error de cálculo tiene mejor solución que hace unas décadas, con lo cual ya nadie llega por error si realmente no quiere; por devoción creo que cada vez menos, al menos en número de hijos, antes se daba más veces el caso de llegar al trío de ases, ahora a duras penas se tiene uno. Creo realmente que la sociedad marca mucho la necesidad de tener hijos, quizás antes porque los hijos ayudaban en la casa, en el campo y demás, y ahora porque es sinónimo de pareja feliz, completa y con futuro. Todos de un modo u otro, aunque cada vez menos, nos sorprende que una pareja no tenga hijos y enseguida queremos saber el por qué, si es por falta de ganas, de creencia, por problemas biológicos...nos resulta raro, y de cierta forma nos da pena, que esas parejas no hayan podido tener hijos de forma biológica o que uno de los dos se resista a ser padre o madre.

La pena a veces dura poco cuando vez a tu lado a tu hijo con una rabieta o cuando te acuerdas de las extraescolares o los deberes, es entonces cuando aunque sientes esa pena interior acabas diciéndoles en voz alta: qué suerte tenéis, disfrutad vosotros que podéis, los dos solos, podéis viajar, ver mundo, sed libres en definitiva. Pero al llegar a casa, esa ansia de libertad recomendada a esa pareja feliz, que vive como de eternos novios, porque en muchas ocasiones te sientes frustrada sin saber qué hacer o cómo con tu hijo, se dispersan porque llegas a tu hogar, a tu refugio, donde los besos y los abrazos se amontonan, donde el TE QUIERO más sincero que escucharás nunca sale de esa boca mellada sonriente que te cubre y sana el alma, es entonces cuando ha valido la pena las noches sin dormir cuando era un bebé, la preocupación cuando enferma o la lucha para hacerle entender lo importante que es la disciplina, el esfuerzo y el trabajo constante. 

Todo se desvanece porque aunque en ciertos momentos tu vida reclama libertad, cuando te sientes libre te sientes algo vacía, y estás fuera de casa el tiempo justo que necesitas para evadirte de ser madre, pero igual que lo haces con tus amigas para evadirte de ser esposa. Todos necesitamos nuestra parcela propia, interior y exterior, en la que volver a encontrarnos, y creo que es posible tenerla, solo consiste en comunicarte con tu pareja y leer en sus ojos y él en los tuyos cuando necesitas desconectar de una de las partes de tu ser. Es entonces cuando sales con él o ella a cenar y te reencuentras como pareja, sales con tus amigas para cultivar la amistad y desconectar no solo como madre sino también como esposa, es cuando sales a correr sola para ordenar tus ideas y reencontrarte contigo misma. Es necesario.

A diario veo mujeres esclavas de su maternidad, por cómo ellas mismas la entienden. Una maternidad consistente en ser la mejor ama de casa, la mejor maestra de apoyo, la mejor cocinera, la mejora amiga de sus hijos, la mejor enfermera, la mejor estilista, la mejor entrenadora y coach, la mejor en definitiva en todo...y así resumo un párrafo agobiante. Pero además de eso en su pareja no existe una comunicación efectiva sobre sus necesidades como mujer, ni como madre ni como esposa, lo que conlleva tener una carga no solo mental, que esa la tenemos todas y no nos la quita nadie, si no también física. Son mujeres cansadas de la vida que tienen, que ven en esa libertad de la pareja de novios un anhelo imposible de tener, que entran en la rutina marital y familiar y no se encuentran así mismas... y entonces te cuentan que compran online porque no pueden hacerlo de otro modo, no tienen tiempo, o que van a hacerse las uñas o a la peluquería a una hora en la que no molesta su ausencia, que no salen con su pareja porque no tienen con quien dejar al niño y por supuesto no son madres de esas que antepongan sus necesidades a la contratación de una canguro, eso nunca, porque caerían del primer puesto de mejores madres y es lo único que les queda.

Y se llenarán de amor con los TE QUIERO de sus hijos, pero no serán felices, no al menos de forma completa. O ellas se sentirán vacías o lo estará su matrimonio. Y es entonces cuando las parejas se empiezan a desmoronar y llegan los divorcios. Actualmente la tasa de mujeres divorciadas de más 40 años es del 26% respecto a los 76.685 divorcios que el año pasado hubo en España entre parejas de 40 a 49 años, convirtiendo a esta franja de edad en la de mayor número de casos con 30.678. Es para pensarlo un poco.

Creo que estos ocho años que llevo siendo madre no lo he hecho del todo mal, espero que le cause los menos traumas futuros a mi hijo mi manera de llevar la maternidad, eso no lo sabrá él hasta que no cumpla cierta edad y yo quizás nunca; espero que mi matrimonio siga evolucionando como lo ha hecho hasta hora, cierto es que tengo al mejor compañero de viaje que pueda tener, después de 27 años juntos, 17 de casados, creo que lo puedo decir, pero ninguno de los dos podemos darlo todo por hecho, ni como pareja ni como padres, aún nos queda mucho camino por recorrer y aunque hay una frase que siempre está presente en mi casa "The best is yet to come", es imposible tenerle cierto reparo al futuro como padres, como familia y como pareja. Nunca se puede dar por hecho nada salvo vivir el presente disfrutando lo máximo posible de las cartas que cada día nos reparte la vida, y esto hay a veces que lo olvidamos demasiado a menudo.

Nosotros hemos comenzado otra etapa de nuestra vida hace poco, la Primaria trae situaciones distintas a las de Infantil, comenzamos en breve la preadolencencia con mi hijo, así como el cambio de mi puesto de trabajo o la aspiración de mi pareja de cambiar el suyo. A mi alrededor también está en proceso de cambio mi familia más próxima, algo que queramos o no afecta a la tuya propia. Espero que este 2024 acabe mejor de lo que empezó y que ellos tengan cierta paz para irradiarla a los demás, a nosotros, así como aspiro a que nosotros, mi familia de tres, también pueda hacer lo mismo y veamos todos el 2025 con otros ojos o con otro color de cristal de gafas.

Dicho esto, mujeres, madres y esposas no pretendan ser lo que fueron o no fueron sus abuelas o madres, sed vosotras mismas, con sus virtudes y sus defectos, no quieran llegar o ser lo que físicamente es imposible, lleguen hasta dónde puedan y cómo puedan, sus hijos las querrán igualmente, así como sus parejas si es que las quieren felices. De otro modo sus hijos y pareja solo tendrán en casa el reflejo de una madre o esposa cansada, hastiada, un espectro de lo que en realidad pueden llegar a ser con menos, y ustedes... se sentirán vacías, tanto que lo mismo les da por querer no estar donde en realidad quieren estar.

Un abrazo hermanas.

jueves, 8 de agosto de 2024

Duques y duquesas IV

Este será el último capítulo de esta serie en la que he narrado apenas un uno por ciento de mi paso por el Colegio Público Duque de Rivas. Han sido cuatro cursos apasionantes, en los que nunca he sentido que llevaba las riendas, en el que cada día era distinto, bello en ese sentido, aunque lo que lo hiciera así fuera ver explotar a veces a niñ@s llenos de rabia, rencor, frustrados, desmotivados y faltos de algo que no llegué nunca a descubrir. Esas cabecitas, esos corazones, necesitaban tanto de algo, que los docentes creo que nunca lo llegamos a descubrir por mucho que lo hayamos intentado, sobreponiéndonos al entorno,  empatizando, entendiendo y comprendiendo la mayoría de los hechos que sucedían en nuestras aulas. Siempre he pensado que todos hemos necesitado un psicólogo en el centro de forma perenne, pero tanto para los menores como para los adultos; unos para soltar ese lastre que a diario llevaban consigo y los maestros para entender y dirigir esa energía mal entendida por parte de nuestros niños. Pero ¿quién a esa edad ha entendido el mundo o ha comprendido su lugar en el mismo? Sin duda era pedirles demasiado a unos niños. Y quizás también a los maestros, que hemos sentido que caminábamos solos. Nadie te enseña en ningún sitio cómo se debe ser en Duque.

Las Palmeras es un barrio que necesita una intervención social global por parte de todos los agentes implicados en este cambio, coordinados y con un objetivo claro. Necesita darle la vuelta a todo como un calcetín. Yo, como creo que todos los que hemos pasado por allí tenemos en mente un proyecto, ajenos a los intereses políticos, a intereses propios y demás "mierdas" que a veces rigen una realidad; y es que a todas luces parece que mantener el gueto interesa a mucha gente. Levantar Las Palmeras como es necesario hacer implica molestar a los que ya se han acostumbrado a tener una paga por no hacer nada, por estar fuera de la sociedad sin apenas molestar, por ni siquiera cumplir con las obligaciones que se les exigen supuestamente para cobrarlas, y allí cuando se levantan ampollas se explotan a tiros.

Curso 23/24. Año IV. Este curso lo comencé con la incertidumbre de hacerme con una clase mixta de primero y segundo de ESO. La administración comenzó recordando recursos personales a este centro por la escasa ratio, así que como la única tutora de ESO me tuve que hacer cargo de esa miscelánea de niños. Mi compañera Mª Carmen, la otra tutora de ESO, había logrado después de una década en este centro plaza en uno instituto "normalizado", nos alegramos muchísimo por ella, pero yo al menos lamenté su marcha porque se iba una de las instituciones de este centro, y de las buenas.

Mi clase acogería a once alumnos, un número irrisorio para otro centro, pero no para éste. Sobre todo porque coincidían en el aula  hermanos, primas, varios trastornos graves de conducta, un absentista crónico...un cóctel difícil de digerir. Mi Estrella a las pocas semanas decidió cambiar de cole, me alegré mucho por ella aunque perdí el aire fresco que suponía, pero si quería prosperar era lo más sensato. Allí el que aspira a algo más de lo establecido por ellos mismos se le pega un cogotazo. Espero que le vaya bien y lo haya logrado.

Mi suerte vino con mi compañera Concha, una mujer que a las puertas de jubilarse colocó este cole en su lista del concursillo y a mi me dio la vida. Congeniamos enseguida y juntas nos hicimos fuertes en las trincheras. Ella entendió lo que se "cocía" en el centro y se adaptó rápidamente por su dilatada experiencia, pero a lo largo del curso se fue convirtiendo además en mi secretaria, y es que desde enero mi cabeza no fue la misma. Llegaron también Marta, de Inglés, y Teresa, de apoyo Proa, que sin duda sumaron como jabatas, día tras día. El año anterior como tutora reconozco que no valoré tanto la presencia de mis compañeros en el aula, pero este curso ha sido muy distinto.

Con la perspectiva de tres cursos vividos, a todo aquel que llegaba nuevo y me preguntaba aquello de ¿qué tal este cole?, le hacía una radiografía clara y objetiva de lo que es dar clase en este centro. No esbocé una sonrisa como mis compañeros el día que yo lo pregunté, no tenía el reseteo de meses y creo que es legítimo advertir a las claras de lo que vas a vivir. Siempre he dicho que para estar en el Duque de Rivas no debes traer ninguna "tara" de fábrica, es decir, ningún complejo, no debes de traer mochilas emocionales, debes saber desconectar, recargar pilas y no tomarte nada como algo personal. A Gema, mi alumna de prácticas, se lo dije el primer día que entró por la puerta, y con su juventud, de apenas 20 años, se adaptó a aquella realidad. Espero que mi ejemplo en el aula le valiera de algo, que aprendiera y se llevara la vivencia de Duque en positivo para crecer profesionalmente.

En estos años he visto a compañeros sufrir más de lo debido porque tenían alguno de esos ítems sin cubrir, a mi me pasó también este curso. A partir de enero, y por cuestiones familiares, el ítem "recargar pilas" no tenía lugar en mi casa, mi oasis. Llevaba y traía problemas de la familia al cole y viceversa. Y así no puedes estar. Por primera vez en cuatro años me vi sobrepasada un día por completo, me derrumbé, me vi incapaz de gestionar una batalla como tantas otras vividas, no fue con mi tutoría, que ya la tenía encarrilada, pero igualmente me menoscabó, porque me sentí indefensa, sin recursos y sin ganas.

Así que además de dejar el café por el descafeinado y tomar una infusión para dormir por la noche, incorporé a mi rutina diaria una pastillita tipo valeriana por las mañanas. Me ayudó muchísimo, me sentía más calmada en el cole y en casa, que era donde realmente necesitaba estarlo, porque al final pagaba mis daños con quien no debía. Nunca he perdido las ganas de volver al trabajo, creo que eso es fundamental para continuar o para hacer un parón. Mi querida Concha tuvo que hacerlo tras una contienda que le supuso la gota que colmó su vaso. Y es que a partir de enero, además de las cuestiones familiares a resolver, el centro entró en un estado catatónico. A mediados de febrero se confirma la noticia que durante años había planeado sobre este centro, la consejera de Educación confirmaba en los medios de comunicación el cierre del colegio. 

Tanto mis compañeros y yo nos sentimos ninguneados de algún modo, no fue hasta finales de marzo cuando tuvimos noticias de forma directa, se dio como un hecho consumado, se habló de dónde irían los alumnos y que era lo mejor para ellos. Los docentes tuvimos que esperar bastante más para saber qué iba a pasar con nosotros.

En este punto el colegio empezó a morir en vida, nuestros niños y sus familias no querían el cierre del centro, los docentes, que luchábamos por un futuro mejor para nuestro cole dejamos de tener un objetivo a la vista, y esto sin duda nos hizo mella a todos. 

Ese último trimestre ha sido el peor de todos para mi en este colegio. La falta de proyectos, de metas, mis cuestiones familiares, mi futuro laboral, iban llenando sin quererlo esa mochila emocional que no puedes traerte al Duque. Por otro lado, mis niñ@s de tutoría se enfrentaban la mitad de ellos, los de primero de ESO, a tener que ir a un instituto al otro lado de esa calle imaginaria que rodea a Las Palmeras y que es tan complicad de cruzar. Y los de segundo, con un pie fuera del sistema, con unas familias que lo ven también así, pocos rellenaron sus matrículas para 3º de ESO o para una FPB. Ninguno teníamos el espíritu que debíamos tener en este punto. Ni docentes, ni padres, ni alumnos.

Dicen que cuando se cierra una puerta se abre una ventana, y esa ventana fue el sustituto de Concha, José María, que venía todos los días al Duque de Rivas desde Marchena. Desde aquí le doy las gracias a Sipri por mandarlo y como no, a él, por estar presente cada día, cada hora, en esa aula. Yo no estaba para cuidar a nadie en esos meses, y José María supo hacerse con su clase de Matemáticas y Ciencias sin mi ayuda; además de que tener su apoyo en mis clases, la presencia de un hombre en el aula en una sociedad tan machista como la gitana siempre viene bien.


A pesar de los malos momentos anímicos propios, viví grandes días que recordaré con cariño, pero también con pena, con cariño por ejemplo la excursión a Hornachuelos, donde lo pasamos muy bien; tanto que nos olvidamos del centro en el que trabajábamos y disfrutamos todos, niños y mayores, sin que nadie tuviera que demostrar nada, ni autoridad, ni rango, ni desobediencia por que sí. Fuimos un equipo, ése por el que estuve luchando ser desde que cogí la tutoría en primero de ESO. Lo recuerdo también con pena porque, como a todas las excursiones que organizaba, apenas asistió la mitad de mis alumnos. 

La despedida de este curso fue como la del anterior, sin pena ni gloria, sin entregar regalos preparados, sin dedicarles unas palabras. Se fueron yendo poco a poco del aula sin apenas darme cuenta, sin poder despedirme como me hubiera gustado. Y reconozco ahora que eso me dolió. No quiero pensar que no dejé huella en ellos, no quiero pensar que no me apreciaron ni tan siquiera para decirme adiós, porque eso son cosas de mayores, de "payos". Ellos, como adolescentes de Las Palmeras, tienen sus propios sentimientos, su propia forma de amar, de actuar y en ninguno de los casos te van a reconocer a la cara lo que significas para ellos, ni darte un abrazo, ni dedicarte una frase amable. Es en su falta de insultos, de disputas y de batallas donde debes ver reflejado su respeto, y con él su estima hacia ti. Y en este sentido me sentí colmada.

El Duque de Rivas quedó atrás, podré decir siempre aquello de "yo estuve allí" y seguro que entonces, como mis compañeros, esbozaré una sonrisa y recordaré todo lo bueno que fue trabajar en este centro, las personas que conocí, lo que aprendí y todos los amigos que me llevé, porque el espíritu de Duque lo llevamos ya insertado todos en nuestro ADN de maestros, no morirá porque una puerta se cierre. Lamento que solo unos pocos docentes hayamos podido vivir lo que se vivía allí, porque a pesar de lo malo, el centro respiraba amor por los cuatro costados. Era imposible hacerlo de otro.

A todos nos espera otro futuro, mejor sin duda en muchos aspectos educativos, pero todos sabemos que lo respirado en el Duque, el compañerismo, la piña que formamos todo el claustro, el personal de servicio, los monitores, cocineras, voluntarios...eso, va a ser muy complicado de repetir. Allí fuimos duques y duquesas.

Hasta siempre Duque de Rivas.

miércoles, 7 de agosto de 2024

Duques y duquesas III

Tras el final del segundo curso en el Duque de Rivas, donde descubrí realmente en que iba a consistir mi trabajo en este centro, comencé el tercer año sin embargo muy motivada, con muchas ideas. Tras el varapalo emocional de Elena, durante el verano cargué mis pilas, ya sabía al despedirme en junio que el próximo curso iba a estar al frente de la clase de primero de ESO. Antonio bajaba a Primaria y se quedaba libre ese puesto que asumí con energía, con ideas, con ilusión. La directora decía que estaba preparada para dar ese paso y yo me lo creí. "Quizás en esta posición, con este rango, las cosas se vean distintas, sean realmente distintas", pensé durante los meses de verano. Y así inicié el mes de septiembre, que dediqué hasta que llegaron mis alumnos a crear de la clase un hogar, la decoré con mimo, con ganas de que al abrir la puerta encontraran un oasis en el desierto, un refugio. Así debió parecerles porque los dos años que pasamos en esas cuatro paredes mantuvieron ese hogar, con sus cuadros, con sus póster y entre todos y a lo largo de los cursos fuimos rellenando los huecos que quedaban con "nuestras cosas". Ahora sé que este simple detalle tenía un gran valor en realidad.




Curso 21/22. Año III. En este tercer año en el Duque de Rivas me vi al frente de una clase de ocho  niños y niñas, la mayoría desconocidos para mí porque venían de un colegio cercano que al no tener ESO sus alumnos acababan en el Duque por ese miedo que paraliza a los padres y madres de Las Palmeras a alejarse de su gueto, a cruzar la calle a sus hijos y que descubran un mundo al otro lado. Eran todo chicas, las nuevas, con las que creo que conecté, a su manera, ese curso. Una ratio que dará la risa a los compañeros que acierten a leer estas  líneas, ¿ocho alumnos?, ¿en serio?, podréis pensar, pero no vi haciendo cola a las puertas de este centro de difícil de desempeño a ninguno de vosotros, ni siquiera a voluntarios. Y es que quién esboza eso con esta ingenuidad me apena, no sabe qué significa, al igual que en un centro normal saber que es tener 25 alumnos; es como todos aquellos que sacan a la luz cada dos por tres las vacaciones de los maestros, cuando ni siquiera saben que cobramos menos que otros funcionarios con el mismo rango para estar supuestamente de vacaciones "cada dos por tres". Pero esto es otra lucha.

El caso es que esos ocho alumnos con sus mochilas suponían para todos los que nos poníamos enfrente de ellos una veintena. Cuando bajabas la mirada para ojear el libro y la levantabas para dar alguna explicación, no veías nunca a ocho personas, cada uno de ellos se multiplicaba, con su manera de ser, de entender la educación, la vida, con sus problemas y con su adolescencia encima, por tres.

De este año me gustaría recordar a Estrella, una niña que a pesar de sus problemas diagnosticados, parecía haber salido de otro mundo. Su ganas de aprender, de hacer las cosas bien, de sacarse la ESO, sus cuidados cuadernos, que parecían los de cualquier otra chica de primero de ESO, era aire fresco que respirar, era sentir que algo valía la pena y tenía sentido estar allí. Cierto es que luego, cuando no le cuadraba algo, se transformaba en una fiera difícil de domar, en un caballo desbocado que había que encauzar y dependiendo de quién se estrellaba o no. De ella guardé sus cuadernos al acabar el curso, como diciéndome a mi misma que algo había conseguido, que algo podía germinar. Estrella supuso un soplo de esperanza durante ese curso.

Este año lo recuerdo con cariño como tutora, creo que estuve a la altura, que allí significa nada más (y nada menos) que estar presente para sus necesidades, intentar enseñarle algo de la sociedad real, de los valores y conocimientos básicos que deberían tener, marcar unas normas básicas de convivencia, controlar las salidas de tono hacia el resto de docentes, entre ellos mismos o hacia mi, cuidar a los especialistas que entraban en mi aula, neutralizar las broncas entre familias que traspasaban las calles del barrio y se colaban en el aula y manejar a los padres. Mi coche no ha sufrido ningún destrozo durante mis años allí, creo por eso que lo he hecho bien.

La tutoría me tenía abrumada, y como especialista apenas me doy un aprobado, no empecé dando música a segundo de ESO en el primer trimestre, por lo que cuando retomé las clases había perdido el vínculo creado el año anterior con ellos, ellos mismos habían perdido parte de su esencia. Es llegar a segundo de ESO allí y al verse con un pie fuera del sistema les cambia el chip y ya poco se puede hacer. Pero con Primaria también me resultaba complicado ejercer de especialista, llegaba agotada a las clases, sin apenas ideas porque todas las consumía la tutoría, así que como autocrítica he de decir que no estuve a la altura, al menos a la que yo me exigía. También es cierto que tampoco ayudaba a sobreponerse los pocos resultados cosechados en los cursos anteriores en esta especialidad, pero eso son meras excusas.

A lo largo del curso perdí a varios alumnos por problemas familiares, tuvieron que irse del barrio. En los periódicos salió la noticia con la historia de alguno de ellos. Y es que cuando un hecho copa un titular en la prensa detrás hay personas, niños y niñas, que lo viven, lo sufren y padecen sus consecuencias. Otra realidad con la que me tuve que acostumbrar, al igual que a los protocolos de absentismo y los pocos recursos que existen para ponerle ese cascabel, como tantos otros allí, al gato.

Quiero creer que tanto ellos como yo pasamos un buen curso, que fui una buena referencia para ellos, a mi apenas me dejaron demostrárselo nunca porque en esos días en los que en cualquier colegio son días de fiesta, de convivencia entre maestros, alumnos y padres, me encontraba el aula de secundaria vacía, sola, sin nadie a quien demostrarle que todo esfuerzo tiene su recompensa. Y en el día a día no podía bajar la guardia. Así que me quedé con regalos sin entregar, con medallas sin dar y con palabras de aliento que dedicar.

Este año el mote "pelos gambas" desapareció de los pasillos, no solo porque Elena ya no estaba en el centro para recordarlo, sino porque llegaron otros compañeros nuevos que fueron la diana de otros motes. Yo por aquel entonces era capitán y encima tutora de los mayores, y eso se nota. Mi clase me respetaba, a pesar de ser "pesada y cansina" como ellos me decían cada vez que intentaba apurar su esfuerzo un poco más. Mis normas eran claras y se cumplían así me costase a mi quedarme con ellos castigada en el recreo o hasta las tres, a pesar de que había días muy duros que apenas tenía ganas de comer cuando llegaba a casa y solo quería dormir la siesta. Sabía que aquellas batallas diarias con ellos para que trabajasen, para que cumplieran las normas, para que hubiera respeto y convivencia en el aula, esas las ganaba quien no cedía, quien no dejaba un resquicio por el que colarse, siendo justos con todos y tratando a todos con el mismo rasero, a pesar de que lo queramos o no los docentes hay alumnos y alumnos para nosotros. Allí deben ser a todas luces todos iguales, y es complicado porque cada uno tiene una historia.

Hasta el momento parece quizás que mi paso por el Duque de Rivas no fue malo, y no lo siento así, pero porque me adapté a lo que había, a lo que se podía esperar y transformé mis sueños y anhelos de docente en trabajadora social. Sin embargo, en mi primer año allí yo tomaba café por las mañanas para subir de revoluciones y enfrentarme a esas clases de la ESO, en mi segundo curso seguía con el café pero por las noches me tomaba una infusión para conciliar el sueño, en este tercer año dejé el café por el descafeinado y continué con la infusión para dormir por la noche. Creo que esto puede dar una idea de que a veces no todo parece lo que es. Mi casa y mi familia eran la batería que me cargaba cada tarde, el gimnasio la válvula de escape donde explotaba esos días malos, porque los ha habido, más de los deseados, porque a veces sufrías por ti, que lo vivías en primera persona y otros días por los compañeros a los que les tocaba enfrentarse. Como tutora he vivido más lo segundo, no sé si por la experiencia y la manera de saber llevarlos o por el respeto, pero lo cierto es que lo he sufrido con mis compañeros como si fuera para mi.  He intentado siempre darle su sitio a los especialistas que entraban, que se hicieran un hueco en mi clase, no sé si acertadamente o no creo que les estaba haciendo un favor no interviniendo a la primera ni a la segunda, por mucho que sufriera con ellos los desplantes que sufrían.

Y aquí recuerdo a mi querida Sheila con la que estuve de apoyo en Geografía e Historia, una chica que no llegaba a la treintena pero que supo encajar los golpes y hacerse con la clase perfectamente, quiero creer que mi no acción a veces la ayudó en esta ardua tarea. Como también recuerdo a otras especialistas a las que apoyé en clase, no como tutora, sino como docente rasa, mi querida Ester y Pilar, especialistas de inglés, que supieron aguantar también los envites del Duque. ¡Chicas,  sobrevivimos en aquellos primeros años como especialistas!

Ha habido otros maestros que dieron la talla en el Duque también en estos mis primeros tres años, y no nombro a los veteranos de la ESO como Auxi, Antonio, Mª Carmen, Mª Jesús, Sara y Aurora, si no también a aquellos que lucharon desde hace lustros en Primaria e Infantil como Ana, Carmen y Bartolomé, que todos ellos merecerían un capítulo aparte solitos, aquí quiero nombrar a los que pasaron durante un curso o dos por las aulas del Duque de Rivas y que a pesar de eso me consta, aunque no haya estado a su lado durante las batallas libradas, que hicieron todo lo mejor que supieron, que no es poco, como Miguel, Ana, Gema, Vanesa, Fran, Tania, Estefanía, Gloria, Inma, Belén, Ana (francés), a los compañeros de Religión y al PAS, como  María Jesús, las cocineras y monitores del comedor, Jose "El Tomate", Mª Paz, o Pilar, y a todos aquellos que seguro me olvido ahora. Enhorabuena a todos, y disculpad desde aquí si no os leéis. 

El cierre de este tercer curso no fue malo, cumplí con mis expectativas y salvé el tipo como tutora, mis ganas seguían estando.

Continuará...



martes, 6 de agosto de 2024

Duques y duquesas II

Tras ese primer año en el colegio Duque de Rivas, he de decir que creo que todos los que hemos pasado por allí nos hemos sentido como, en mi caso, una mujer maltratada, en mayor o menor grado y si nos vale esta comparación, si no perdonen la ofensa si la hubiera o el error en la misma, pero mi entendimiento no alcanza a comparar la vida en el Duque en esos primeros años de aterrizaje con otra situación cualquiera. Una mujer maltratada que ha ido gestando poco a poco un síndrome de Estocolmo. Y es que como tal hemos comprendido y disculpado a nuestros agresores verbales diarios, que no dejaban de ser niños, con unas circunstancias particulares, no deseables a ningún menor en algunos de los casos, pero cuestiones, aunque reseñables y atenuantes, que no quitan para que sus acciones se reciban de este modo por los que nos hemos puesto enfrente de ellos cada día. El maltrato a los maestros ha existido tanto psicológicamente, como físicamente, puesto que también hemos sufrido empujones y manotazos, y esto es una realidad, mi realidad, mi paso por el Duque de Rivas. Con atenuantes, con excusas, con síndromes y con mucho amor y comprensión por parte de los docentes a esa realidad y entorno, pero con esa vivencia palpable cada día también. No todos los que conocí pasando por estas aulas estuvieron a la altura, no por debilidad si no por falta de fortaleza, que es algo muy distinto. Y es que para soportar todo eso hay que estar hecho de otra pasta.

Como ya esbocé en el primer capítulo de esta historia, depende de ti que las cosas te sucedan como quieres que te pasen, y yo no quería que mi paso por el Duque me pasara factura. En este tipo de centros de difícil desempeño es primordial entender esto en las primeras semanas. Yo creo que lo comprendí muy pronto y que por eso, y con la ayuda de mis compañeros y la baja ratio por el COVID, recuerdo aquel primer curso con momentos puntuales desagradables, más de lo que suele ser normal en cualquier colegio de la ciudad, pero que no lograron enturbiar mi visión global del mismo, ni de lo que sería mi paso por él, ni de mi situación actual o estatus futuro en el centro. Como me dijo mi compañero Bartolomé al conocernos: "cada año que superas en el Duque de Rivas es un rango que te cuelgas", él en aquel entonces ya era teniente y yo solo alférez. Ambos nos despedimos del Duque juntos, con la batalla ganada, él como teniente coronel y yo comandante, ahí es nada.

Curso 20/21. Año II. En mi segundo curso en este centro de difícil desempeño, ubicado en una de las barriadas de Córdoba más conflictivas para los cuerpos de seguridad del estado, continué siendo especialista de artística y maestra de apoyo en la ESO. La secundaria ha sido mi casa en el Duque, me he sentido cómoda, a pesar de todo, pero reconozco que siendo especialista tu supervivencia en estas aulas depende mucho de qué tutor estuviera al frente de esa clase, tuve la gran suerte en este año también de seguir contando con Antonio y Mª Carmen, dos tutores veteranos en la ESO que a pasear de llevar las clases y a sus alumnos de forma muy distinta, yo pude lograr, gracias en parte a ellos, enseñar mis materias en la medida de lo posible allí y ayudarlos en las suyas.

Mis ideas y proyectos seguían vivos, mi motivación intacta. En este año las clases eran más numerosas, el COVID ya había pasado a la historia y aunque los vecinos de este barrio seguían usándolo como excusa para dejar unos días a sus hijos en casa, nada tenía que ver con el curso anterior. A pesar de tener el mismo impulso que el año anterior, reconozco que ya partía del conocimiento de los resultados obtenidos el curso anterior. Esto puede parecer una ventaja, y lo es, ya no te das de bruces con realidades que allí no tienen cabida, ya sabes qué funciona y qué no, pero al mismo tiempo que no hay errores, tampoco hay nuevos aciertos. Este año fue muy cómodo para mi en este sentido, todo lo que llevaba a clase salía adelante (teniendo en cuenta el entorno, claro). Los proyectos y las ideas estaban recortados a medida de cada clase de la ESO, a cada uno de los alumnos que ese día aparecían por la aula. Había menos errores, lo que suponía clases más tranquilas. Y eso allí es lo que más se valora.

Sin embargo, aunque el magisterio que desarrollé ese curso podía tener casi un 90% de aciertos, porque conocía el nivel y los perfiles/caracteres de los alumnos y trabajaba partiendo de eso y no del nivel que se supone debe tener una clase de ESO, ese curso me di de bruces con otra realidad. Con Elena, mi querida Elena.

Elena era una niña con una gran proyección en sus primeros cursos de Primaria, de hecho el periodista cordobés José Juan Luque, obtuvo el II Premio Andaluz de Periodismo Social Alberto Almansa, en su categoría de medios convencionales, por su reportaje “El giro de Enma”. Un trabajo que ahondaba a través de la historia de esta niña de étnica gitana el fracaso de la sociedad y de las instituciones en su intervención social y educativa en el barrio de Las Palmeras.

 Y es que se escogió a Elena por parte de su tutor y de la dirección del centro porque cumplía los requisitos para lograr un futuro "normalizado", no quiero decir mejor, porque espero que para ella, el futuro que finalmente eligió o le dieron es el que realmente la está haciendo feliz. Era inteligente, líder, independiente, con ganas de hacer cosas fuera de su barrio, de descubrir el mundo exterior y con unos padres que dieron su beneplácito a que ese reportaje se fuera cosechando a los largo de los años, algo que ya dice mucho de ellos.

Yo la conocí en mi primer curso en el Duque, ella estaba en primero de ESO y fue la que me puso el mote "pelos gamba", me imagino que fue porque entonces tenía el pelo cobrizo y rizado y no se le ocurrió nada mejor en ese momento. No fue un mote cruel, con el tiempo y escuchando otros, lo vi hasta cariñoso. Era líder natural en la clase, de ahí que parte de mis esfuerzos durante las clases fueran ganarme su confianza. Creo que en ese primer año lo logré, hasta donde ellos ofrecen, por supuesto.


En el segundo año, a los pocas semanas de comenzar el curso, empezó a estar distinta. Más pensativa, cabizbaja, algo le estaba pasando porque al preguntarle solo encontrabas a una fiera defendiéndose. Un lunes, nos enteramos de lo que quizás le había estado rondando la cabeza, se había escapado con su novio, del que ninguno sabíamos nada, porque para ella en aquel primer curso de la ESO los chicos no eran su prioridad, ni las relaciones, incluso esbozó alguna vez el asco de practicar ciertas cosas. Los maestros, en general, y yo en particular, la animábamos a seguir pensando así, a centrarse en lo importante, a ella y al resto de chicas. Ya sabemos que las mujeres de etnia gitana se casan muy pronto, lo veíamos allí todos los días como antiguas alumnas dejaban  a sus hijos en Infantil. Y todos intentamos cambiar eso. Pero se ve que a ella ese verano hacia el segundo de la ESO le cambió las tornas.

Tras escaparse con el novio y pasar una noche fuera, las leyes gitanas marcan que ya ha habido un "arrejuntamiento", que la mujer no es pura y eso sirve ya como un casamiento, aunque por la puerta de atrás, algo que ella me había dicho mil veces que no quería, que era una deshonra para su familia y que ella quería una boda por todo lo alto. Pero no casarse así tenía peores consecuencias. Tras esto empezó a venir menos, ya no era su madre la que la custodiaba sino su suegra, una mujer también prudente y responsable con el tema del colegio (todo al nivel de allí, claro), pero se ve que cuando una mujer se "casa" el rango de prioridades para la familia cambia. Vino unas cuantas semanas más, en las que me dijo a su manera que se arrepentía de lo sucedido, al menos del cómo, pero ya era tarde para ella, había caído en la espiral de las leyes y normas de la cultura gitana, y de ahí hay que ser muy valiente y contar con mucha ayuda para salir. Yo entiendo que ella no habló y que la familia ajena a ese sentimiento tampoco ayudó, y quiero creerlo así porque me duele menos.  

Dejó de venir a clase y a las pocas semanas, aún en el primer trimestre, apareció con su madre. Estaba embarazada. Su cara expresaba todo lo que puede expresar una niña de 14 años en esa situación, leí entre líneas ese día tantas cosas en sus ojos. Me sentí tan poca cosa para ayudarla, solo era una maestra, ni siquiera su tutora. "Yo no quiero esto maestra", me dijo mientras su madre hablaba con la directora para dejarle un parte médico que justificaría las faltas futuras que iba a tener por su embarazo. "Díselo a tu madre, hay solución", alcancé a decirle mientras se iba. Insuficiente. 

En el despacho su madre y la directora estuvieron un rato hablando, no mucho, pero la cara de mi compañera era como la de todos en aquel instante, "no podemos hacer nada. Ella es su madre. Ésa es su cultura".

La noticia del nacimiento llegó al cole, la tía de la niña que nació, compañera de Elena asistía todavía al centro. Su propia hermana también. Nos enseñaron fotos orgullosas de su sobrina y vimos lo preciosa que era. Sin embargo, al preguntar por ella, por la madre, por nuestra Elena, las palabras no salían de sus bocas, ni ahora tras el nacimiento, ni durante los meses de embarazo. Nunca más supimos de ella, desapareció del mapa, ni su hermana ni su amiga, ahora cuñada, nos contaron jamás realmente cómo le iba la vida, solo acertaban a decir "bien" al preguntarles. A veces entre los cuchicheos del resto de compañeras salía a relucir su nombre en voz baja, señalando algo de su vida marital y de su nueva familia, los comentarios no eran buenos, y lo entiendo porque Elena tenía carácter, se debió sentir en muchas ocasiones en su nueva vida como una animal enjaulado y entiendo que cuando pudiera mordiera. Quiero pensar que su "sacrificio", su ejemplo, pudo servirle a otras compañeras que como ella ese año lo acabaron prometiéndose, pero ya lo hicieron como se debe según cánones, con su pedida, su boda y todas sus peladillas. Quizás Elena se sintió atrapada, sin otra posibilidad para estar con el chico que quería, al menos todo lo que a esa edad se puede querer, quizás la engañaron o se dejó llevar por las bajas e inexpertas pasiones, propias y ajenas. Las normas gitanas son muy claras y restrictivas en este respecto y lo pagó con su libertada y sus sueños por cumplir.

Cuando su recuerdo me viene a la memoria, como ahora con estas líneas, intento imaginarla feliz, a su manera de entender la felicidad, colmada por el amor hacia su hija y con un marido que la respete. Intento no culparme demasiado por no haber hecho más, si es que se podía, porque las palabras, el espíritu crítico, los valores, la independencia de la mujer y todas las parrafadas que hemos intentado  hilvanar con los años en aquellas cabecitas se desmoronan cuando chocan de frente con la cultura y costumbres heredados y repetidos de generación en generación, sintiendo, sobre todo ellas, que aquello que viven o esperan vivir no está mal, sino bien, porque su madre y su abuela ya hicieron lo mismo.

Me di de bruces con esta realidad, que puso lo blanco sobre negro, que me abrió los ojos de lo yermo que iba a ser mi trabajo allí, y ya no es que tuviera poco que ver con el currículo marcado por la administración, sino que ni siquiera saltándonos eso éramos capaces de hacer germinar ni una sola semilla. Y es que Elena era esa semilla llamada a prosperar, a ser generadora del cambio y, finalmente, como todas las demás se dejó polinizar por el entorno. En mis dos años en el Duque solo la conocí un poco, lo suficiente para apostar por ella, pero me imagino las tristeza interior de todos mis compañeros que crecieron junto a ella desde Infantil y que llevaban años esperando ver algún fruto. Me imagino la impotencia de no ver solo sucumbir a una Elena, si no a todas las que han pasado por ese centro y que como ella cumplieron finalmente con los cánones marcados desde su nacimiento. 

Espero y confío en que Elena, nuestra Elena, consiga salir de esa jaula algún día, vea las cosas tan claras como cuando la conocí, logre apostar por su hija y cumpla, a través de ella, sus sueños perdidos. Espero que por ella sea más fuerte de lo que pudo ser que para sí misma y que al final consiga provocar el cambio generacional necesario en este barrio.

Este final de curso fue duro y muy desmotivador.

Continuará...




lunes, 5 de agosto de 2024

Duques y duquesas. Año I

Este curso se han cerrado las puertas de uno de los colegios referentes en Andalucía, uno de los colegios que ha marcado la diferencia en todos aquellos maestros que han pasado por sus aulas, ha cerrado una institución en muchos aspectos de la educación. Ha cerrado el colegio público Duque de Rivas, asentado en una de las barriadas de Córdoba capital más problemáticas a nivel sociocultural. Ha estado muriendo poco a poco durante la última década, delante de la administración, que lo ha dejado morir sin evitarlo, para no hacer ruido. De hecho el cierre de este colegio público apenas ha cosechado unos pocos titulares en los medios locales, no se han investigado las causas, ni el origen, ni el futuro de esos alumnos, tampoco se han esforzado los medios en hacer un reportaje, por ejemplo, en boca de los que realmente saben del tema, se han dejado llevar por la fuente oficial, se ha cubierto el expediente y listo, y es que el periodismo últimamente está, digamos, regular, pero eso da para otra historia. Falta de ratio, han esbozado desde la Consejería y unas pocas frases más que quedarán por demostrar en un futuro próximo.

En estas líneas pretendo resumir mi paso por este centro, en el que he estado cuatro cursos postpandemia. Recalco lo de mi paso y experiencia, porque el Duque ha dejado una huella distinta a cada uno de los docentes que como yo nos hemos dejado la piel para intentar insertar en las cabecitas de nuestros alumnos algunos de los valores y conocimientos, llamémosles universales, que deben darse en la sociedad de hoy día y que nada tienen que ver con la cultura que se tenga, la etnia ni demás historias que nos venden. Es una visión ésta personal e intransferible, vuelvo a repetirlo, porque no quiero herir ni menoscabar sentimientos ajenos.

Curso 19/20. Año I. Para mi traspasar las puertas del Duque de Rivas fue entrar en territorio comanche, y creo que no me equivoco si digo que como para todos los maestros, personal de administración, monitores y demás voluntarios que han tenido el gusto de elegir este centro de trabajo. Y es que por mucho que los docentes "decoren" el interior del centro, tú sabes antes de entrar en él que aquel colegio es distinto a todos los demás porque cuando conduces el coche por las calles del barrio de Las Palmeras en busca del Duque te das de bruces con una realidad de la que la mayoría de los cordobeses no saben nada, creo que se desconoce por una ignorancia escogida. Coches abandonados, basura acumulada por los rincones, enseres por todos lados, corrillos de vecinos entorno a una hoguera si hace frío o cantando bingo si hace buen tiempo. Aparcas tu coche al lado de contenedores quemados o de un carro que parece abandonado y te diriges a la entrada del centro a través de un camino de tierra, que a duras penas encuentras porque parece que a este centro se accede por la puerta de atrás. Este año aún tenía timbre, así que pude llamar. Apareció una mujer, que se me presenta como la portera, me abre con una sonrisa y me dice que es María Jesús, un encanto de compañera que casa poco con el armario empotrado que yo hubiera colocado en este centro cuando empecé a leer sobre el mismo.

Colegio Duque de Rivas. FOTO Patricia Cachinero.
















El hall está "decorado" con trabajos de los "niños", pero a poco que sepas de niños y trabajos manuales te das cuenta que detrás de esos posters está la mano de docentes voluntariosos. Pregunté por la directora y aparece María Auxiliadora Blasco, una mujer menuda, rubia, con ojos azules y cara de ángel, que para nada te cuadra tampoco con lo que se supone que debe ser la dirección de un centro de difícil desempeño. Entré en su despacho y estando allí me relaje con ella, con su voz dulce y su amor a sus niños y a su centro, en esos momentos sí que me pareció que estaba en un despacho de dirección de un centro "normalizado". Su entusiasmo por la educación te embriaga y por un momento olvidas aquella etiqueta de difícil desempeño. 

Tras esa charla informal, en la que me dice que seré especialista de música y maestra de apoyo en la ESO, me señala que le pida a la portera las llaves y que me enseñe el centro. Es un colegio mastodóntico para la ratio que tiene. Es en este instante cuando la realidad del centro te golpea. María Jesús, antes de comenzar el paseo por el centro, busca en el cajón de su garita las llaves de la maestra a la que sustituyo, llevaba allí una década, y me suelta encima de la mesa un manojo de llaves que me pesa como sus indicaciones al darlas. "Aquí todas las puertas tienen llave y el maestro las abre y las cierra cada vez que entra en un aula, sala de profesores, fotocopiadora, biblioteca, baño, aula de informática, de música...todas", inmediatamente al ver el peso del manojo pensé "se ve que cuanto más años pasas en el centro más llaves vas recolectando porque cada vez debes de tener acceso a más sitios", erré, todo el mundo lleva el mismo peso en sus bolsillos. Me dediqué una mañana entera a ver qué puertas abrían las llaves de mi manojo, descarté al final la mitad, nunca supe que abrían. 

Por los pasillos me fui encontrando compañeros, todos con sus manojos de llaves colgadas al cuello como un yugo. Entendí entonces que debía comprarme un colgante para las llaves, donde fueres haz lo que vieres. Parecían amables, contentos, se respiraba buen ambiente. Después de la pandemia se notaba que tenían ganas de verse en directo, de trabajar codo con codo. Me paré en uno de esos corrillos, me presenté y pregunté aquello de ¿qué tal en este cole? Todos se miraron, esbozaron una sonrisa y contestaron como si hubieran "olvidado" lo que supone trabajar en el Duque. Y de esto me doy cuenta ahora, que llevo apenas un mes fuera del Duque y que casi tengo olvidado lo malo. En mi memoria quedan los buenos momentos entre compañeros, con los niños cuando estaban de buenas porque habían dormido, comido y no habían vivido ninguna redada, ni reyerta, ni problema el día anterior en sus casas. Cuando hemos ido de excursión, en las fiestas y convivencias. Entiendo que en aquel momento mis nuevos compañeros no me alertaran como debían, no podían, estaban disfrutando de un reseteo total en sus memorias. Solo mi querida Aurora, que he visto jubilarse por la puerta de atrás, me dio varios detalles sobre esa realidad, me tranquilizó y me mostró el apoyo de todos si lo necesitaba. 

Este primer año no fue el más duro a pesar de que enseguida me pusieran un mote, me empujaran por las escaleras, se cagaran en mis muertos, me llamaran puta, me amenazaran o se encararan conmigo día si y día también como si les fuera la vida en ello. Di lo mejor de mí ese primer año, tras la pandemia aún existía el miedo entre los vecinos de Las Palmeras al virus y ponerse mascarilla no era muy de su agrado, así que las aulas estaban al cincuenta por ciento de la ratio normal, que ya de por sí es baja. Eso me ayudó seguramente a pasar un año decente, teniendo en cuenta el entorno. También me ayudo tener al lado a compañeros veteranos como Antonio, tutor de la ESO, que me guio en esa jungla difícil de entender tanto en los estamentos que rigen el colegio por arriba como por abajo. Y es que en la vida la diferencia la marca el cómo tú te tomes las cosas y yo allí he aprendido a tomarme la vida en su justa medida.

Mi mejor magisterio se lo entregué al Duque ese primer curso, estaba llena de proyectos, de ideas, para hacer frente al terreno hostil que diariamente ofrecían los alumnos. Estoy orgullosa de ese primer año, por cómo lo llevé, emocional y anímicamente, por cómo me enfrenté a la adversidad diaria, y por lo que creo trasmití y enseñé, que nada tiene que ver con currículo dicho sea de paso. Empecé sabiendo dónde iba, me informé, me mentalicé, pero sobre todo creo que me salvó la ignorancia del que no sabe que haga lo que haga no obtendrá los resultados esperados. Aposté con todo. Sin miedo, con ilusión y motivada. Ésa fue mi suerte.

Continuará...


viernes, 2 de agosto de 2024

Cuando la cuarentena te alcanza

 Ayer salí a andar con mis vecinas y al concluir la hora nos sentamos en una terracita a refrescarnos. Pero la idea en realidad era darnos un premio por el esfuerzo mantenido que llevamos haciendo durante el último mes, en la que hemos salido a andar un par de días a la semana, a más o menos buen ritmo, según nos comentan los chicos del residencial donde vivimos. "No está mal", esbozan pensando seguramente "eso no les sirve para nada". Y nosotras lo sabemos también, ninguna de las "taras físicas" que salieron a relucir mientras degustábamos nuestra cervecita se arregla con salir a andar una hora escasa un par de días a la semana. Pero bueno, he de destacar que todas hemos cumplido la cuarentena en años, hemos sido madres y la vida no nos da para más, tampoco el dinero, que si no otro gallo nos cantaría a todas, que nos hubiéramos librado a mano de bisturí y tratamientos de papadas, bolsas de canguro, celulitis, párpados caídos y demás miserias que todas tenemos en un abrir y cerrar de ojos, o eso decimos, que luego en realidad a todas nos da canguelo pasar por quirófano. 

Este tema suele ser recurrente en las mujeres de nuestra edad, al igual que terminar la conversación reseñando que "para la edad que tenemos estamos divinas", y es cierto. Tengo 47 años y no puedo estar como una de 37, eso es físicamente imposible, a no ser que sacrifique parte de mi vida en correr por delante de mi edad para que ésta no me alcance, y eso es complicado cuando me paso el día corriendo para llegar a donde debo.

El cambio físico en las mujeres después de los cuarenta es normal, está en la hoja de ruta de todas nosotras, hay que aceptarlo y combatirlo, por qué no, si una quiere, pero sobre todo para que no ocurra lo contario, y es parecer más mayor de lo que realidad se es. Sin embargo, ayer lo que nos afectaba de verdad, aunque tiene remedio como todo lo anterior, es la presbicia, porque ésta no se puede disimular con ropita mona holgada donde debe de serlo. La presbicia no se arregla como las canas, pasando una vez al mes por la peluquería y luego ya te olvidas, la presbicia te delata en el supermercado cuando no puedes leer los ingredientes de algún producto, en la calle cuando no aciertas a leer con claridad los WhatsApp que te llegan, en casa cuando lees un libro. La presbicia es el punto de inflexión hacia la caída, llega sobre los 45 años y no deja a títere con cabeza. Con ella no ocurre como por ejemplo con la miopía, que se disimula muy bien y además no la tiene todo el mundo, de la presbicia ni se libra nadie ni se puede disimular. Es entonces, con la presbicia, cuando te das cuenta que te has hecho mayor, o al menos, más mayor de lo que te creías eras.

Llegados a los 45 te presentas ante el espejo con la mitad de tu vida vivida y miras hacia el futuro con lo cosechado en esos años, tanto física, económica como emocionalmente. Y ahí en cuando le vienen los traumas a muchos. A nosotras no, que conste. Esos a los que sí, se vuelven vigoréxicos, cambian de pareja o se plantean su futuro laboral. Esto último como es más complicado en España no se suele cambiar, casi nadie tiene el coraje de dejar su trabajo a esta edad porque no se sienta valorado, pero darse un garbeo por el mercado, mirar el menú aunque se esté a dieta y apuntarse al gimnasio para perder unos kilitos...eso sí, eso lo hacemos todos. Reconocedlo. Que será porque ya te duele la espalda y tienes que cuidarte, que será porque hay chicos y chicas muy monos por las calles y no pasa nada por mirar, que sí, pero que con 30 años no lo hacías o lo hacías menos. Al menos la gente de mi generación. Lo haces ahora con 45 porque ya no te queda otra, porque necesitas reafirmarte en tu relación contigo mismo, con tu pareja, y con tu trabajo. A esta edad te tiene que gustar lo que tienes  porque si no es así, vas a pasar el resto de tu vida en un trabajo que no te gusta, con una pareja que no entiende y con unos kilos que no soportas ni emocional ni físicamente.

Y dicho esto, para arreglar el mundo y a nosotras mismas, al menos sobre el papel, mis vecinas y yo nos tomamos un par de cervezas y un trío de pinchos, no hubo miedo a las calorías porque, al final, para la edad que tenemos "estamos divinas".

lunes, 29 de julio de 2024

El divorcio y la falta de comunicación


Mis padres se han divorciado. No os preocupéis que por la custodia no ha habido problemas, en eso se han puesto enseguida de acuerdo. Algo que en el resto de divorcios es la piedra angular, en éste no ha tenido ni una línea en el acuerdo. Sin embargo, lo que a simple vista parece que ya no afecta a los hijos, por ser como dijo el notario "independientes", se vive en realidad de otra forma bien distinta. Y lo digo así porque no sé como calificar como me he sentido, me siento y me sentiré a partir de ahora tras verbalizar en voz alta: soy hija de padres divorciados. Y es que este hecho, normal ya en nuestra sociedad, no ha sido motivo para mi de debate ni reflexión nunca. He vivido ajena a que esto me salpicara alguna vez, y aunque he vivido divorcios de amigos, de familiares, de conocidos, con hijos más o menos mayores, nunca me paré a pensar en todo lo que supone para todas las partes implicadas.

Para mi este divorcio no es el fracaso de una pareja, es de mis padres, como equipo, como amantes, como amigos.., y me cuesta asimilar, que mi referente en esto del amor, de la familia, de formar equipo y demás se haya ido al traste. Quizás he vivido en los Mundo de Yupi y no me he enterado de lo mal que estaban las cosas, quizás mis padres han sido "unos magníficos actores, es fácil cuando ya los hijos somos independientes mantener el papel", me digo, por no culparme por no haber intercedido con tiempo para ayudarlos a reconducir su vida en común y nuestra vida en familia. Ya es tarde para eso, y de nada sirve lamentarse por el pasado.

Ahora o me he quedado huérfana de una historia de amor que me sirva de guía o tengo un ejemplo de errores que no se deben cometer en una relación. Ésa es la cuestión. ¿Cómo me lo quiero tomar? En cualquier caso tengo mucho que aprender.

Con el primer caso tengo que aprender a construir por mí misma ese referente de historia de amor que evoluciona y se fortalece con el paso de los años para que mi hijo vaya teniendo ese ejemplo, esa guía, a través de su vida, y en el segundo, he aprendido que tengo que estar atenta para no errar como ellos.

Mi reflexión en esta parte, por si alguien me lee en la vorágine de blogs que copan las redes y le sirve de algo, es que el fracaso viene la mayoría de las veces por la falta de comunicación entre la pareja y por el deseo de quedar bien.

Paso 1: Señores y señoras que viven en una relación, comuníquense, expresen sus sentimientos y sus pensamientos  a sus parejas, no se lo queden como su tesoro, porque al final o uno vive amargado en pareja o acaba rompiéndola en pro de buscar a solas lo que en pareja podría haber tenido. No quieran quedar bien, no eviten una discusión, no lo hagan ni por sus hijos. Vayan a terapia de pareja cuando aún están a tiempo, luchen por encontrarse de nuevo si sus caminos se han ido distanciando con los años, evolucionen juntos para seguir creando equipo, sean empáticos con sus parejas, pero también con ustedes mismos, cumplan sus sueños y fomenten los de su pareja. Partan cualquier conversación desde el respeto y mírense a los ojos, mírense mucho, de verdad, abrácense cada mañana, despídanse con un beso y saluden del mismo modo, cójanse de la mano al pasear si sus pequeños les dejan y denle a las relaciones íntimas el equilibrio que necesiten ambos.

Paso 2: Si después de todo esto siguen viendo que llegaron tarde o que lo que les unió se esfumó, antes de tirar la toalla visiten al psicólogo, quizás estén volcando sus inseguridades, sus anhelos, sus traumas... en su pareja, en su familia, como si fueran los culpables de que no están donde deberían estar. Es imposible sentirse bien en pareja si uno mismo no lo está consigo mismo. Arreglemos nuestra cabeza antes de buscar la tara en quien duerme a nuestro lado. 

Paso 3: Si todo esto ya lo hizo y no logró nada, no siga con su pareja por sus hijos. Puedo decir, ya como hija de padres divorciados, que lamento enormemente que no lo hicieran antes, porque para llegar al mismo punto, el divorcio, mis padres, han perdido unos años que no les va a devolver nadie, y eso también es injusto para ellos mismos. No se han querido ni como pareja ni individualmente en los últimos años. Si están pasando por ahí, piénsenlo. No dudo que a pesar de lo vivido, de los motivos que se exponen encima de la mesa para tomar la decisión no haya habido cariño uno por el otro todo este tiempo, quiero creer que lo sigue habiendo, a pesar de todo, y que ése sea el motor que los empuje a encontrarse en el futuro en nueva forma de relación, distinta, sin amor de por medio, pero si con el cariño necesario para poder seguir siendo una familia, aunque ésta tenga una estructura diferente. 

Paso 4: Si al final ustedes acaban firmando el acuerdo de divorcio como mis padres, les tocará aprender a vivir con esta nueva realidad, donde la soledad golpea fuerte y los remordimientos más, donde no todo es de color rosa y el futuro es incierto. Cuanto antes aprendan esto, antes dejarán de perder años, de perder momentos. Ahora toca también arreglarse la cabecita si no se quedó bien con todo el jaleo, es tiempo para hacerse a uno mismo como individuo, porque quizás en estos años de matrimonio olvidó quién era, y sobre todo es el momento de ser consecuente con lo que vendrá tras lo decidido. Pero es aplicable tanto los protagonistas, como a los hijos, los familiares, los amigos...porque cuando una pareja se rompe no solo ellos van a notar los cambios de realidad.

Paso 5: Lo importante, al final, es que ustedes sigan escribiendo su historia, una en la que solo se está mejor que mal acompañado, que de eso se trata al final todo esto. Les deseo, como a mis padres, que encuentren cuanto antes ese equilibrio consigo mismos, con su nueva realidad y su nuevo futuro. Solo entonces habrán sentido que todo esto les ha valido la pena. Y es que aquí no les he hablado de nada de lo que supone divorciarse, eso otro día y con otro ánimo.

Me prometo fidelidad

 Llevo tanto tiempo sin pasar por aquí que me da pudor machar el folio el blanco que ahora mismo se ha abierto al clicar  nueva entrada. Tengo tanto por lo que podría escribir, tanto, que me abruma pensar en una sola cosa. Ahora mismo no concibo el por qué me alejé de estas páginas, quiero pensar que no lo necesité, que estuve colmada con mi día a día, sin la necesitad de parame hacer una reflexión; no quiero pensar que fue abandono, ni desidia, ni falta de gusto. Escribir siempre ha sido mi pasión, mi forma de encajar lo que a mi alrededor sucedía y no quisiera dejar de hacerlo. 

Retomo este blog porque me encontré el enlace de casualidad, entré, como quien ajena a lo escrito por otro accede a su mundo, y me releí, como quien lee a un extraño, y sentí una sensación cuanto menos extraña. Fue como mirarme desde otro punto de vista, como toparte con recuerdos que sientes nuevos. 

La última entrada del blog se la dediqué a mi hijo Hugo con apenas unos meses, hoy tiene ya cumplidos los 8 años. Ha llovido, demasiado para no haber dejado reflejo alguno de lo vivido. Ahora siento pena, de no haber seguido escribiendo unas líneas que me hagan volver a tenerme, como cuando cambias de móvil y revisas las fotos de los últimos años antes de borrarle la memoria y guardas aquellas imprescindibles con cariño, con mimo, para que ningún error informático se lleve al traste parte de tu vida. Hoy me siento huérfana de letras, de historias, de reflexiones. Me siento como aquella abuela a la que los recuerdos se le han ido difuminando con la edad, por la demencia o por el Alzheimer. 

No puedo volver a sentir lo que he sentido para escribirlo de nuevo, es imposible, pero si puedo dejar unas letras con mi presente, para que sean pasado en unos meses, para reírme o llorar con lo que escriba, igual que he hecho esta mañana con las entradas anteriores.

Intentaré que el mundanal ruido, que la vida atropellada que vivo, no sea de nuevo un lastre en este gusto mío. Me prometo escribir las próximas entradas con los runrunes que me rondan en la cabeza hoy día, que son presente, y serán pasado y futuro. Me prometo ser fiel a mi misma en este pensamiento. Dedicarme un rato a exportar mis pensamientos a este blog y sentir la magia de la escritura, esa que a cada línea completa esfuma los malos rollos y saca brillo a los buenos.

Me prometo fidelidad.